Las sombras y la soledad

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La gente, de un modo general, suele pensar que la llamada clase alta es inmune a los males del mundo, craso engaño. 

   La mayor parte del día la soledad hace de mi hogar un mundo frío y silencioso, sin alegrí­a ni sorpresas, donde me muevo como una sombra entre los muebles mudos. 

   Apenas Giannina se levanta se dirige a la cocina y pone agua a hervir en la pava y mientras se calienta va al baño. Al rato sale y vuelve a la habitación para cambiarse. Cuando vuelve a la cocina se prepara un Nescafé y lo bebe en silencio, de pie y apoyada en la pileta, mirando la nada en el piso. Después lava la taza y va hasta mi rincón, donde me cambia la arena y me llena los platos del agua y la ración. 

   Casi siempre coincide que cuando ella está por salir se cruza con el marido en el pasillo, cuando eso sucede se dan un beso de costumbre, cuando no, ella se marcha al trabajo sin despedirse. 

   Guillermo, por su parte, primero toma baño y después va hasta la cocina, calienta agua en el microondas y, finalmente, prepara un té verde con edulcorante y se lo lleva a la habitación, cuando sale ya está vestido y listo para marcharse al trabajo. 

   Ya hace tiempo que no me froto entre sus piernas (creo que el mismo que él no me dedica una mirada) ni en Giannina, que parece también haberse contagiado de la falta de sensibilidad de él, porque también ha dejado de hacerme cariño. Nunca he echado tanto de menos la compañí­a de un perro, lo preferiría aunque tuviera que pasar todo el tiempo acorralado debajo de algún mueble. 

   Antes la compañía de un enemigo que la indiferencia del amigo. 

   El resto del día soy una sombra deambulando solitaria y cuando llega la noche y ellos regresan no cambia casi nada; yo dirí­a que la diferencia está en que en esas horas las sombras que deambulan silenciosas por el departamento son tres: las de ellos dos y la mí­a. 

                                                                     Fin. 


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