Alaska

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Una joven pareja de gorditos a camino de la obesidad pasa delante suyo; ella abraza un balde gigante de palomitas de maí­z como si de un tesoro se tratara; él, una Coca-Cola de dos litros en una mano y dos vasos desechables en la otra. La escena lo distrae, cosa que por rigor de su trabajo no siempre puede permitirse; así­ como muchas otras cosas como por ejemplo: ir al cine o tener amigos; ponerse de novio o visitar a algún pariente, o simplemente ser feliz, ¡nada menos! Si en ese momento se encuentra sentado en un banco del parque no es para ver niños jugando felices ni para oír los pájaros cantar, sino porque en la habitación del hotel el ventilador de techo dejó de funcionar y el calor se hizo insoportable. 

   La pareja ocupa el banco siguiente al suyo. Inmediatamente ella empieza a devorar las palomitas de maíz como si fuera un Pac-man; el muchacho, por su parte, destapa la Coca, llena los vasos, le pasa uno a ella y se une al ataque sistemático de las palomitas con igual afán. Absortos en sus gordurosos pensamientos no hablan, apenas devoran las palomitas con mecanicismo sincronizado; su masticación es incesante y tiene algo entre maniático y gula feliz. Qué no darí­a por vivir la vida como ellos, piensa, y poder resumir la felicidad a un balde de palomitas de maí­z y un vaso de Coca-Cola, sentado despreocupadamente en el banco de un parque. Imposible, él ha elegido otro camino hace mucho tiempo atrás, uno totalmente opuesto a los caminos que llevan a la felicidad; su oficio es matar, por lo tanto no le es permitido sentirse feliz. 
   Sostiene en sus manos el sobre marrón que le ha dejado el hombre del correo esa mañana en el lobby del hotel, y que recogió cuando salió para venir al parque. Todavía no lo ha abierto, pero piensa hacerlo allí mismo. En su interior encontrará una fotografía con un nombre y la dirección de la víctima en el dorso, lo mismo de siempre. Abre el sobre y saca la fotografía. Frí­o y calculista, como lo exige la profesión, ya nada lo sorprende; ni las casualidades. Por eso no se le mueve un músculo siquiera cuando ve las caras de la pareja de gorditos en una fiesta de cumpleaños, regalando felicidad con risas de dientes achocolatados. El matador mira hacia los gorditos, guarda el sobre en un bolsillo del pantalón, se levanta y se encamina hacia ellos. 
   Siempre se ha dicho que lo que se piensa demasiado jamás se realiza. Cuando era niño había leído sobre Alaska en un cuento de Jack London; pensó, en la época, que le gustarí­a vivir allí cuando fuera grande; también había visto en varias películas que tanto matadores como agentes secretos cuando se retiraban del negocio se refugiaban en las montañas, lejos de todo y de todos. El matador sigue andando con pasos firmes y cuando pasa por la pareja glotona le echa una última mirada, como es su costumbre antes de cada asesinato, pero sigue de largo. Unos metros más adelante se detiene y arroja el sobre en el cesto de basura. Ya sabe que llegó el momento de parar con todo de una vez por todas y perderse para siempre en algún lugar inhóspito de Alaska. 
 
                                                                   Fin.

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