El escarmiento ejemplar

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Horacio, el carnicero, miró curioso a través de la vidriera la llegada de un camión de mudanzas estacionar frente a la carnicería. 

   "Un nuevo cliente", murmuró. Durante el resto del día no vio al nuevo inquilino, pero al día siguiente sí, mientras limpiaba el garage de la casa. Y al tercer día, acondicionando el garage con estantes. Claramente, el nuevo vecino se disponía a abrir un negocio. 

   "Bueno, eso ayudará a traer más clientela al barrio, sin dudas", pensó el carnicero esta vez. Al cuarto día, al levantar la cortina de la carnicería, Horacio vio asombrado el brillante cartel luminoso encima de la puerta del garage del vecino, anunciando la venta de comida vegana. 

   "¿Qué carajo quiere decir vegana?", dijo y se llevó una mano al bolsillo del delantal, sacó el celular y se puso a averiguar. 

   "¡Ah, con qué es eso", exclamó, con una mueca de desagrado. Un rato más tarde vio al vecino parado delante del negocio con las manos a los lados de la cintura, mirando a la carnicería 

   "Ésto no me huele nada bien", protestó, clavando con rabia la cuchilla que sostenía en una mano en el pedazo de bola de lomo que se disponía a cortar en bifes, y añadió: 

   "Éste no sabe con quién se está metiendo". 

   La guerra entre ambos vecinos empezó de verdad al sexto día, cuando un grupo de veganos, capitaneados por el vecino, despertó al carnicero al son de bombos, platillos y cánticos anticarne. Por la persiana vio una muchedumbre aglomerada frente a la carnicería enarbolando pancartas repudiando el consumo de carne animal e instando a la gente para que adquiriera conciencia. Eran muchos, por eso Horacio no se manifestó y sólo abrió la carnicería cuando los veganos, cansados de esperar que él apareciera, se marcharon. Del otro lado de la calle, dentro del negocio, el vecino lo miraba con una sonrisa misteriosa. 

   Entonces la nueva clientela del vegano empezó a crecer mientras que la suya, en cambio, sufrió unas cuantas bajas. 

   "Traidores", vociferó Horacio, espumando de rabia. Fue en ese instante que empezó a elaborar una venganza, un escarmiento ejemplar del cual el vegano venido del infierno no se pudiera olvidar nunca más en su vida. El carnicero estudió las costumbres y la rutina del vecino durante una semana. Estaba soltero, vivía solo y no salía por la noche. 

   "Tanto mejor", dijo Horacio, sonriendo maliciosamente, la hora del escarmiento estaba llegando. 

   El vecino no tuvo tiempo de saber qué le golpeó en la cabeza mientras dormía. Cuando dio por él, estaba tendido en el piso cerca de una botella de plástico con agua en una pieza sin ventanas y totalmente vacía, desde lo alto del techo una cámara lo observaba en silencio. Asustado se levantó de golpe, pero un dolor en el parietal derecho hizo que se agachara de inmediato, agarrándose con cuidado el lugar afectado. Ya medio repuesto, unos segundos después, se acercó a la puerta y empezó a golpear y a pedir que le abrieran la puerta. Del otro lado, el carnicero continuó con su rutina de siempre, de vez en cuando desviaba la mirada hacia el monitor de la computadora y sonreía complaciente. El vecino, cuando se cansó de golpear y gritar por socorro, se tendió en el piso y empezó a llorar. 

   Es claro que sospechaba que estaba cautivo del carnicero, pero lo que lo tenía aprensivo e intrigado no era el "por qué" sino el "para qué". 

   Llegada la noche empezó a sentir los reclamos del estómago, las tripas vacías roncaban inquietas, pero, al fin, el sueño le dio un respiro. Por la mañana, el carnicero arrimó la parrilla cerca de la puerta donde estaba el vegano y entre ambas colocó un ventilador, inclinado, para que al ser encendido soplara por debajo de la puerta. En seguida encendió el fuego y cuando las brasas ya no humeaban, les tiró un puñado de grasa y encendió el ventilador a su máxima potencia. Por el monitor Horacio observaba cómo el vegano se agachaba en un rincón mientras ahuyentaba el humo con ambas manos, deteniéndose de vez en cuando para frotarse el estómago. Horacio entretanto reía entre dientes. Después dispuso sobre la parrilla una tira de asado. El vegano continuaba con la pantomima de espantar el humo y frotarse el estómago alternadamente. El carnicero se comió la tira de asado y se ausentó un par de horas. Cuando volvió comprobó que el vegano estaba dormido, preparó un nuevo fuego y cuando estaba listo, golpeó fuertemente la puerta, encendió el ventilador y tendió una tira de chorizo sobre la parrilla. El vegano, acosado por el hambre descomunal, si pudiera confesarlo sin tapujos lo haría a boca de jarro para que el mundo entero se enterara que estaba dispuesto a comer carne. Mientras tanto se revolcaba como un enloquecido junto a la puerta, rogando lastimosamente: 

   "Dame un cacho de chori, hijo de puta". 

   El carnicero, por su parte, también retorciéndose, pero de risa, masticaba satisfecho otro choripán. Después fueron las mollejas, y la morcilla, y los chinchulines, y el pollo, y el carnero y para cuando fue el turno del lechoncito el vegano ya no pudo reaccionar más porque cayó desmayado de tan hambriento que estaba. Cuando volvió a recobrar la consciencia, a su lado tenía una bandeja con todos los tipos de carne que habían estado tentándolo por debajo de la puerta, aún humeando y calentitas. El carnicero, como buen argentino que era y para que el vegano viera que no era tan hijo de puta como lo imaginaba, no olvidó de ponerle al lado de la bandeja una copita de vino, un platito con chimichurri y unos panes para acompañar. 

                                                                           Fin. 


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