La gallinización de Fulgencio Gavino

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Fulgencio Gavino nunca había sido madrugador, se levantaba cuanto mucho a eso de las ocho y solía entrar al reino de Morfeo alrededor de la medianoche. Pero de un tiempo a esta parte era como si el día se le hubiera corrido, apenas se ponía el sol lo acometía un bostezar continuo y los párpados comenzaban a pesarle como si fueran de plomo y la mente le pedía reposo absoluto, es decir: cama, colchón. Y entre las tres y las cuatro de la madrugada ya no conseguía más dormir y empezaba a rodar en la cama para un lado y para el otro hasta que Doña Juanita lo mandaba a joder a la cocina. 

   Mandáte a mudar, hombre de Dios. Prendé el fogón y ponete a tomar mate, le decía con voz soñolienta. 

   A la segunda semana desde que se corrieran los días a Fulgencio empezó a caérsele el pelo, a cada peinada un puñado cabello iba a parar al basurero. Es sabido que la calvicie es propia de los hombres, ¡pero así, sin previo aviso...! Fulgencio se inquietó en silencio, poniéndole el pecho resignado a la vejez, que no es viajera solitaria y cuando llega siempre viene acompañada de convidados indeseados, pero, como a los parientes, no hay cómo cerrarles las puertas. Quince días después la cabeza le brillaba al sol como bocha embebida en aceite; y los vellos, extrañamente, corrieron la misma suerte que sus primos de la cabeza. Al otro mes tenía el cuerpo como chancho listo para la parrilla, no le quedó ni un pelo para decir este es el último que me queda. Doña Juanita le dijo un día: 

   Hombre porfiado, te digo que vayas a ver al doctor. Y él respondió:

   ¿Para qué, si no siento nada? Por lo menos ya no tengo que pagarle al peluquero ni gastar en hojitas de afeitar; y además no eras vos que siempre te quejabas que la barba te pinchaba, que los bigotes me quedaban feo. Bueno, ahora se acabaron tus quejas y mi problema de tener aguantarlas también. 

   Pero a los diez días Fulgencio fue a ver al médico: le estaban creciendo plumas de la cabeza a los pies, una protuberancia rojiza le surcaba la cabeza desde el entrecejo hasta la nuca y los labios se le habían alargado y ya iban tornándose puntiagudos y además sentía que se le endurecían. 

   ¡Cosa rara! ¡Nunca vista!, dijo el doctor, frunciendo el ceño y llevándose una mano al mentón, me temo, don Fulgencio, que usted se está transformando en gallo. El doctor se la largó de una, como para que le doliera una sola vez. 

   ¡Qué!, cacareó Fulgencio. 

   ¡Vio, vio, si hasta cacarea ya!, dijo el doctor y agregó, como para que Fulgencio no albergara falsas esperanzas de curas milagrosas y ya se fuera haciendo a la idea, y lo peor de todo, don Fulgencio: es que es algo irreversible. 

   Un mes después de la visita al médico la gallinización de Fulgencio Gavino era total. O casi porque el cuerpo conservó su tamaño original y los cuatro miembros tampoco disminuyeron ni se le atrofiaron, pero el resto, plumas, pico, cresta, era todo de gallo. 

   Al principio Fulgencio se quejaba que las plumas le daban calor y que no se acostumbraba a rascarse sin pincharse con las garras que suplantaron a los dedos. En esos momentos doña Juanita, medio en broma, le decía: 

   Hombre, hay que ver las cosas por el lado bueno, peor si te hubieras transformado en gallina. Fulgencio no decía ni pío, no porque no pudiera sino porque todavía no había asimilado su gallinidad completamente. Pero el tiempo que cicatriza heridas y borra tantas cosas de la mente hizo que Fulgencio se sintiera un auténtico gallo. Con el tiempo ya nadie se admiraba de verlo escarbar en la quinta de verdura, empezar a cacarear a las tres de la madrugada subido en el tapial, picotear la comida, beber con gárgaras y relamerse el pico cuando conseguía una lombriz. ¡Y doña Juanita entonces!, nunca le habían pisado tanto el lomo como ahora, porque hasta la calentura propia de los gallos Fulgencio había asimilado. Y si las gallinas de verdad se salvaban era por no matarlas aplastadas por el peso, pero celar las celaba, ¡y cómo!. Un día Doña Juanita tuvo que pedir socorro a dos gauchos que pasaban frente a la propiedad porque Fulgencio se estaba revolcando en el gallinero con otros gallos Y todo porque ellos podían lo que él no. Finalmente, los gallos fueron a parar a la olla para que Fulgencio se quedara tranquilo. 

   Y, como todo gallo que se precie de tal, con una gallina sola no le fue suficiente y Fulgencio empezó a arrastrarle el ala a todas las mujeres del barrio. Pero a un gaucho de lo más celoso que se pueda imaginar no le gustó nada los piropos que el gallo Fulgencio le dedicaba a su mujer, subido a un gajo de naranjo que crecía cerca del rancho. 

   Lárguele los perros, tata, le sugirió el hijo, pero el gaucho respondió que no, que a ese gallito picaflor él mismo se iba a encargar de bajarle la cresta. Entonces un día lo esperó escondido detrás de una chapa arrimada al árbol.  A eso de las dos de la tarde Fulgencio apareció como quien no quiere la cosa, haciéndose el sonso se acercó al naranjo y apenas llegó junto al árbol sin esperar a treparse al gajo de siempre empezó con sus cacareos galantones. Hasta que la chapa se le vino encima, entonces emitió un cacareo de espanto y el gaucho, sin darle tiempo a una cobarde retirada, lo manoteó por el cogote de un solo manotazo y antes que Fulgencio supiera lo que le esperaba el filo de una cuchilla lo degolló casi por completo. El gaucho lo soltó y Fulgencio, como es de suponerse, salió corriendo sin rumbo con la cabeza colgando al costado del cogote mocho y se perdió en los campos. Unos días después, dos paisanos que andaban cazando liebres lo encontraron debajo de una bandada de caranchos que se lo estaban devorando a picotazos limpios. 

                                                                         Fin. 


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