Mal karma

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Juan, que ya había sido Alberto, James, Otto, Juliano y hasta Ofelia, esperaba, junto a otros espíritus, que el secretario de Allan Kardec lo atendiera. 

   ¿Y usted, amigo, cuántas veces ya reencarnó?, le preguntó a un tal de Horacio que estaba detrás de él. 

   Veintidós veces, m´hijito, con lo que algunos nombres ya no los recuerdo más, se disculpó el espíritu de Horacio. 

   ¿Y para usted es la primera vez?, le preguntó Horacio.

   No, que va. Con esta ya van seis veces, dijo Juan y añadió: 

   Pero dígame una cosa ya que tiene más experiencia que yo, ¿no le parece injusto que en este plano recordemos absolutamente todo sobre nuestra vida pasada, pero al volver a nacer no recordemos nada de nada? 

   Claro que sí, y es por eso mismo que yo repito tanto los mismos errores y a cada muerte vuelvo otra vez a la fila de los reincidentes, contestó Horacio. Juan pensó un instante y se le ocurrió promover un grupo de resistencia. Habló con uno, con otro y cuanto más hablaba más adeptos a la causa se le juntaban. Con esto llegó el momento que el secretario cansado de desgañitarse llamando al próximo espíritu se asomó a la sala de espera a ver qué pasaba. 

   ¿Quién es el siguiente, que llamo y llamo y no se presenta nadie?, dijo, bien alto para que le prestaran atención. 

   Juan se levantó y le dijo: 

   Queremos hablar con el dueño del circo no con el mono. 

   El secretario demoró un instante en codificar lo que sucedía. 

   Por ahora es imposible, el señor Kardec está muy ocupado por el momento y creo, incluso, que vaya a estarlo el resto del día, dijo el secretario. 

   Entonces vaya haciendo el pedido de marmitas porque nos quedaremos aquí hasta que el dicho cuyo se desocupe y se digne a discutir nuestros reclamos, respondió Juan, respaldado por todos los demás con varios "eso mismo", "está hablado" y "queremos justicia". 

  ¿Pero no me puede dar un adelanto?, le preguntó el secretario. 

   Ni una jota, respondió Juan, imperturbable. El secretario no preguntó más nada, dio media vuelta y desapareció en su despacho. Al rato apareció Allan Kardec. 

   Con usted mismo es que queremos hablar, se adelantó Juan, hablando en nombre de todos. 

   Muy bien señor, soy todo oídos, respondió Kardec, con parsimonia y las manos entrecruzadas delante de su barriga. 

   Queremos que modifique las reglas, leyes, o como le quiera llamar, del reencarne, exigió Juan. 

   Pero eso es imposible, siempre ha sido así, justificó Kardec, con una mueca. 

   Entonces que empiece a cambiar ahora. Nos negamos rotundamente a nacer en un entorno degradante que de antemano ya sabemos que por asimilación tendremos el noventa y nueve coma nueve por ciento de chances de volver acá para otro reencarne dentro de algunos años, dijo Juan, cruzando los brazos en tácita señal de que no iba a ceder ni un milímetros en su reivindicación.

   Lamento comunicarle que el único que puede cambiar las cosas por aquí es Dios, dijo Kardec, apuntando un dedo hacia arriba. 

   ¿Cómo?, usted tampoco es el dueño del circo, entonces vaya y dígale a Dios que baje o nos quedamos aquí por el resto de la eternidad, volvió aexigir Juan. Viendo la postura resoluta del vocero de los espíritus rebeldes, Kardec dijo que vería lo que podía hacer. Al rato una puerta se abrió, casi dejándolos ciegos con la potente luminosidad que irradiaba desde adentro, detrás apareció Dios en persona. 

   ¿Qué pasa acá?, preguntó, con voz firme y segura. 

  ¿Qué clase de Dios es usted que no sabe lo que sucede en sus propios dominios?, respondió Juan, no dejándose intimidar por el Creador. 

   Fue para quebrar el hielo, se disculpó Dios. 

   Esta bien, big boss. Lo que pasa es lo siguiente: no creemos justo que a cada reencarne volvamos a incurrir en error por no concedernos la facultad de recordar la vida pasada después de volver a nacer, respondió Juan y, no dejando que Dios le contestara, de inmediato agregó: 

   ¿Ve este espíritu acá a mi lado, Juan señaló a Horacio, con esta vez el infeliz va a reencarnar por vigésima tercera vez, ¿le parece justo a usted? Dios no respondió de inmediato, se llevó una mano al mentón e imagino un hipotético futuro si accedía al pedido de los rebeldes. Vio las iglesias en ruinas, los clérigos siendo vilipendiados y el Vaticano transformado en un shopping center; a los hombres, libres al fin del yugo divino de prohibiciones y amenazas con el infierno por toda la eternidad por desobedecer sus dogmas, vivir felices hasta el día de su muerte. Entonces clavó sus ojos en llamas sobre el espíritu de Juan y lo visualizó en forma de engranaje fallado con varios dientes faltantes, haciendo que la gran maquinaria cristiana en algún punto se atascara y todo su reino empezara a derruir como una casa abandonada. De pronto Juan vio cómo una mano de Dios se transformaba en mano mecánica y lo apresaba entre sus garras. 

   Ahora verán ustedes, les dijo Dios a todos los rebeldes, mostrándoles el espíritu de Juan exprimido entre sus garras, qué es lo que sucede con todo aquel que osa desafiar los estatutos divinos. Y en seguida revoleó el espíritu de Juan por los aires y éste fue difuminándose en la distancia hasta que se hizo nada. Un segundo después el espíritu de Juan cayó sobre las chapas podridas de una casilla cayéndose de a pedazos en una villa de emergencia del gran Buenos Aires. Era una fresca mañana de otoño, por eso aguardó a que algo sucediera dentro de una canaleta. Al rato los rayos del sol diluyeron el rocío y el espíritu de Juan fue arrastrado por un hilito de agua que se escurrió por un agujero sin clavo, transformándose en gota del lado de abajo. Y la gota fue a dar sobre el lomo grasiento de un borracho, y Juan se introdujo en él, succionado por un poro. El borracho estaba apaleando a su mujer mientras le decía que le iba a enseñar a cumplir con su papel de esposa y en seguida la poseyó por la fuerza. Y fue así que nueve meses más tarde renacía el espíritu de Juan en un nuevo mal karma. 

                                                                     Fin. 


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