Bala de plata

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
79 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
EntrenaEn.casa - Videos para hacer ejercicio en casa. Entrenamiento funcional, fitness, yoga, pilates... ejercicios para hacer con niños y adultos mayores.

X ya había pasado por todos los sectores y se encontraba ahora en algún lugar impreciso en la cola del destino, donde millones esperaban sus designios. A cada uno que recibía el papel con la descripción de su destino una voz metálica escondida en el cielo raso nebuloso le anunciaba el paso siguiente en las puertas correspondientes.

   "Por favor dirigirse a la puerta uno", se oía, después "a la puerta dos", "a la tres" y así todo el tiempo. Luego de recibido el papel impreso el individuo que los entregaba recomendaba arrojar la hoja en la máquina pica papeles, porque estaba prohibido dirigirse a los destinos transportando cuerpos extraños. Para matar el tiempo X observaba a los que pasaban a su lado, unos felices, otros no tanto y algunos llorando. En un dado momento pasó uno bastante bravo, X miró en su mano con la esperanza de poder ver lo escrito en el papel y percibió que llevaba dos hojas de papel en lugar de uno. Se le ocurrió que podría ser que los papeles estuvieran contados, entonces salió de la fila y se acercó al mostrador. 

   "Perdón, ¿será que vamos a ser atendidos hoy, mire la cola?", le dijo X al que atendía, mostrándole la fila interminable. El dependiente lo miró y le dijo que no se preocupara que todos serían atendidos y que al fin de la jornada junto con el último designio partiría el último de la fila de espera. Entonces X volvió a la fila, pero siguió de largo y se paró al final a esperar con paciencia su turno. 

   Cuando le llegó la vez el dependiente buscó debajo de la mesa, entre los pliegues de la túnica que vestía, pero no encontró la hoja que faltaba. 

   "Esto no ha ocurrido nunca", se disculpó, haciendo gestos desconcertantes con las manos. 

   "¿Y no tienen un plan alternativo para cuando falla el protocolo?", preguntó X. 

   "No, porque esto nunca pasó antes", respondió el dependiente, mientras seguía escudriñando el piso. 

   "Bueno, sucede hasta en las mejores familias, ¿entonces qué hacemos ahora?", preguntó X.  

   "No sé, tiene alguna sugerencia. De ninguna manera puedo hacer trascender cualquier falla, no sé si me entiende", le confesó el individuo, con ojos tristones. 

   "Pero sí, amigo, no se preocupe. Vaya a buscar un papel cualquiera y escriba "bala de plata" en la parte de la muerte y rellene con lo que corresponda al caso". El dependiente resopló de alivio y salió atrás de una hoja y en cinco minutos regresó con la hoja impresa; se la entregó agradeciéndole la gauchada y después le recomendó que no se olvidara de arrojar la hoja en la máquina pica papeles. 

   A X se le había ocurrido que la probabilidad de morir por un tiro de bala de plata era prácticamente remota, lo que significaba que viviría más años que cualquier ser humano, incluso más que Matusalén. 

   La voz metálica le indicó dirigirse a la puerta "E". 

   "¿"E"?, le preguntó al dependiente. 

   "Sí, "E" de especial", respondió éste. 

   Cuando X llegó a la puerta "E" descubrió que se trataba de un círculo de un metro de diámetro en una pared, al lado de una máquina pica papeles. Sin duda se trataba de un tubo que lo llevaría directo a su destino. Entonces introdujo la hoja por una ranura que fue tragada rápidamente por la máquina, después se arrojó al ducto. Se sintió caer vertiginosamente por una nebulosa, después de cierto tiempo se vio atravesando una vorágine eléctrica de rayos, relámpagos y truenos y luego ser atrapado por una gota y ahí ya no pudo recordar más nada. 

   Nueve meses después, en una noche de luna llena del año de mil cuatrocientos treinta y siete, nacía en el ceno de una gran familia de nueve hermanos, tres hembras y seis varones. Cuando el padre sentado del otro lado de la puerta escuchó un aullido, supo que había nacido un varón. El cura que estaba a su lado le puso una mano en el hombro. 

   "Calma hombre, tenga fe que Dios sabe lo que hace", lo consoló. Tras sus palabras la puerta de la habitación se abrió, la partera traía el niño envuelto en una manta blanca. El padre miró de reojo el bulto y alcanzó a ver un bracito peludo como los de los monos y no quiso ver más. El cura entonces se aproximó, miró al niño y se persignó. 

   "En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo", dijo y  roció la frente del niño con agua bendita. El agua hirvió de inmediato y el niño volvió a aullar más alto que cuando la partera le diera el chirlo de bienvenida al mundo. X había nacido hombre lobo y una bala de plata lo esperaba dentro de diecinueve años. 

                                                         Fin. 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed