La charca

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El sol abrasador caía con rayos de fuego sobre la sabana y el viejo león, acostado debajo de los arbustos, soñaba con un festín de carne. Del cielo caían planeando suavemente cientos de bifes jugosos y suculentas chuletas, ya estaban a alcance de sus fauces cuando graznidos, desde algún lugar desconocido, lo sacaron violentamente del hermoso sueño. Rezongó por dentro y con ojos turbios recorrió la desolación que lo rodeaba. El estómago reclamaba con ronquidos insistentes un contenido comestible que no estaba disponible por ningún lado. Las manadas de ñúes, cebras, búfalos y otros animales habían pasado ya hacia el río Mara en busca de mejores pasturas. Su única esperanza se reducía a la pequeña charca de aguas barrientas que tenía delante, como un anzuelo, la cual se había convertido en el último reducto de su reino. 

   Cerca de allí, un elefante viejo esperaba pacientemente debajo de la magra sombra de un baobab un descuido del león para menguar la sed en las aguas turbias. El león lo sabía, así como que sus mandíbulas ya no tenían la fuerza necesaria para penetrar la piel del paquidermo, pero no el elefante, motivo por el cual se mantenía alejado. 

    Un cuchicheo de graznidos en el aire desvió su atención, levantó la vista y vio aterrizar en la charca a cuatro patos zambullidores. 

   El león se relamió el hocico por un lado y por el otro con la lengua reseca y áspera. 

   Con pasos sigilosos empezó a acercarse mientras los patos graznaban y se zambullían con la mayor naturalidad, y ni se impresionaron cuando el león entró en la charca. El felino llegó tan cerca del grupo que se tomó su tiempo para elegir la presa más apropiada, es decir el pato más gordo, pero se llevó una sorpresa, los cuatro patos desaparecieron en las aguas pardas justo cuando abrió sus fauces y desaparecieron de vista. No entendiendo lo sucedido, miró a un lado y a otro, pero varios graznidos detrás suyo desvendaron el misterio. La acción volvió a repetirse idénticamente y así estuvo el león por mucho tiempo, yendo y viniendo atrás de los patos que desaparecían bajo su nariz, sin al menos haberles rozado en una pluma siquiera. 

   Viéndose derrotado, el león asumió su fracaso y ya volvía a resguardarse del sol asesino en el matorral seco, cuando al volver a ver la sombra gris del elefante parado junto al baobab tuvo una idea. 

   Con paso cansino hizo un rodeo y se detuvo a cierta distancia detrás del elefante que, desconfiado, no le sacaba la vista de encima. Pero al ver que el león se dejó caer sobre los pastos secos se tranquilizó y aprovechó la oportunidad para dirigirse lo más rápido que pudo a la charca. No bien escuchó el succionar del paquidermo, el león empezó a acercarse con sumo sigilo. Entretanto, cuando la trompa chupó las últimas gotas barrientas, con un chirrido estrepitoso, el elefante supo que ya no tenía sentido continuar allí; entonces se deslizó pesadamente hacia los matorrales mientras los cuatro patos quedaron chapaleando en el barro, graznando de inconformidad. Para todo esto, el león, que ya estaba a unos cuantos pasos de la charca, continuó su andar agazapado hacia el pato más suculento, lamiéndose el hocico con insistencia y espantando algunas moscas posadas en su nariz y alrededor de los ojos. Pero no bien puso las patas en la charca los patos se miraron entre sí, graznaron algunos códigos y seguramente llegaron a la misma conclusión que el elefante porque remontaron vuelo inmediatamente. 

   El león los vio alejarse hasta que se perdieron de vista en el cielo turbio, después volvió su cabeza hacia el baobab, pero el elefante ya no estaba más allí. Entonces tuvo la certeza que su fin se acercaba, misma certeza compartida por una bandada de buitres, que ya sobrevolaban en círculos sobre su cabeza. 

                                                            Fin. 


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