Futuro incierto

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Hoy lo habían echado del trabajo y volvía hecho una bolsa de trapo a su casa. ¿Hasta cuando aguantaría con lo que tenía en el banco y lo que recibiría por el despido? ¿Que sería de él, mañana? 

   Para colmo hacía un frío de arder. 

   Todo el mundo debía estar calentito dentro de casa, mientras a él la tristeza del invierno lo hundía en la nebulosa de un futuro incierto. 

   De pronto, a unos metros delante suyo, vio salir a una mujer de un edificio; tenía una pinta de ricachona podrida en plata a la cual solo le faltaba un cartel grande como una casa en la espalda encorajando a los transeúntes para que la asalten. 

   Algo maligno dentro de su cabeza le dijo: 

   "Dale boludo", y él fue. 

   A dos pasos de la mujer miró para todos lados; no había viva alma en la calle, ni una ventana abierta, ningún policía en la esquina. El perfume que emanaba de la ricachona le confirmó que dentro de la cartera estaba su salvación. Entonces apoyó el dedo índice de la mano izquierda en la espalda de la mujer: 

   "¡Quedate quieta y no grites, que no te va a pasar nada", le dijo. La voz le salió entrecortada. 

   "Sí, sí", dijo la mujer, con voz temblorosa. 

   "¡Dale, dame la cartera", le ordenó, haciendo fuerza para que su voz no delatara su nerviosismo y la mujer creyera que era un ladrón de esos a los que no les cuesta nada matar por tres pesos. La mujer dijo que estaba todo bien y le pasó la cartera. Él la manoteó temblando como un niño asustado. Temeroso de ser descubierto giraba la cabeza como un giroscopio de submarino en busca de enemigos sobre la superficie del agua, pero no vio a nadie. Entonces exigió más.

   "Y los anillos (¿llevaría alguno?, ojalá que sí) y los aros (¿tendría aros puestos?, difícil que no) y la cadena (¿llevaría una de oro?, todas llevan una) y el celular". La mujer le pasó dos anillos, los aros y un collar y le dijo: 

   "El celular está en la cartera". 

   "Bueno, ahora seguí y no te des vuelta sino te abro un agujero en la espalda", le ordenó. 

   "Sí, sí", dijo la mujer, y siguió caminando con pasos rápidos. 

   Si la mujer se dio vuelta o no, él no lo supo porque en seguida volvió sobre sus pasos sin mirar atrás más rápido que ella. 

   Al otro día por la mañana pasó por el edificio, entró y le preguntó al conserje si conocía a la mujer del documento. El conserje se puso los anteojos, examinó el documento. 

   "Ah sí, la señora Marta. Vive en el noveno piso", respondió. 

    "Bien, llámela y dígale que anoche encontré su cartera tirada en la esquina", dijo, pasándole la cartera. 

   El conserje llamó a la mujer y le dijo que ya estaba bajando. Entonces él dejó la cartera, dio media vuelta y se marchó cantando bajito: 

   "Yo no sé mañana, yo no sé mañana qué será de mí..." y el futuro, después de ese ensayo, ya no le pareció tan incierto.

                                                                     Fin. 


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