El rebenque

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Don Rufino abrió la puerta de rancho y campeó el tiempo, el sol daba de lleno en el patio; chupó tres veces seguidas la bombilla haciendo roncar el mate y desapareció en la penumbra del rancho. Al rato salió, traía una lata de grasa en una mano y el rebenque de tiento en la otra, y fue a sentarse en el tronco de acacia en el medio del patio donde empezó a sobar la lonja. Media hora después asomó el copete Juancito, el hijo del medio, los pelos enmarañados y ojos lagañosos. 

   "Buen día, tata", dijo, con voz de gato desganado. 

   "Buen día", respondió el padre, sin apartar la vista de la labor. Juancito, las manos dentro de la bombacha, se puso a patear piedritas con la punta de las alpargatas. Al rato preguntó: 

   "¿Para que soba tanto ese rebenque, tata?" Don Rufino no contestó nada. Juancito, ahora masticando una pajita, siguió pateando piedritas. 

    "¿Qué, está reseco el cuero?", volvió a preguntar. Don Rufino se mantuvo en el mutismo más absoluto, dale que dale al sobaje. Juancito frunció el entrecejo y las pestañas se le hicieron una, como pestaña de Cíclope. 

   "Dele, tata, ¿me va a decir o no para que soba tanto el rebenque viejo ese?" Don Rufino nuevamente no dijo ni A, mientras lustraba el cabo con un pedazo de frazada que sacó de un bolsillo de la bombacha. Juancito pensaba que su padre, o se había quedado sordo de golpe o se hacía el sonso para pasarla bien. Después vio que el padre lustraba con frenesí la lonja por ambos lados. De pronto don Rufino contempló la lonja contra el sol, después levantó la vista hacia el hijo, que seguía pateando piedritas y masticando la pajita. 

   "¿Qué jué lo que me has preguntau, gurí?", dijo, por fin, don Rufino con voz seca. 

   "Que para qué soba tanto ese rebenque viejo", contestó el hijo. 

   "Mmm, decime, ¿te acordás lo que me respondiste ayer a la tarde cuando te mandé a buscar las vacas al callejón?" Juancito llevó una mano al mentón y empezó a revolear los ojos. Claro que se acordaba, le había dicho "ya voy" y se quedó remoloneando y, al final, el padre tuvo que ir él mismo a traerlas de vuelta, pero se estaba haciendo el sonso. 

    "No, tata, no me acuerdo", dijo, con cara de desorientado. 

    "Güeno, entonces yo te voy a mostrar para qué sobaba tanto el rebenque y vas a ver como te hago acordar en un santiamén, mocoso maleducau", le dijo don Rufino, al tiempo que le daba el primer lonjazo en el lomo. 

                                                                  Fin. 


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