La huelga

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Después de lavarse la cara y cepillarse los dientes Dios se trasladó a su puesto de trabajo. Mientras pasaba por los largos pasillos, le llamó la atención el silencio y la quietud fuera de lo común a esa hora. No que el bullicio y el movimiento diarios fueran a compararse con los de la tierra, pero tampoco que se asemejaran tanto al de un cementerio.

   Al abrir la puerta de su despacho una avalancha de hojas para impresora lo empujó contra la pared a sus espaldas, asomó la cabeza entre las hojas y se quedó atónito (sí, aunque parezca mentira) al ver como el fax, ya desobstruido, empezó a escupir nuevas hojas por el aire como si fuera una barredora de nieve y a llenar el aire con un incesante clac clac ensordecedor. Dios, ya repuesto de la sorpresa, llamó a su secretario particular, pero éste no apareció; así como tampoco nadie más para ver qué quería el jefe. Entonces se dirigió a la cantina.

   Las mesas estaban vacías, y en la cocina las ollas se aburrían sobre las hornallas apagadas. Llamó al jefe de los cocineros y su voz resonó contra las paredes con un realismo inusual. Salió al patio recreativo, y nueva sorpresa. Allí reinaba la silenciosa soledad de un retiro espiritual. ¿Qué pasó?, se preguntó (sí, otra vez, aunque parezca mentira hasta a él se le escapaban algunas cosas). Decidió salir del palacio y echar un vistazo a las nubes. 
   ¡Ajá, allá están!, exclamó, al ver una multitud de ángeles reunidos sobre algunas nubes, cerca del palacio. Y allá fue teletransportándose, ya que por ser Dios no necesitaba de alas. Cuando se hizo visible tuvo la mala suerte (sí, eso también, por increíble que parezca) de hacerlo donde los ángeles habían cortado sus plumas en forma de protesta. Salió de aquel acolchado de plumas pateando a tuerto y derecho y cuando llegó cerca del grupo lo estaba esperando Gabriel, su preferido, de brazos cruzados. 
   ¿Qué sucede con ustedes que no están haciendo sus trabajos?, le preguntó al ángel. 
   Estamos en huelga, patrón, le contestó Gabriel. 
   ¿En huelga? Dios puso cara de asombro.
   Sí, como lo escucha. Por eso nos hemos cortado las plumas de las alas. Dios le echó una mirada a la espalda. 
   ¿Y eso a qué se debe?, preguntó. 
   Usted lo ha dicho, "debe". Nos debe cuatro meses de salario, dijo el ángel, apuntando para sus compañeros. 
   Pero, hijo mío, la culpa de los cofres vacíos se debe a la pandemia, no a mí. Allá abajo nadie tiene un centavo partido al medio siquiera, y ahí, sin feligreses que frecuenten las iglesias, no me llega el contracheque; y para peor de males cada vez son menos los que se tragan el cuento de que yo proveeré, se quejó Dios. Gabriel dio de hombros. 

   Bueno, en ese caso permaneceremos aquí parados hasta que todo vuelva a la normalidad, dijo el ángel sublevado. Dios paseó la vista por todos los ángeles. Hasta Cupido, apoyado en su arco, como si fuera una muleta, se había confabulado contra él. Buscaba en su mente la forma de llegar a un acuerdo con los ángeles huelguistas cuando a sus espaldas escuchó tres falsos carraspeos consecutivos. Nuevas sorpresas lo esperaban esa mañana celestial. Era el diablo en persona; tenía el tridente apoyado sobre los hombros, del cual colgaban dos bolsas a cada extremo, llenas de billetes verdes.

                                                                         Fin.


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