Ladrón de juguetes

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Pasaba por delante de la tienda sin mirar qué vendían allí cuando sintió un tac tac en la vidriera. ¿Sería la empleada con la punta del plumero al limpiar los artículos expuestos? ¿Sería un artículo que se cayó contra el vidrio? Pero quién se detiene para ver qué ruido fue ese cuando cosas más urgentes totalizan los sentidos y los pensamientos. Seguramente alguien que pasea y no tiene apuro de llegar a ninguna parte o alguien que vuelva a oír otro tac tac o cientos de ellos. Tony, que no iba a ninguna parte con apuro, se volteó. Era mediodía pasado, casi no había gente en la calle por eso nadie vio la cara de estúpido que puso cuando, sin poder apartar la vista de la vidriera, se quedó parado viendo, como si de una escena de una película de Pixar se tratara, a cientos de juguetes golpeando con desesperación la vidriera mientras le hacían señas para que mirara detrás de ellos. 

   Soldaditos arremetían con sus fusiles que se doblaban en la punta, camioncitos embestían con furia y se le aflojaban las rueditas, muñecas despeinadas arañaban y los deditos se le torcían, pelotitas rebotaban, caballitos, vaquitas y ovejitas pataleaban con desesperación; todos apiñados contra el vidrio.     

¿Qué querían? ¿Puede un juguete hacer lo que veía que estaban haciendo? Tony, sin entender qué querían decirle esos juguetes, dudaba mientras se preguntaba: "¿sigo mirando o dejo de mirar?" Si seguía mirando era porque estaba loco, pero si no les hacía caso acaso... Entonces algo dentro suyo, acaso el niño que aún llevaba dentro de sí,  lo hizo cercarse a la vidriera y, amparándose con ambas manos para ver mejor, miró hacia el interior. Más allá de los desesperados juguetes una niebla gris avanzaba hacia la vidriera y detrás de ella un resplandor anaranjado se agrandaba cada vez más. E n ese instante Tony comprendió todo: estaba iniciándose un incendio. Miró a hacia todos lados, pero no vio ninguna piedra, ningún palo, hasta que descubrió una baldosa floja. 

   El vidrio se quebró con un estallido y los juguetes se abalanzaron sobre su salvador, y los que estaban detrás de estos, y también los que estaban en las estanterías, prendiéndose de la ropa y metiéndose el los bolsillos mientras Tony gritaba:  

   "¡Incendio, incendio!". 

   Apenas la gente empezó a llegar, alguien lo agarró por detrás y gritó: 

   "¡Ladrón, ladrón!", haciendo que los juguetes cayeran al piso, rígidos, mudos. 

   "¡No soy ningún ladrón, lárgueme!", gritó Tony, forcejeando inútilmente por desprenderse de los brazos opresores. 

   "¿Ah, no, y esto?", dijo otro, sacando los juguetes de sus bolsillos. 

     La tienda ya ardía y el humo se escapaba a las alturas por la vidriera rota cuando la policía y los bomberos llegaron casi al mismo tiempo. Pese a sus protestas Tony fue conducido a un patrullero, llevado a la comisaría y encerrado dentro de una celda junto a otros detenidos. 

   "Soy inocente, estoy aquí por un error de apreciación", les dijo a los presos, pero éstos le dijeron que todos dicen lo mismo. Por la noche un policía abrió la puerta y le dijo que el dueño de la tienda no quiso hacer ninguna queja. 

   Cuando Tony abandonó la comisaría un hombre lo paró. 

   "¿Quién es usted, qué quiere?, le preguntó tony. 

   "Soy el dueño de la tienda. Quería agradecerle por haber alertado por el incendio", respondió el hombre. 

   "Bueno, ya lo ha hecho, ¿desea algo más de mí?" Tony estaba de mal humor para ser cortés, por eso ni se molestó en devolverle el agradecimiento por no haber hecho una queja en su contra; al final, él no había querido robar ningún juguete. 

   "Sí", dijo el hombre, mirando hacia todos lados.

   "¿Sí, y qué es?" Tony sólo quería volver a su casa y tratar de olvidarse del mal día que había tenido. 

   "Un favor", dijo el hombre, bajando más el tono de su voz.

   "Pues, dígalo de una vez", respondió tony, ya un tanto molesto por la forma sigilosa de hablar del hombre.

   "Le quedaría muy agradecido si no se lo contara a nadie". Las palabras casi se hacían inaudibles.

   "¿Contar, contar qué?" Tony estaba en la duda, no sabía si el hombre se refería al incendio o al supuesto robo. El hombre se le acercó y le dijo al pie del oído:

   "Que los juguetes tienen vida propia".

                                                                      Fin. 


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