Sábado

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Estaba lo más tranquilo en mi cuarto escuchando música cuando de sopetón apareció en la puerta la figura siniestra de mi mamá. Claro, lo de siniestra es porque era sábado y no tenía que ir a la escuela, lo que quiere decir que toda la mañana era solo mía para poder escuchar música hasta que me hartara o, como máximo, hasta que el almuerzo estuviera listo. Pero no, cuando mi madre aparece antes de la comida significa que tengo que interrumpir en lo que esté de inmediato y salir a hacer alguna diligencia, que casi seguro me demandará toda la mañana y con ello un cuarto de fin de semana perdido para siempre, como hoy (y nunca mejor dicho). 

   Prepárate que tienes que pasar por la casa de tu abuela Toti, que necesita que le compres unos remedios en la farmacia, ordenó Mirtita, con el acostumbrado olvido de preguntar si uno puede o no hacer lo que ella quiere. 

   Y bue... , me quejé, resoplando. 

   Y bue nada. Dale antes que cierren, dijo y se fue a la cocina. Miré la hora: nueve y cuarto, que era lo mismo que decirle hasta nunca más a la mañana, porque entre ir a la casa de mi abuela, escuchar su sermoneo, ir hasta la farmacia, esperar a ser atendido, volver con los remedios, esperar a que se despida con sus acostumbrados "dile a Luisito que...", "y no te olvides de avisarle a Mirtita que..." y el sabido " y tú no te hagas el sabandija y a ver si vienes a visitarme más seguido" ya sería mediodía otra vez como ayer.  

   Hola abuela, dije, cuando me abrió la puerta, la nariz chorreando y roja como un tomate y arropada hasta las orejas. 

   Hola, Gustavito. No, no te me acerques que te puedo contagiar esta gripe de mierda, dijo, haciéndose a un lado. Pasé y fui directo a la cocina, como se hace en toda casa de abuela, si no estamos muy apurados porque en ese caso vamos directo al baño. Por lo menos había medio bizcochuelo de naranja tapado con un repasador en la mesa. 

   Fíjate que hay bizcochuelo en la mesa mientras voy a agarrar las recetas y la plata, me dijo desde algún lugar, mientras yo ya iba por el segundo mordisco. Al rato apareció con un pilón de recetas en una mano y plata en la otra. 

   Mira, aquí tienes las recetas y la plata, dijo, pasándome ambas cosas, y ahora te voy a explicar cómo llegar a la farmacia.

   Pero abuela, si la farmacia queda a dos cuadras, le aclaré. 

   Esa no, dijo, con bronca en la voz, lo que le provocó un acceso de tos un poco aguada, porque salpicó la pared al darse vuelta para no hacerlo sobre mí; cuando paró continuó: 

   El farmacéutico ese es bien carero. Es mejor  que vayas a una que hay en el centro. En ese instante vi, detrás de sus palabras, también buena parte de la tarde doblando la esquina del olvido. Después de otro acceso de tos, empezó a decirme cómo llegar a la dichosa farmacia. 

   "En frente de la estación hay un quiosco de revistas. Bueno, hay dos, uno rojo y otro verde, así que ve hasta el verde y busca la parada del 721, que está al lado. Pero fíjate que sea el del cartel azul, te vas a dar cuenta porque es azul y tiene escrito el número uno (en ese momento, previendo ya un mareo, quise decirle que la hiciera más corta, que ya conocía la estación, el quiosco, la parada y el colectivo, pero me mandó a callar y a prestarle atención, que era para que no me fuera a perder). ¡Cállate!, dijo, mirándome seria, y siguió: bueno, saca boleto hasta Tigre y bajas en la estación, y por la misma avenida que va el colectivo vuelve dos cuadras (¿volver dos cuadras?, ¿no es más lógico bajarse dos cuadras antes?, pero para ella parece que no); en la segunda esquina de la segunda cuadra (ahí me empezó el mareo, pero no quise decírselo para que no volviera a empezar desde el principio) cruzas la avenida, pero fíjate que la luz del semáforo esté en verde, no vaya a atropellarte un loco de esos que andan sueltos por ahí. Cuando llegues al otro lado sigue por la avenida otra cuadra más (¡increíble!) y cuando llegues al final de la cuadra doblo a la derecha, y por la misma vereda sigue derecho y casi al final de la tercera cuadra ya vas a ver la farmacia, te vas a dar cuenta porque en la vidriera tiene una cruz verde bien grande y dice farmacia "García". Y bueno, entonces entra  y pídele al farmacéutico los remedios que están en las recetas (¡sobrenatural!, realmente). Por fin paró, me dije, al verla quedarse callada, concluyendo, después de un siglo, su monólogo tautológico. Pero me engañé rotundamente, aún faltaba más, porque después me preguntó si sabría volver (¿Si sabría volver, si yo a esa altura de tan mareado ni sabía cómo haría para llegar hasta la farmacia?). Me apresuré a responder que sí y empecé a alejarme hacia la puerta de entrada, pero una de sus manos huesudas me aferró por un hombro, obligándome a dar la vuelta. 

   ¿Entendiste bien?, me preguntó. Ya viéndola venir, le respondí que sí; pero entonces, mirándome a los ojos, me dijo: 

   A ver, repite que quiero ver si es cierto que entendiste bien. En ese momento, en que todavía yo creía en Dios cuando se me cantaba las pelotas, es decir cuando me convenía o cuando me apretaban los zapatos, le pedí que por favor no me hiciera equivocarme y de paso que ningún remedio fuera a estar en falta. 

                                                              Fin. 


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