Mandarina

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Ese domingo terminaba el campeonato de fútbol del pueblo. Los dos finalistas, Argentino y Newbery, decidían el título. El pueblo, que contaba con cuatro equipos solamente, ahora se había dividido en dos; los del Comercio estaban a favor del Argentino porque Newbery los había eliminado y los del Spotman a favor de Newbery porque el Argentino también los había eliminado a ellos. Cuando terminó el primer tiempo iban dos a dos y cuando faltaban diez minutos para el final Newbery hace el tercero y a cinco para el final Argentino empata. En ese momento ambos presidentes que compartían el palco se miraron y uno le dijo al otro: 

   "¿Qué te parece si lo extendemos hasta el otro domingo, así sacamos más plata para repartir?" El otro dijo que sí con la cabeza y ambos presidentes enviaron a sus respectivos secretarios a hablar con los técnicos, que inmediatamente pidieron cambios para que los jugadores que entraran les transmitieran el mensaje al resto de los jugadores. Ambos presidentes, con sonrisas cómplices, se miraron otra vez, pero ahora no necesitaron decirse nada. Pero justo en ese momento un zaguero del Argentino le hace un faul a un delantero adversario en el área chica: penal. Faltaban tres minutos para el término del partido. El árbitro, aprovechando la parada, autorizó los cambios. Los presidentes volvieron a mirarse, y si decir  nada el presidente de Newbery corrió hasta el banco de suplentes y le pasó nuevas instrucciones al técnico, que de inmediato se las transmitió al jugador que ya estaba por entrar. El nuevo mensaje cambiaba la consigna; si antes los jugadores que ingresarían debían llevar el mensaje para que nadie hiciera un gol, ahora era para que el que ejecutara el penal pateara la pelota para cualquier lugar menos para el arco. El elegido del Newbery era Mandarina, la estrella del club, que casualmente todavía no había hecho ninguno de los tres goles de su equipo, y que nadie recordaba que hubiera errado un penal en su vida. El compañero que acababa de entrar se le acercó y le pasó el dato, Mandarina le guiñó el ojo. mientras acomodaba la pelota. Los presidentes se miraron y el de Newbery le hizo una señal levantando el pulgar de la mano derecha. El árbitro apitó autorizando el penal y Mandarina empezó a tomar carrera. Mientras corría hacia la pelota recordó las palabras que Liliana le había dicho al oído poco antes del partido: 

   "Si haces un gol y me lo dedicas esta noche seré tuya como Dios manda". Entonces Mandarina pateó con la clase de siempre. 

                                                             Fin. 


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