La batalla interrumpida

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La nave carguero anaranjada aterrizó detrás del bosque de las flores gigantes. La cubierta se abrió por completo, el brazo mecánico se introdujo y transportó los soldados al exterior donde tomaron posiciones en puntos estratégicos, camuflándose detrás de los tallos gigantes. 

   Medio minuto después, del otro lado del lago artificial de aguas celestes, la nave carguero azul enemiga aterrizó sobre la amplia plataforma de piedra que lo bordeaba. La mole azul se inclinó lentamente y la formación de tanques avanzó y se posicionó cerca de la orilla, apuntando sus cañones hacia el bosque. Los pelotones se guarecieron detrás de los tanques, que formaban la primera línea de ataque, y junto a los lanzacohetes, espectantes, esperaron en silencio la hora H. 

   La batalla comenzaría de un momento a otro, de un lado y otro la ansiedad embargaba a ambos bandos. La estrategia del ejército del bosque era esperar que el ejército azul descargara toda la artillería pesada para después lanzarse al agua y luchar cuerpo a cuerpo. Solo tenían que cuidarse de no sufrir demasiadas bajas. De repente el cielo se nubló y un cataclismo ensordecedor hizo temblar la tierra y agitar las aguas del lago; en seguida empezaron a caer gotas del tamaño de un elefante. Algunas hojas fueron arrancadas de cuajo y volaron sobre las cabezas de algunos soldados que corrieron con suerte porque nadie fue herido seriamente, aunque tuvieron que comer un bocado del polvo que los cubrió con una nube gris. Entretanto en la otra orilla, el ventarrón derrumbó los lanzacohetes unos contra otros, como fichas de dominó, pero allí tampoco sufrieron bajas. 

   Ambos ejércitos corrieron a las naves antes que el diluvio les hiciera imposible la partida; una tormenta así había arruinado sus naves hacía algún tiempo y no podían correr el riesgo de que se les descompusieran en pleno vuelo. En seguida, ambas naves despegaron a gran velocidad hacia la fortaleza gigante, que se erguía cerca del lago, donde se refugiarían hasta nueva orden; mientras tanto se mantendrían en tregua. Las gotas gigantescas golpeaban el casco como poderosos mazazos. El traqueteo hacía suponer que atravesaban la tormenta por el medio. De pronto todo cesó, ya estaban dentro de la fortaleza.

   Nuevamente te has mojado, Chiqui, dijo la madre, enojada, deja las cajas con los juguetes cerca de la estufa para que se sequen y no se estropeen como la semana pasada, y cámbiate la ropa antes que te dé un resfriado. 

                                                               Fin. 


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