La casa en el aire - parte 1

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1- UN DÍA EN LA ALDEA 

Un manto de rocío cubría de plateado la campiña y los tejados de la aldea cuando los habitantes fueron despertados por ladridos de perros. El primero en salir a ver qué pasaba fue el herrero que, siguiendo con los ajos aún soñolientos la dirección donde su perro ladraba, se despabiló en el acto. Lo que a primera vista al herrero le pareció una proyección de un sueño que no recordaba haber soñado, en verdad resultó ser una casa, una casa suspendida en el aire. Enseguida llamó a su esposa, que a su vez llamó a sus hijos y a la vecina, que llamó a su esposo y a otra vecina, que llamó a sus hermanas. Y así, de llamado en llamado, en pocos minutos todos los aldeanos miraban, sorprendidos y boquiabiertas, hacia un mismo lugar en el cielo, justo encima de sus cabezas. 

    "¿Una casa?", se preguntó el herrero, rascándose la cabeza. 

   "¿Una casa, cómo así una casa?", le preguntó su esposa, cuando salió al patio a ver qué quería. 

   "¿Una casa en el aire?", se preguntaron los hijos, ni bien fueron a ver qué pasaba. 

   "¿Una casa en el aire?", se preguntó todo el mundo. En ese exacto momento, como si la duda colectiva hubiera desencadenado un desequilibrio natural, una nube de polvo cayó de la casa sobre sus cabezas, y a partir de ahí un largo litigio empezó entre los habitantes de la aldea y la dueña de la casa. 

2- UNA MAÑANA INUSUAL EN LA CASA EN EL AIRE 

Los habitantes de la casa dormían plácidamente cuando ladridos de perros los despertaron. La primera en levantarse de la cama fue la madre, que al acercarse a la ventana se llevó un tremendo susto; alarmada, corrió a su habitación donde despertó a su esposo zamarreándolo como si fuera la almohada. Ya en la ventana, tan impactado cuanto su esposa, llamó a su hijo a los gritos. El muchacho saltó de la cama y se inclinó sobre el alféizar de la ventana de su habitación. Soltó un "wau" de sorpresa y enseguida llamó a los gritos a la hermana, que aún dormía. En minutos, la familia entera miraba al suelo. 

   "¡Estamos en el aire!", exclamó espantada la madre.

   "¿En el aire?", se preguntó el esposo, rascándose una nalga, como si aún no le cayera la ficha. 

   "Sí, no lo ves, tonto, esta vez es en el aire", rezongó la esposa.

   "¿Ves algún castillo?", le preguntó la hermana, el hada soñadora de la familia, cuando llegó al lado del hermano mientras sus ojos escudriñaban el horizonte en busca de uno. 

   La primera impresión que tuvo la madre fue que estaba en una pesadilla, al mismo tiempo que, para no perder la costumbre, buscaba con ojos clínicos entre las calles y patios vestigios residuales. Ya el marido, después de unos segundos de preguntas incontestables, pensaba que aún estaba en un lindo sueño. El hijo, que le confería a su madre poderes sobrenaturales, pensaba que toda esa nueva y extraña realidad se trataba de algún artificio suyo para mantener la casa alejada del polvo al que tanto odiaba. Y no era para menos, aún recordaba cuando, años atrás su madre siempre protestando contra la mugre había dicho que desearía vivir en una isla y al día siguiente habían amanecido en medio del mar, pero como si fuera un sueño una mañana, algunos meses después, habían vuelto a su lugar de origen. Ya la hermana, allegada a una fantasía, creía que aquello era parte de un plan mágico orquestado por un hada madrina que la quería muchísimo. 

   La madre, repuesta del susto inicial, viendo que ya no había patio que barrer no le quedó otra que conformarse con la casa solamente. Decidida a encarar la nueva realidad, fuera un sueño o una maldición inexplicable, se dirigió a "su" armario particular: la despensa. Demoró un minuto en elegir la escoba del día entre tantas que poseía, pero apenas se decidió por una abrió las puertas y empezó a despejar la mugre en el aire, sin importarle que le cayera en la cabeza a la gente que estaba bajo sus pies. 

3- MIENTRAS TANTO ABAJO... 

Los más perjudicados con la suciedad que caía sin parar del cielo fueron los feriantes, que  llevaron sus quejas al recaudador de impuestos cuando, casi un mes después del insólito y catastrófico suceso, apareció por la aldea para cobrar el tributo del rey. 

   "Han caído las ventas, recaudador. Mire qué manera de caer polvo sobre la mercadería. Y lo peor de todo es que no sabemos de dónde saca tanta mugre esa maniática. ¡Y justo en los días de mayor venta!", se quejó el verdulero, encargado de transmitirle el motivo de por qué ningún feriante podría pagarle ese mes. El recaudador, sacándose el polvo de los hombros con las manos, preguntó: 

   "Pero ¿de dónde han venido?" Los dedos flacos y avarientos del recaudador ya empezaban a tamborilear sobre el libro de la contaduría. 

   "No lo sabemos, una mañana despertamos y ya estaba ahí, dijo el herrero, y para empeorar las cosas las palabras no llegan hasta ellos, no sabemos si es por la altura  o porque son sordos". 

   "Ajá, ¿y con lo otro, cómo están haciendo?", preguntó el recaudador. El verdulero arrugó la cara. 

   "¿Qué otro?", preguntó. El recaudador miró hacia todos lados y hablándole al oído le preguntó sobre las necesidades fisiológicas de los habitantes. 

   "Ah, eso, sobre eso no le sabría decir nada ni adónde echan sus desperdicios, tampoco sabría decirle cómo hacen para conseguir agua o comida, pero humo de la chimenea sale, eso sí", respondió el verdulero, amparando los ojos al echarle un vistazo a la casa. 

   "Bueno, por lo menos de los males el menor, sino sería el colmo de los colmos", dijo el recaudador, arqueando las cejas. 

   "No sé hasta qué punto es un mal menor, pero si esto sigue así tendremos que volver a los orígenes y salir a cazar y a recoger bayas silvestres para poder sobrevivir", se quejó el verdulero. 

   El recaudador, como advertido de algún mal presagio, se puso en marcha de inmediato a llevarle las quejas de los aldeanos al duque, urgido para que la mala noticia llegase a los oídos del rey, el único que sabría qué hacer, lo más rápido posible y porque tenía que seguir recaudando los tributos por otras aldeas también. 

4- EN LA CASA DEL DUQUE 

    "¿Una casa en el aire?", preguntó el duque, poniendo cara de incrédulo. 

   "Eso mismo, mi señor. Los aldeanos dicen que una mañana despertaron y la casa ya estaba allí, y que hasta el día de hoy no ha parado de caer mugre sobre la feria. Y eso yo lo vi con mis propios ojos. Si viera usted, aquello parece una cascada ininterrumpida", dijo el recaudador. 

   "Entonces debo comunicarle la noticia al rey con urgencia, dijo el duque, ¿ya imaginó si se hace moda y todas las poblaciones empiezan a tener su propia casa en el aire? Será el fin de la economía". Al recaudador se le oscureció más la mirada. ¿Sería posible que también el duque hubiera sido acometido por el mismo oscuro presagio? Al recaudador pareció que sí. 

 


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