La casa en el aire - parte 2

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5- AUDIENCIA CON EL REY 

Esa misma tarde, el duque se dirigió al castillo a llevarle las quejas al rey y a contarle sus temores. El rey como no tenía a quién delegarle las quejas no tuvo otro remedio que atender el asunto él mismo. 

   "¿Una casa suspendida en el aire?", le preguntó el rey a su vasallo. 

   "Sí, su majestad. Yo también le hice la misma pregunta al recaudador, pero eso no es el  problema real del fenómeno. El verdadero problema que tenemos es con la mujer de la familia que vive allí, que vive todo el santo día con la escoba en la mano y despeja nubes de polvo desde que amanece hasta que se pone el sol. Es cosa de creer solo viendo. Ahora yo me digo, su majestad, ya pensó si eso llega a repetirse en todo el reino, ¿de qué vamos a vivir?" El duque se calló.

   "Entonces es una mujer la que está colapsando la economía", dijo pensativo el rey, alisando la barba. El duque interpretó en las palabras del rey una pregunta. 

   "Sí, su majestad, eso sí, el recaudador no me afirmó si de noche la lluvia se detiene", dijo el duque, como si él hubiera indagado al recaudador al respecto. "Bien, unos puntitos a favor para quedar bien delante del rey nunca vienen nada mal", pensó el duque. El rey, tan diplomático como siempre, le dijo que lo tendría en cuenta: 

   "Cuento con usted, duque, y ahora ya puede retirarse que yo me encargaré del asunto, y no se preocupe que se lo hago saber apenas haya tomado una resolución". El duque encorvó el cuerpo e hizo una reverencia y en esa postura ridícula se retiró. El rey inmediatamente decidió enviar al bufón con un mensaje para el mago del reino. 

6- EL BUFÓN 

   "Pero, su majestad, ¿y el espectáculo de esta noche, cómo queda?", preguntó el bufón, no tan preocupado con el espectáculo en sí, sino porque corrían tiempos de paz y sobraban soldados holgazaneando; sin embargo, aun así al rey se le antojaba que fuera él el que tuviera que llevarle el mensaje al mago. Justo a él que tanto pavor le tenía a la floresta negra donde el mago vivía. 

   "Los espectáculos están suspendidos hasta nueva orden, asuntos más urgentes reclaman mi atención. Y ahora vete ya", ordenó el rey. El bufón tragó en seco y se retiró haciendo ridículas piruetas a propósito. 

7- MIENTRAS TANTO EN LA CASA EN EL AIRE... 

   "¡Sal de ahí, holgazán y ayúdame a correr este armatoste para que pueda limpiar debajo", le exigió la mujer al marido, que estaba cómodamente leyendo un libro en el sofá. 

   "Pero si hace cuarenta minutos que has acabado de limpiar debajo, por arriba y a los costados, mujer", se quejó el marido. 

   "¿Sabes cuánta suciedad se puede acumular en cuarenta minutos? ¡Ah!, pero claro, cómo puedes saberlo, ¿qué puedes saber tú de higiene?", sentenció la mujer, al tiempo que empujaba al marido hacia un lado y empezaba a barrer como una maniática centímetro a centímetro del piso. El marido no contestó nada porque era inútil contradecirla, lo más sensato era dejarla hacer lo que quisiera, es decir limpiar y seguir limpiando. Cuando la mujer, cinco minutos después, terminó la limpieza (eso sí, hay que destacar la ligereza con que ejecutaba sus tareas), salió diciendo que dentro de poco volvía, el marido con apatía se limitó a decir: 

"Está bien, querida". ¿Qué más podía decirle? 

   Luego la mujer dirigió su ataque antiséptico a la habitación del hijo. El muchacho miraba por la ventana con cierta lástima a la hija del verdulero, allá abajo, tratando infructuosamente de limpiar las verduras con un plumero. La pobrecita, cuando terminaba con los tomates la lechuga, al otro extremo de la mesa, ya había perdido su verdor bajo una nueva capa gris, que su madre, "gentilmente", recién había arrojado por una de las puertas. 

   "¡Ah, con qué estás ahí, holgazán chismoso! Es mejor que te muevas de ahí porque no me gusta que interfieran en mi labor", graznó la madre, ni bien irrumpió en la habitación. El muchacho se retiró de la ventana por tercera vez en lo que iba del día sin decir "ay", él también pensaba que era inútil contradecirla. Después fue el turno de la hija padecer los ataques de limpieza de su madre. Estaba apoyada en la ventana mirando a la distancia, tratando de visualizar entre las montañas algo que pareciera con la torre de un castillo. 

   "¡Entonces, holgazana! ¿Soñando con el príncipe azul, no? A ver si aprendes de mí, si no quieres morir solterona por no saber limpiar a fondo un hogar", gruñó la madre, mientras manejaba la escoba magistralmente con infatigables y rápidos movimientos, que si no fuera porque la hija sabía que empuñaba una, diría que era invisible, tamaña velocidad con que ejecutaba la limpieza. La muchacha, así como su padre y su hermano, salió de su habitación sin decir nada, al final todo argumento sería ineficaz, y se fue a buscar un ángulo inédito de la casa donde seguir tratando de visualizar un castillo. 

8- ENTRETANTO ALLÁ ABAJO... 

El verdulero, protegiendo la cabeza con una bolsa de arpillera, sugirió a los otros feriantes cambiarse a otro lugar que estuviera fuera del radio de alcance de la maniática de la escoba. 

   "No podemos hacer eso sin la autorización del duque", dijo el carnicero, protegido a su vez con un cuero de vaca. 

   "Estas tierras no son nuestras para hacer lo que queramos y ya sabemos cómo se pone el duque cuando algo no le gusta, por ejemplo: cambiar la feria de lugar", acotó el vendedor de lana, sacudiendo por enésima vez el cuero de oveja con el que se cubría y volviéndoselo a poner encima con movimientos rápidos y precisos. 

   "Quizás debiéramos de cambiar el día por la noche, por lo menos hasta que el duque o el rey hagan algo al respecto", sugirió un artesano, escondido debajo de un sombrero como lo de los chinos, que con el polvo cayendo por todo el contorno del sombrero por partes iguales, hablaba sin mostrar la cara. 

   "Eso también deberíamos de comunicárselo al duque", dijo una voz que nadie supo definir de dónde venía, porque provenía de donde el polvo ya hacía imposible cualquier visualización. 

   "Eso no le incumbe al duque, lo único que necesita saber es que le paguemos los impuestos", dijo otra voz anónima. El verdulero ahora opinó que no era una buena idea, porque la mugre y el polvo acumulados durante el día haría imposible que la feria abriera antes de amanecer, cuando la maniática empezaría el ataque de nuevo. 

   "Estaríamos sacando polvo durante toda la noche. ¡Imposible!", dijo al fin. 

 


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