La casa en el aire - parte final

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17- ¡SÁLVESE QUIÉN PUEDA! 

El primero a saltar fue el marido, que tuvo la suerte de caer sobre una montaña de basura que amortiguó la caída, sin más contratiempo que tragar un poco de polvo. El segundo a huir de las llamas fue el hijo, que cayó justo encima de la carreta del verdulero, que recién llegaba, sobre una pila de sandías; quedó medio tonto pero sin ningún hueso roto. La tercera a lanzarse fue la muchacha justo a tiempo para caer en los brazos del príncipe. Y la última a salvar el cuero fue la barredora obcecada, porque se demoró en ir a buscar su preciosa colección de escobas en la despensa. Al arrojarse al vacío, en un intento inconsciente y vano en medio de la caída, se montó en las escobas. 

   "¡No dije yo que era una bruja, y miren que bien equipada estaba la maldita!", gritó el mago, señalando la mujer que bajaba en picada, abrazada a las escobas. Mientras que el bufón pensó: 

   "¿Qué bruja es esa que con tantas escobas cae como una bolsa de papas, viejo falluto?" 

18- Y COLORÍN COLORADO... 

Finalmente, la esposa y sus preciosas escobas se desplomaron sobre el techo de paja de una casa, y tras ella, un grupo de soldados se metió entre los escombros en su búsqueda. 

   Cuando el muchacho volvió en sí, la hija del verdulero limpiaba su cara sucia de sandía. 

   "Hola, mucho gusto", dijo él, escupiendo algunas semillas de sandía sobre el regazo de la moza. 

   La hermana entreabrió los ojos y vio que un joven montado a caballo la sostenía en los brazos, pero también escuchó que alguien decía: 

   "¿Se encuentra bien, príncipe?" Entonces volvió a desfallecer, o por lo menos fingió que lo hacía. 

   Por fin, los soldados salieron de la casa con la mujer. 

   "¡Suéltenme, holgazanes!", les decía ella, mientras forcejeaba con vehemencia para que no le sacaran las preciosas escobas. 

19- EPÍLOGO Y LIBERTAD 

El marido de la maniática de la escoba se arrastró fuera de la montaña de basura y, escupiendo y sacudiéndose el polvo, miró a su alrededor. El hijo estaba siendo tiernamente consolado por la hija del verdulero, la hija, en los brazos del príncipe, parecía estar en la gloria y la esposa, fuertemente custodiada por una docena de soldados, se agarraba a sus escobas con celo en la mirada 

   "Han atrapado a la bruja, han atrapado a la bruja", gritaban los aldeanos mientras bajaban en bandada de la colina. 

   Entonces, a hurtadillas, el marido empezó a deslizarse hacia la campiña, pero al pasar frente al campamento un soldado lo detuvo. 

   "¡Alto ahí! ¿Quién eres forastero?", le ordenó el soldado. El hombre le dijo que era un vagabundo que pasaba por el lugar en el momento que se desató el pandemónium, con lo que se zambulló de cabeza en una montaña de basura y ahora que todo ya había pasado seguía su camino. El soldado lo examinó detenidamente y le dijo: 

   "Creo que te conozco, ¿tú no serás el marido de la bruja, que miraba hacia acá por una ventana, no?" El hombre puso cara de ingenuo y, llevándose ambas manos al pecho, dijo: 

   "¡¿Quién yo?! No puede ser, jamás he visto a esa mujer", y dicho esto pidió permiso y dirigió sus pasos hacia el bosque donde se perdió para siempre.
                                                                   Fin. 


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