El ser

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El sol escaldaba la arena y el aire cuando los dos hombres corrieron la cortina sobre el parabrisas del camión. La quietud y el silencio del espacio circundante era realmente disuasivo, pero no había otra cosa para hacer sino encarar le desolación y seguir. 

   Quince dí­as antes habían embarcado en una aventura suicida internándose en un mundo inhóspito, movidos por la codicia y la ganancia. Desde niños habían oído hablar del tesoro de una antigua civilización situada en algún lugar del vasto e interminable desierto. Ahora, ya hombres, iban por él desafiando la inclemencia del tiempo y lo incierto del terreno; los animales salvajes y ponzoñosos, acechando día y noche, salidos de no se sabía de donde, y los insectos venenosos y, tal vez, hasta las tribus hostiles que vagaban por el desierto desde hacía miles de años. Iban al todo o nada, prefiriendo perecer en el infierno amarillo que morir anulados en un mundo donde la miseria estrangulaba a los que no conseguían acompañar el ritmo despiadado de la civilización. Quizás estuvieran avanzando a tientas porque el mapa que encontró uno de ellos, dentro de un libro antiquísimo, podía ser de cualquier cosa menos de un tesoro, pero los sueños de codicia enloquecen a los hombres desde que el mundo es mundo. Y tras esos sueños iban ellos, siempre con la esperanza de tropezar, de un momento a otro, con las ruinas de la antigua civilización de las que todos hablaban pero nadie había visto jamás. Todo el tiempo sospechaban que cualquier brillo a la distancia fuese del oro y las piedras preciosas, pero nunca producto de un espejismo. Ni por un momento se detuvieron a pensar que si las tribus nómadas, en su errático ir y venir infinito por esas arenas, nunca habían encontrado esas riquezas era más que probable que todo no pasase de una leyenda,como tantas que se contaban en El Cairo. 

   Para su empresa llevaban bastante combustible, muchas herramientas y armas y mantenimientos suficientes, que junto con el camión habían robado de un cuartel mal vigilado distante a varios kilómetros de la ciudad. Cuando el reemplazo, un mes más tarde, llegase al cuartel al no encontrar a nadie la culpa del robo recaería en los cuatro guardias, cuatro guardias que no encontrarían fácilmente porque yacían bajo dos metros de arena en algún lugar del desierto, y para cuando salieran en su busca ellos ya estarían muy lejos para ser alcanzados, quizás ya ricos. 

   Al quinto día, a la derecha del camino y a no más de ocho o nueve kilómetros de distancia, una colina se hizo visible en el horizonte. El acompañante tomó el largavista y se puso a observar. El corazón de ambos se aceleró cuando el del largavista dijo que habían encontrado el lugar señalado en el mapa. Por una fracción de segundo un brillo diamantino refulgió en sus ojos.

   Lo hemos conseguido, Hassan, dijo el del largavista, pasándoselo al otro, que inmediatamente detuvo el camión. 

   Estamos hechos, Jamil, dijo Hassan, dando dos golpes en el volante antes de tomar el largavista. 

   Casi una hora después llegaron a las inmediaciones de la colina. Descendieron y, armas en mano, recorrieron los cientos de metros que los separaban de la colina rocosa. Consultaron el mapa y después de identificar la piedra indicada en él empezaron la escalada. Al llegar a la piedra la rodearon y allí estaba, casi imperceptible, la entrada de la cueva, tal cual en el mapa. Ya adentro avanzaron varios metros, pero la oscuridad les hizo detenerse por allí mismo. Jamil volvió al camión y al rato estaba de vuelta con dos potentes linternas. Calculaban que se habían adentrado unos trescientos metros cuando de repente una gran cavidad se abrió ante ellos. Y en el medio de la inmensa cámara divisaron un objeto extraño, un cubo de grandes proporciones, cuadrado y oscuro. 

   Solo puede estar ahí adentro, dijo Hassan. 

   ¿Tú lo crees?, dijo Jamil.

   ¿Dónde sino?, respondió Hassan, con una sonrisa de triunfo. En seguida rodearon el objeto y comprobaron que se trataba de un inmenso cubo metálico, aparentemente sin señales de cerradura. 

   Tiene que tener algún dispositivo oculto en algún lugar, dijo Hassan. Inspeccionaron con cuidado, centímetro por centímetro, pero no encontraron nada. 

   Ayúdame a subir a la parte de arriba, dijo Jamil. Pero allí tampoco encontró nada. Después golpearon con piedras las paredes del dado y les pareció que era hueco. 

   Sin duda las paredes deben ser bastante gruesas, dijo Hassan, mirando con una mueca a su compañero. 

   Menos mal que tenemos bastantes explosivos, dijo Jamil y se puso a alumbrar el techo de la cueva. 

   Ni lo pienses, advirtió Hassan, refiriéndose al techo, todo saldrá bien. Antes de salir inspeccionaron alrededor buscando algún pasadizo, pero no encontraron nada más que polvo y unas piedras sueltas esparcidas por aquí y por allí. 

   Ya empezaba a caer el sol cuando volvieron al camión. 

   Por la mañana, como habían acordado el día anterior, no bien el sol empezó a iluminar el día se encaminaron hacia la colina, pertrechados de explosivos. Dispusieron sobre una cara del cubo dos barriles de pólvora, tendieron el cable hasta una distancia prudencial de la entrada y accionaron el percutor. Unos segundos después de la explosión una bocanada de polvo emergió de la entrada. Los hombre hurraron y saltaron de alegría y se dieron un efusivo abrazo, ahora solo les restaba esperar que el polvo en el interior de la cueva se asentara e ir por el tesoro. Diez minutos después creyeron que ya era suficiente y se encaminaron, linterna en manos, hacia el interior. Jamil, que iba adelante, de pronto dejó caer la linterna y en seguida se desplomó contra el piso polvoriento. Hassan soltó una risa, 

   Eh, anda con cuidado, le dijo, pero su compañero no respondió. Hassan se acercó repitiendo: 

   ¿Estás bien, estás bien, Jamil? De pronto Jamil se levantó sin decir palabra y se dio vuelta hacia él, tenía una piedra en la mano. 

   Lo que fuera que estaba encerrado en el cubo ocupó el cuerpo de Jamil. Cuando salió de la cueva se detuvo en la entrada, aspiró una profunda bocanada de aire y paseó la mirada pausadamente por el mundo amarillo que se extendía, majestuoso, hasta el infinito. Después de tantos siglos, el ser se escuchó decir: 

   Estoy de vuelta.  

                                                              Fin. 


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