Amistades económicamente viables - parte 1

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1- PATRICK KING Y EL NÚMERO DE LA SUERTE

La chica de la agencia de la lotería miraba la nada en el piso reluciente cuando la puerta se abrió; desvió la mirada y vio materializarse un par de zapatillas de lona negra con cordones rojos y suela de goma blanca; trepó por un jeans negro y por un cinto rojo y, finalmente, por una remera de Los Redondos hasta culminar en una cabeza calva lisa y lustrosa, austeramente adornada por anteojos oscuros redondeados. Entonces la chica cayó en sí­. 

  "¡Claro, qué tonta!", pensó, al darse cuenta de quién se trataba. Era Patrick king, el hombre que combinaba como nadie su vestuario en tres únicos colores: negro, rojo y blanco. Venía como todos los días, mañana, tarde y noche, a jugar el número 1986; el número hacía referencia al año en que su banda preferida, Patricio Rey (de ahí su nombre en inglés) y sus Redonditos de Ricota, había editado el disco Oktubre, su preferido; aquél cuya tapa tenía un dibujo de revolucionarios, que remitía a la revolución bolchevique, con la gente en blanco, las banderas y el tí­tulo del disco, simulando el alfabeto sirílico, escrito en rojo sobre un fondo negro (y de ahí los únicos tres colores con que Patrick King componía su vestuario). 

Si fuera un dí­a como cualquier otro y Patrick King tuviera la suerte de que su número favorito saliera a la cabeza lo ganado no cubrirí­a ni la nonagésima parte del total que habí­a gastado hasta la fecha, siempre apostando a la misma cifra, pero era diciembre y Patrick compró el billete del gordo de navidad que terminaba en su número preferido. El que acertara el primer premio del gordo de navidad ese año se tornaría, descontando los impuestos, en el hombre más rico de América del Sur. Más de millón y medio de personas de los países limítrofes habían cruzado la frontera para intentar la suerte sumándose a la población local. Pero para azar de los apostadores extranjeros el primer premio quedó en casa y el ganador con el número 21.986 fue Patrick King, que por tratarse de navidad había comprado desde el 01.986 hasta el 91.986. Era la única vez que en sus cuarenta y tantos años que ganaba en la lotería, la verdad la única vez en la vida que ganaba alguna cosa. La varita mágica del destino lo había tocado. Era su momento de gloria. Durante el desmesurado mes de farra en el cual cayó de cuerpo y alma en los brazos de la felicidad plena, su ego se elevó al mundo imaginario donde flotan las personas que son alguien en este mundo. Pero Patrick pensó que un alguien local no era suficiente para su nuevo ego, él aspiraba a ser un international man; él tení­a que ser tan importante e influyente en el mundo como Willy Kate, el dueño de Microchip, la superpoderosa compañía de computación. 

Aunque nadie creyó que fuera capaz, Patrick King ideó un proyecto educacional gratuito para ser implantado en todas las ciudades del país, y de tener éxito su intensión era de implantarlo en África y luego al resto del mundo. Patrick se reunió con ministros y el presidente de la nación y consiguió el apoyo necesario para el proyecto. El gobierno aportaría las instalaciones y él se encargaría de todo lo demás, desde las computadoras hasta el salario de los profesores. Era ahí adónde Patrick King querí­a llegar cuando ideó el proyecto: las computadoras se las compraría a Willy Kate, pero éste aún no lo sabí­a, primero habrí­a que negociar. Patrick King se imaginaba ya negociando el millonario contrato con el hombre en su oficina en un rascacielos neoyorkino, porque ignoraba, como tantas cosas, que el multimillonario vivía en el estado de Washington, al otro extremo del país. A través de sus abogados consiguió que su proyecto llegara a las manos de Willy kate. Y, aunque nadie tampoco lo imaginara posible (no se sabe por qué, ya que se trataba de ganancias de millones de dólares), Willy Kate se interesó por el proyecto y hasta invitó a Patrick King a ir a visitarlo en su mansión tecnológica, en los Estados Unidos, para tratar el asunto personalmente. 

  "¿Adónde más sino?", reflexionó Patrick King.


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