Los árboles malditos

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Jan el explorador vivía en una aldea en la montañas junto a un puñado de personas, pocas y supersticiosas. Él era el único habitante valiente entre ellos y se jactaba de no temerle a nada en este mundo. Y como era el más valiente de todos también era el único que se aventuraba por los caminos entre las montañas y, más abajo, en los bosques; incluso hasta en los pueblos más distantes. Con el tiempo, de tanto pedirle que les trajera algo cada vez que iba a algunos de esos pueblos distantes, no tuvo más tiempo para sus propias cosas. Con eso se dedicó a llevar y traer cosas para los pobladores, que le pagaban por sus servicios con pieles de los animales que cazaban, o con animales que criaban, o con lo que sembraban. Pero su trabajo no era tan fácil, incluso, como él pensó al principio; cargaba muchas cosas en la espalda, que debía vender en los pueblos distantes, y más carga cuando regresaba, con las cosas que compraba. Pero así mismo a él le resultaba placentero porque paseaba, conocía a mucha gente nueva y no tenía horario que cumplir. Al ser el único que salía de allí también era el único a tener alguna cosa interesante para contar, no sin algún agregado medianamente exagerado, porque a veces no le sucedía nada. Pero resulta que un día sus amigos Pavel Cara de Camote, Jiri el hachador y Michal el pastor le insinuaron que les gustaría acompañarlo en algunos de sus viajes. Jan dijo que lo pensaría, pero lo que quería mismo era pensar detenidamente en los pros y en los contras del asunto. Pensó que si aceptaba la compañía de sus amigos sería un gran alivio para su espalda, pero también todo el pueblo se enteraría que no había mayores peligros que temer y con ello perderían sus miedos y ya nadie más necesitaría de sus servicios y él acabaría trabajando como una mula de sol a sol labrando la tierra para ganarse el sustento, cosa que aborrecía y, además, no podría ir a otros pueblos con la misma frecuencia como hasta ese momento. Entonces les dijo a sus amigos que lo iba a pensar un poco más, que a la vuelta del próximo viaje les contestaría. 

   A la vuelta del viaje Jan se demoró dos días en los alrededores antes de volver a la aldea y cuando la gente le pidió que le contara lo que había visto en ese viaje Jan exageró bastante como para que ninguno de sus amigos se animara a acompañarlo en el próximo viaje: 

   "Esta vez me demoré más de lo acostumbrado porque al cruzar por una parte del bosque el día se hizo noche de repente y empecé a oír voces. Voces que no eran de hombres ni de ningún animal conocido. Las voces salían de los árboles. Unos susurros indescriptibles que me congelaron la sangre. Poco después los árboles empezaron a moverse y a juntarse los unos con los otros a mi alrededor. Entonces saqué mi espada y tuve que derribar unos cuantos para conseguir salir de aquel abrazo vegetal que me hubiera triturado como a una nuez". 

   A todos se le ensombrecieron los rostros y muchos, sino todos, se preguntaron cómo harían para comercializar los frutos de su trabajo, porque nadie creía que después de aquéllo Jan no se atrevería a salir de la aldea nunca más. Pero cuando alguien le comentó la inquietud que a todos mantenía preocupados, Jan les aseguró que no necesitaban preocuparse, que media docena de árboles malditos no podrían infundirle temor y que él y su espada darían cuenta del recado. 

   Y así fue que Jan, unos días después, partía cargando en su espalda pieles y frutas secas. Dos días más tarde llegó al final de las montañas y empezó a bajar hacia el bosque donde pasaría la noche. Asaba un conejo salvaje que había cazado apenas descendió al prado que separaba las montañas del bosque cuando escuchó voces, voces como susurros. Los latidos de su corazón se confundieron con los susurros, se puso de pie pero fue incapaz de dar un paso, temblaban tanto que cuando quiso agarrar la espada no consiguió conservarla en sus manos, pues sus dedos estaban flojos. Sus ojos trataban en vano ver alguna cosa en aquella oscuridad mientras las voces susurrantes seguían creciendo asustadoramente. 

   "Son los árboles, los malditos árboles", se dijo, con voz temblorosa. 

   Podía oírlos arrastrarse hacia él, los árboles lo triturarían como una nuez. De pronto empezó a llorar de miedo y a pedirle perdón a los árboles; que no blasfemaría más con sus nombres, les decía. El asustado Jan cerró los ojos y esperó el abrazo vegetal que acabaría con su existencia mientras las voces, cada vez más cercanas, susurraban su nombre, y más cerca, y más cerca. Y cuanto más cerca las escuchaba más conocidas le parecían, entonces abrió los ojos y escrutó la oscuridad. De pronto las tres figuras de sus amigos, que lo habían seguido para luchar junto a él contra los árboles malditos, se hicieron visibles. Entonces Jan se apresuró a secarse las lágrimas, al final él era valiente y no le temía a nada en este mundo. 

                                                             Fin. 


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