La lechuza

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 La familia cenaba en silencio a la luz del candil. De pronto madre, padre y los dos hijos adolescentes, oyeron el lúgubre ulular de una lechuza, muy cercana, que los dejó paralizados y mirándose entre sí, con negros pensamientos empezando a cundir sus mentes. 

    El padre salió al patio y, amparando con una mano el candil para que la brisa nocturna no le apagara la llama, descubrió, en una esquina del pecho de paja del rancho, la lechuza agorera. 

 "¿Quién de nosotros será el elegido?", se preguntó el hombre, atemorizado. Su esposa y los hijos lo vieron regresar pálido como una vela y le adivinaron, en todo su ser, los negros pensamientos que lo mortificaban; ella se persignó y pensó que lo peor no demoraría mucho para abatirse sobre ellos; y a los hijos, ante la perspectiva de la muerte cercana, se les ensombreció el alma. 

   Esa noche ninguno pegó el ojo y la lechuza se hizo oír varias veces. La lúgubre voz les helaba la sangre y les hacía sentir molestias en el cuerpo que nunca antes habían sentido o si las sintieron no tenían el mismo significado que en ese momento. 

   El día demoró una eternidad en llegar y cuando se asomaron al patio todos hicieron lo mismo: miraron al techo del rancho donde el padre dijo que había visto parada la lechuza. En sus pensamientos vagaba la misma idea: eliminar la causa de su desgracia, pero la lechuza ya se había ido. 

   El trajín del día les hizo olvidarse del sueño retrasado. Los hijos, honda en mano, se la pasaron todo el día entre los árboles de la propiedad y los que crecían cerca, pero no dieron con el nido de la lechuza y los padres, por si acaso, esa tarde no durmieron la acostumbrada siesta. En fin, a todos los embargaba el mismo temor: que la muerte se llevara al primero en dormirse, aunque fuera de día. 

   Por la noche descubrieron que sus temores tenían fundamento. Cenaban en silencio, como siempre, con la cabeza inclinada sobre los platos de comida, esperando oír la anunciación de la muerte en la voz de la lechuza, que no se hizo esperar. Al oírla volvieron a mirarse como la noche anterior, cada uno a los otros tres, y en sus miradas había un adiós y un deseo de egoísmo justificado oculto en sus mentes. Cada hijo pensaba que los padres ya habían vivido más que ellos y que el otro hermano no era tan bueno como él; el padre, que sus hijos tenían todo el futuro por delante, pero recordaba muy bien de donde la había sacado a su mujer, una noche ya muy lejana, y la madre rezaba para que Dios no se llevara a ninguno de sus hijos, pero recordó sufrimientos antiguos, cuando a su marido le gustaban demasiado otras polleras. Con esos pensamientos sombríos y mezquinos atravesaron otra noche de insomnio, con los ojos bien abiertos. A pesar de la oscuridad en el interior del rancho, que invitaba al sueño, ninguno se atrevió a cerrar los párpados. 

   El nuevo amanecer volvió a encontrarlos despiertos y el día fue igual al anterior; los padres encontraron excusas para aguantar el día despabilados, barriendo sobre lo barrido, lavando ropa que ya estaba lavada, arreglando las cercas, limpiando el chiquero, bañando los galgos mientras que los hijos pasaron el día buscando el nido de la lechuza maldita, hasta en el matadero viejo fueron tras ella, a cinco cuadras del rancho, pero sin resultado. 

   La tercera noche cuando la lechuza volvió a confirmar su presencia, la madre, no aguantando más, rompió en un llanto lastimero. Quisieron, marido e hijos, consolarla pero no hubo caso, la mujer se aferró a un crucifijo y siguió derramando su pesar hasta agotar todas las lágrimas que tenía. 

   Otra noche de pesadilla se abatió contra ellos. Cada uno a su manera se las ingenió para mantenerse despierto; el padre se quedó sentado en la cocina con los pies de remojo en una palangana a la cual, a cada tanto, cambiaba el agua cuando se entibiaba; la madre se la pasó arrodillada en un rincón junto a un altarcito sobre granos de maíz como cuando era chica y tuvo que pasar dos años en un convento en San Andrés de Giles y las monjas le hacían pagar penitencia de esa manera hasta dolerle el alma. Los hijos, por su parte, la pasaron contándose, entre susurros, futuros maravillosos cuando crecieran y pudieran salir de ese lugar perdido en el mundo. 

   El nuevo día amaneció gris, como sus almas, y de nuevo se dedicaron a mantenerse despiertos haciendo cualquier cosa. Alguien le había dicho alguna vez al padre que de día el canto de las lechuzas no era de mal augurio, pero cuando, pasado el mediodía, lo traicionó el cansancio y para tomarse un respiro se sentó en el banco debajo del tejado de la galería la lechuza se hizo oír. El hombre corrió al patio y manoteó un cascote, pero la lechuza apenas vio el movimiento voló lejos y no se la volvió a ver durante el resto de la tarde. Por si acaso, el hombre no quiso arriesgar a quedarse dormido y se la pasó andando de aquí para allá hasta que oscureció. A la mujer tampoco le había sido fácil el día, se sentía débil y empezó a sufrir de antemano el calvario que le esperaba después del ocaso de la tarde. Y los hijos no estaban para menos, eran fuertes y jóvenes, pero, humanos al fin, también temían sucumbir al sueño nocturno. 

Así estuvieron sufriendo siete penosos días y ocho noches de vigilia forzada bajo el canto agorero de la lechuza, que, sin falta, cada noche se paró en la esquina del techo del rancho avisándoles que La Parca se llevaría a uno de ellos. Todo era cuestión de tiempo. Entre las dos y tres de la madrugada de la octava noche uno a uno, finalmente, fueron sucumbiendo al sueño, y cuando amaneció ninguno despertó, ni ese día ni después. 


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