El ajuste de cuentas - parte 1

Por
Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
51 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
ManualidadesEn.casa - Haz manualidades en casa. Cientos de proyectos para desarrollar tu creatividad, con diversos tipos de materiasles y niveles de dificultad.

                                                                        I 

                                                                 EL HÉROE 

Patrick Mulligan estacionó el automóvil delante de su casa. Hoy retornaba a su hogar feliz y orgulloso, al fin lo habían nombrado director de la agencia de inteligencia. Los años en la academia de policía, mordiendo el polvo y obedeciendo a instructores inflexibles, habían quedado atrás y otros tantos, después de egresado, persiguiendo a malvivientes de mala monta ahora finalmente daban sus frutos. 

   La primera gran oportunidad de ser reconocido y recompensado con un ascenso la tuvo tres años atrás, un año antes del final de la guerra para ser más preciso. Como miembro de la agencia de inteligencia le habí­a sido incumbida la misión de capturar o, por lo menos, neutralizar la acción del más peligroso espía enemigo operando a la sombra en el paí­s. Su nación corría un gran peligro y él vio en la captura del espía la oportunidad de ascender dentro de la agencia. Mulligan no escatimaba esfuerzos en su afán de cumplir con éxito su misión, por esa razón nunca dejaba espacios en blanco. Todos eran sospechosos: patriotas y extranjeros, hombres y mujeres. Exceptuando su propia persona, sospechaba hasta de sus superiores. De tanto lidiar con asesinos y ladrones Mulligan se había especializado en hacer confesar por medio de tortura, lo que el llamaba el "Método Mulligan", con lo que muchos sospechosos con frecuencia confesaban crímenes que no habían cometido, con tal de detener de esa manera el tormento en manos del violento Mulligan, como se lo conocí­a puertas adentro. Si eran los verdaderos culpables o no de lo que se los acusaba no le importaba en absoluto, su meta era acumular resultados positivos en su hoja de servicio. Aunque en el caso del espía no podía darse el lujo de fallar, haciendo que simples ladronzuelos confesaran lo que fuere solo para detener la tortura a la que estaban siendo sometidos, mientras el pez gordo todaví­a andaba suelto obrando en las tinieblas. En verdad Patrick Mulligan nunca estuvo para nada comprometido con su paí­s, pero si la guerra se perdí­a, sus aspiraciones de llegar a lo más alto en la carrera policial también. Pero, aunque fue por un error de propio espía y no por su ingenio e inteligencia, el espía al fin fue capturado y sus sueños de ascensión continuaron el curso por él trazado. Finalizada la guerra fue condecorado, ascendido a capitán y presentado a la sociedad como héroe nacional. Patrick Mulligan, el salvador de la patria y, por qué no, del mundo, el gran paladín de la justicia, ya soñaba con una una futura carrera política que culminarí­a, indefectiblemente, en la casa presidencial, como jefe supremo de la nación. Mulligan apagó el motor y, antes de bajarse, contempló su casa por un momento y creyó que ya era tiempo de decirle adiós, al final, ahora como el flamante director de la agencia debía vivir en un barrio más acorde con el alto cargo.

                                                                          II 

                                                                 EL LADRÓN 

Percy Black se especializaba en robar casas y mansiones deshabitadas, entiéndase: cuando sus dueños se encontraban fuera; lo prefería así porque detestaba la violencia del tipo cuerpo a cuerpo. "Ese tipo de inconveniente no es bueno para los negocios", pensaba. Tampoco le agradaba los daños innecesarios a la propiedad, cuando la cosa se poní­a difí­cil, daba media vuelta y partía hacia otra casa. Ya se ve que Percy Black era un ladrón peculiar. No todo lo que robaba terminaba en las manos de anticuarios y receptadores, si algún objeto u obra de arte encantaba a su corazón, no había dinero en el mundo que lo hiciera desprenderse de ellos. Su casa en los suburbios, modesta y bien cuidada, no poseía nada que hiciera sospechar que allí dentro su propietario guardaba verdaderos tesoros. Además no era frecuentada por nadie, Percy no tenía amigos y tampoco había conocido a ninguna chica con suficiente amor como para abrirle las puertas de su corazón y de su casa. Tampoco tenía prisa en conseguir una, la guerra podía extenderse más de lo que se pensaba y muchas familias pasaban muchos meses en el interior, donde la guerra no se hací­a sentir con tanto rigor, viniendo a ver sus propiedades por unos pocos dí­as a cada tanto, con lo que a Percy, en sus treinta y cinco años, nunca le habí­a ido tan bien. La chica ideal entonces podí­a esperar a ser encontrada, de cualquier manera con la guerra en tránsito el amor no era propicio. No creí­a que las chicas estuvieran con muchas ganas de enamorarse de verdad, al amor en tiempos de guerra siempre lo acecha la sospecha de la necesidad en detrimento de la sinceridad. En definitiva, enamorarse en ese momento era lo mismo que equivocarse. 

   Percy Black hací­a de todo un poco en los momentos libres: jardinería, pintura, electricidad, albañilería y limpieza de piscinas, o cualquier otra actividad para la que fuera contratado. Tales actividades tenían una doble intención: ocupación y oportunidad. En las casas en que era contratado ocasionalmente (generalmente de propiedad de gente que se había trasladado al interior, pero de ninguna manera quería que sus casas en la ciudad se deterioraran ni que parecieran abandonadas), si valía la pena, pasado un tiempo prudencial Percy volvía para robarlas. "Precaución será tu nombre y discreción tu apellido", le dijera un mentor alguna vez. Pero un mal día la precaución y la discreción no fueron suficiente contra un par de ojos atentos detrás de una ventana de una casa vecina. Tal vez por ser tantos los detalles a tener en cuenta o por el minuto de tonto que todo el mundo tiene alguna vez, Percy Black fue a parar detrás de las rejas. El detalle desapercibido fue un jubilado sin otra cosa mejor que hacer que ganar un dinero extra vigilando detrás de las cortinas la casa del vecino. La casa era de un general que se encontraba en el frente de batalla, cuyas esposa e hijas se habían trasladado a la granja de unos parientes en el campo. Percy estaba examinando un óleo de Rembrandt, tentando comprobar su autenticidad, aunque no era un experto conocedor del arte pictórico, cuando la policí­a llegó y lo agarró con las manos en la masa. Intentó justificar su presencia en la casa con la disculpa de que era el casero, pero el tipo de herramientas que los agentes descubrieron en su maletín no eran las que acostumbra usar un casero. 

   "Eso puede ser un disfraz, un buen disfraz para un espía", pensó Patrick Mulligan, siempre sospechando de todo y de todos, cuando lo llamaron de la estación de policía local donde estaba detenido Percy Black. 

                                                                             


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed