El ajuste de cuentas - parte 2

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                                                                        III 

                                                         EL ESPÍA EQUIVOCADO 

No obstante la paliza que Patrick Mulligan le estaba propinando, Percy Black soportaba la golpiza valientemente.

   "Será mejor para tus huesos, hijo de perra, que me digas todo lo que sabes a nuestro respecto", ordenó Mulligan, con la voz cansada pero firme, mientras hacía sonar los nudillos de sus manos. Percy Black, atado en una silla, no podía verlo porque Mulligan estaba a sus espaldas y a pesar de saber que los golpes llegaban de continuo, éstos venían sin previo aviso y siempre lo agarraba de sorpresa. Percy pensaba todo el tiempo en los preciados tesoros que escondía en su casa, con ello conseguí­a fuerzas para aguantar el brutal castigo a manos de Mulligan. Estaba dispuesto a pagar para ver y resistir lo máximo que pudiera.

   "Ya le dije que no sé nada de lo que usted me está hablando", dijo Percy y tras sus palabras sintió una explosión en el oído izquierdo y en seguida el frí­o de las baldosas en el lado derecho de la cara, al estampillarse contra el piso. La sangre corrió por su cara, ya hinchada por tantos golpes. Patrick Mulligan lo levantó y lo agarró por las solapas de la chaqueta.

   "¿Me estás tomando por tonto o qué?, pedazo de idiota", bramó Mulligan, pero Percy, aturdido como estaba, no pudo oír claramente. Arremetiendo con fuerza, esta vez Mulligan le aplicó un fuerte puñetazo en la nariz y Percy, acabó dando con la nuca contra el piso y viendo estrellas. Casi desfallecido Percy no sintió cuando Mulligan lo acomodó nuevamente en la silla ni lo que le decía, apenas el cosquilleo de la sangre que continuaba a correrle por las mejillas, como una mosca molesta, le demostraba que aún estaba vivo. 

   "Muy bien, hijo de perra, te crees muy listo, pues bien yo tengo todo el tiempo del mundo, pero tú una sola vida, recuérdalo", sentenció Mulligan, después se secó el sudor de la cara y limpió la sangre en sus manos. Percy, con la vista nublada, entrevió que Mulligan se arremangaba las mangas de la camisa. 

   "¿Cuál es tu verdadero nombre, basura? ¿Para que país trabajas?", bramó Mulligan, pero Percy, aún aturdido por una chicharra zumbándole en el oído izquierdo, solo alcanzó a oír "verdadero nombre".

   "Peter Cross", dijo.

   "No, Peter Cross no, tu nombre verdadero, maldito", insistió Mulligan, sacudiéndolo como a una bolsa de pan. 

   "¿Dónde aprendiste a hablar como nosotros?", dijo Mulligan mientras empezaba a hacer sonar nuevamente los nudillos.

   "No soy extranjero, hago pequeños trabajos en casas particulares", balbuceó, abatido, Percy, que ya empezaba a cansarse de ser apaleado.

   "¿Por qué no hace su trabajo bien y averigua primero?", se atrevió a decir.

   "¿Para qué averiguar primero si tú me lo dirás de un momento a otro? Habla maldito, confiesa todo lo que sabes y te prometo que no te toco más ni un pelo. O confiesas o te juro que no verás el dí­a de mañana". En seguida Mulligan sacó una navaja y amenazó cortarlo en pedacitos. Percy Black creyó entonces que estaba en el momento de decir quién era y cuál su verdadera intensión cuando fue sorprendido dentro de aquella casa. Patrick Mulligan, ciego de rabia, estaba determinado a desangrarlo hasta la muerte si fuera necesario. Los espías estaban entrenados para aguantar el dolor, pero sin dudas ninguno quería morir. Con espías asiáticos ni la tortura ni la muerte funcionaban, pero el infeliz que tenía delante suyo era europeo, sabía que cuando viera la muerte a un palmo de la nariz cantaría como un gallo todo lo que sabía. Ya estaba harto de correr atrás de un fantasma. 

   Si no hubieran entrado otros policías en aquel momento Percy Black no viviría para contarlo, ya que Mulligan estaba empecinado en que él fuera el espía que buscaba, y nunca iba a creerle, dijera lo que dijera. Mulligan se ausentó un momento para ir al baño, no sin antes amenazarlo de que ya volví­a por más. Percy Black le pidió por favor a uno de los policías que presenciaban el interrogatorio que averiguaran su identidad, que él no era ningún espía, solo un ladrón de casas llamado Percy Black. Uno de ellos, que no iba con la cara de Mulligan, se dispuso a averiguarlo. Percy rogó para que lo hiciera a tiempo, antes que el loco de Mulligan acabara por cumplir su promesa de matarlo. Mulligan volvió y cuando se preparaba ya a recomenzar con su cobardía, otro agente entró y lo llamó aparte. Mulligan ya podía parar con toda esa basura porque estaban con el hombre equivocado, el verdadero espía ya había sido encontrado. 

   "Tanto trabajo para nada", rezongó enfadado Mulligan, agarrando su saco y saliendo de prisa. Percy Black respiró aliviado, entretanto pensó que no sería la última vez que se volverí­an a ver. 

   "En la próxima partida seré yo el que dé las cartas", sentenció en silencio. Patrick Mulligan no perdía por esperar. 

                                                                            


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