Vampirium - parte 2

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El ansía lo empujó fuera del féretro, una parte de la caza de la noche anterior lo esperaba tibia y sabrosa en un recoveco de la cueva. Mientras se dirigía hacia ella recordó la cacería de la noche anterior. 

Como todos los sábados a la noche, la diversión se extendía hasta el amanecer; con lo que tenía tiempo suficiente para esperar a la víctima y el momento adecuados. Desde la segura terraza de un edificio en construcción contemplaba el movimiento en la plaza, del otro lado de la avenida. Los padres sentados en los bancos conversaban animadamente, mientras sus hijos, incansables, correteaban tras sus mascotas o subían a los bancos vacíos y de éstos saltaban para volver a repetir la acción, una y otra vez, o jugaban a cualquier otra cosa. En la parada del autobús las personas se revesaban con intermitencia infinita, aunque siempre parecían ser la misma, con los rostros duros y actitud de fastidio e incomodidad en sus gestos. Unos miraban quieta y fijamente el horizonte de la avenida, otros estiraban el cuello repetidas veces, todos compartiendo involuntariamente la misma urgencia de que llegara de una vez por todas su autobús para huir de allí. Cuando los autobuses llegaban se apretujaban delante de la puerta, dificultando el descenso de los que allí­ terminaban su viaje y por ende, el propio ascenso. Vendedores de chucherí­as comestibles, aburridos de tanto vender nada, miraban con desdén a los transeúntes que pasaban sin notar su opaca existencia de vidrio semitransparente. Dos policí­as no dejaban de seguir con la mirada lasciva los culos y las piernas de las mujeres que pasaban delante de ellos, murmurando malicias por lo bajo, unos malditos degenerados que no hacían distinciones entre madres y adolescentes, pensaba el vampiro, pero no para juzgarlos sino por pura análisis del comportamiento humano. ¿Acaso, salvando las diferencias, él no hacía lo mismo cuando atacaba a sus victimas? 

   Pasadas las dos de la mañana, un grupo de amigos decidió irse. Eran dos muchachas y cinco muchachos, se acercaron a la esquina y cruzaron la avenida. El vampiro entonces entrevió su oportunidad; se transformó en murciélago y emprendió el vuelo. Volaba en círculos, invisible sobre ellos, siguiéndoles el paso. A algunas cuadras se dividieron en dos grupos, tres muchachos siguieron por la misma dirección, pero dos parejas doblaron a la derecha. El vampiro eligió las parejas. A pocos metros de haber doblado, una pareja paró en las sombras del toldo de un kiosko y sin pérdida de tiempo los enamorados se entregaron al amor, a los besos y manoseos. Los otros eligieron un árbol, casi llegando a la otra esquina, imitando el amorío de los primeros. El vampiro se posó en el alero de una casa en la vereda opuesta, desde allí podí­a vigilar muy bien el movimiento de ambas parejas, y se dispuso a esperar el momento justo de atacar. 

   "Uno es poco, dos está bien, pero cuatro son demasiados", pensó el vampiro. No tuvo que esperar mucho tiempo para decidirse por alguna de las parejas, los del kiosko, veinte minutos de preliminares después, se disponían a amarse allí­ mismo. 

   "Perfecto, nada como el amor para olvidarse que el mundo sigue existiendo alrededor", se dijo. El vampiro voló hacia ellos. Estaban tan ensimismados el uno con el otro que desfallecieron como quien se duerme, sin tiempo de reaccionar a las mordidas. El vampiro retomó su forma humana y rápidamente se vació al muchacho. Luego se echó la muchacha al hombro y desapareció por las calles, tan velozmente que nadie, al pasar delante de su nariz, pudo verlos; apenas percibiendo un zumbido y una fuerte ventisca que dejaba polvo y pequeños deshechos arremolinando sobre el asfalto. Cuando llegó a la cueva dejó la muchacha inconsciente para el día siguiente. 

   El vampiro se deslizó por un pasadizo y unos minutos después estaba listo para matar el ansia con la incauta muchacha inconsciente. Se acercó a ella, pero al contemplar la belleza de su rostro vio en sus rasgos algo que no habí­a percibido mientras estaba en la plaza, ni cuando caminaba por la vereda junto a sus amigos ni cuando la mordió bajo el toldo del kiosko; su rostro lo retrotrajo a un ayer muy lejano, en la corte de Luis XVI. Ella se llamada Nadine, pero la hoja de la guillotina fue más rápida que la mordida que le hubiera dado la inmortalidad. Pero como le vino el ansia con más fuerza esta vez, ya no tuvo fuerzas ni voluntad de controlarla ni un segundo más, entonces se olvidó de la bella Nadine, de Luís XVI y de la guillotina, se arrodilló al lado de la muchacha y le clavó los colmillos.  

                                                         Fin. 


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