Chandra y el tigre

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Como todas las mañanas, Chandra, después del desayuno, salió a correr por el bosque. Trotaba con bastante cuidado por el sendero húmedo bajo la niebla, blanca y fría, que aún no se había disipado por completo cuando de pronto, al pasar por un trecho angosto, sintió algo parecido a un rugido, muy débil, como lejano. De cualquier manera se asustó y alargó las zancadas, y cuando el sendero volvió a ensancharse, a unos cuantos metros, se detuvo y volvió la cabeza, no vio nada amenazador, aunque algo, quizás una sombría sospecha por detrás del débil rugido, lo inquietaba. Mientras observaba el entorno sintió un leve cosquilleo en la pierna derecha, a la altura del muslo, se rascó y percibió que sus dedos estaban demasiado mojados para ser sudor. Pensó que pudiera ser la humedad al rozar contra el follaje, pero no: era sangre, sangre que brotaba en finos hilitos desde cuatro cortes paralelos que de inmediato asoció a garras de tigre. Fue entonces que el bosque apacible de siempre se transformó en un lugar desagradable. 

   Chandra siempre acostumbraba a correr hasta un roble altísimo en el medio del sendero, a un kilómetro de donde se encontraba ahora, allí tomaba un respiro de unos pocos minutos y volvía tras sus pasos. Pero hoy debía seguir mucho más allá del roble hasta llegar a una bifurcación y volver a su casa dando un gran rodeo. Durante todo el trayecto oía o creía oír pasos y ruidos a los costados, entre la maleza, con lo que la idea de un tigre que lo esperaba agazapado entre los matorrales, listo para saltar sobre él, lo perturbaba enormemente. 

   El recorrido hasta llegar a su casa duró lo que dura la eternidad. Durante el resto del día no volvió a poner un pie fuera de casa y la mayor parte del tiempo se la pasó mirando a través de las ventanas y, aunque no vio nada que lo inquietase, el susto de la mañana siguió perturbando sus pensamientos hasta que se fue a dormir y más allá incluso, porque esa noche tuvo un sueño extraño. 

   Chandra soñó que era un tigre. Seguía el rastro de un jabalí por un bosque neblinoso cuando llegó a un sendero, huellas en la tierra húmeda delataban que el animal había pasado por allí recientemente. Quizás no estaría muy lejos. De pronto, justo cuando iba a cruzar el sendero, un hombre pasó corriendo a centímetros suyo. Aquella irrupción inesperada lo asustó, haciendo que soltara un débil rugido y, por acto reflejo, darle un zarpazo. Entretanto, no se atrevió a moverse y por entre las hojas vio que el hombre aceleraba la carrera. A unos cuantos metros más adelante, lo vio detenerse y mirar en su dirección, y darse cuenta del zarpazo. Poco después siguió por el sendero hasta desaparecer de vista. Olfateó sus garras, negras y poderosas, y comprobó que la sangre del hombre no olía a cazador y eso lo tranquilizó. Y el sueño de Chandra acabó por allí mismo.

   Cuando se levantó miró el tiempo por la ventana, la niebla ya se disipaba lentamente, evaporándose en las copas de los árboles. Después del desayuno Chandra se recluyó en la biblioteca, ese día no saldría a correr.  

                                                            Fin. 


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