Ni muchas gracias, perro - parte 1

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
75 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
ManualidadesEn.casa - Haz manualidades en casa. Cientos de proyectos para desarrollar tu creatividad, con diversos tipos de materiasles y niveles de dificultad.

                                                                 I 

                                                      LA GRAN IDEA 

Gutiérrez tamborileaba los dedos de ambas manos sobre la carpeta encima de la mesa con nerviosismo, los ojos fijos en la nada ni pestañeaban y los oídos, atentos a lo que sucedía en el corredor, del otro lado de la puerta, no oían más que murmullos inconexos. Evitaba consultar el reloj de pared, a su frente, acto inútil, ya que los minutos no pasaban con la misma velocidad que requerí­a su urgencia. Uno a uno y muy espaciosamente fueron llegando los otros asesores del ministro. Ninguno parecía tener prisa de empezar la sesión; hablan distraídamente, comentando el partido de la noche anterior o lo que tení­an planeado para el próximo fin de semana, muy cercano ya. Hasta que, por fin, se hizo presente el ministro. 

   "Buenos días, señores", empezó y al cabo de recibir los buenos días de vuelta prosiguió, "bien, soy todo oídos a sugerencias que nos lleven hacia alguna solución con respecto al problema que nos tiene reunidos aquí­", dijo el ministro. Por la rapidez como habló se notaba que tenía prisa en terminar la reunión.

   Era jueves y se suponía que era allí donde debían estar, pero el ministro no lo pensaba así­. Para eso tenía tantos asesores a su alrededor, para que trabajaran por él, incluso los jueves. El sol primaveral de pasadas las nueve de la mañana ya había evaporado el rocí­o y a esa hora él ya debía estar encaminándose hacia el segundo hoyo en el green del club de golf. Sin embargo el rancio de la sociedad lo tení­a preso allí­, pero esperaba que algunos de sus asesores le trajera una solución lo más pronto posible, y si fuese lucrativa tanto mejor, aunque eso no tení­a demasiada importancia porque siempre se podía modificar un punto aquí, otro por allá y el dinero aparecía como por arte de magia. Gutiérrez casi que no esperó a que el ministro acabara la frase y antes que algún otro asesor abriera la boca, no vaya a ser que se le hubiera ocurrido lo mismo que a él, levantó rápidamente el brazo. La idea no era muy extraordinaria ni cosa de genio, pero creía que era una buena solución. El ministro, la vista perdida más allá de la ventana, aún en el club de golf y ya por el tercer hoyo, lo instó a hablar con un impaciente "¿sí­?"

   "Sí­, señor ministro, he estado recorriendo las calles y he notado que algunos contenedores poseen una pequeña abertura para introducir los deshechos sin que haya otro modo se sacarla que no sea sin la ayuda de un guinche. Creo que si todos los contenedores distribuidos en la ciudad fuesen iguales a esos, ésto debería inhibir la acción de los cartoneros", dijo Gutiérrez de corrido, pasando por arriba de las comas y el punto que separaba las dos oraciones formando una sola. 

    La parte de "he estado recorriendo las calles" era mentira suya, bien delante de su casa tenía un contenedor igual y la idea se le habí­a ocurrido al ver a un cartonero intentar infructuosamente pescar una bolsa, pero quiso aprovechar la ocasión para mostrar servicio delante del ministro. El ministro le pasó el taco al caddie imaginario que lo seguía a sol y sombra, hoyo tras hoyo, y se quedó mirando el techo reflejado sobre la madera pulida de la mesa. A  Gutiérrez le pareció, al ver en el rostro del ministro la mirada perdida, que no habí­a sido una buena idea después de todo, puesto que no reaccionaba, ni a favor ni en contra. Gutiérrez ya esperaba el desconcierto, pero el ministro había escuchado bien, muy bien. Tan bien que se olvidó de la partida imaginaria de golf y ahora estaba sacando cuentas, calculando un posible lucro extra, extra y fácil. Pensaba que al presidente la idea, no la de los contenedores sino la del lucro extra y fácil, también le vendría como anillo al dedo. Ya habí­an hecho muchos negocios lucrativos juntos antes, hasta ese momento todos exitosos. ¿Por qué no habrí­a de ser éste uno más? ¿Por qué habría de negarse esta vez? Si de carambola también se sacaba de encima el fastidioso malestar que le causaba el enjambre de desplazados que manchaban con su presencia indeseable la hermosa y limpia tarjeta postal que quería mostrarle al mundo de su ciudad. Y además, como, oh coincidencia, propietario de una de las empresas recolectoras de basura concesionadas a recoger el desperdicio de la ciudad, la "negociata" le facilitaba hacer alguna maniobra fraudulenta por cuenta del recambio de los contenedores y pasarle la cuenta al estado y, de lampazo, seguir raspando el tacho, ¿no es para lo que ocupaba el sillón presidencial acaso? Un negocio redondo y más fácil que robarle el caramelo a un niño. 

                                                                         


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed