El día que Pedro casi cambió la historia de la humanidad

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Duerme Pedro un sueño no tan leve cuando el penúltimo paso furtivo de alguien que se acerca a hurtadillas lo despierta. Antes que el inminente y sorpresivo desenlace suceda, Pedro torpemente se precipita hacia la puerta con el garrote, que tenía a su lado, en la mano derecha. Presiente al enemigo que viene por él, quizás por sus hermanos también. Una sandalia de cuero delatora asoma por la parte inferior de la puerta; al instante, su atención se dirige hacia arriba. Aturdido por el sueño aún, calcula como puede, a puro instinto, la posible altura de la cabeza del intruso. Lanza entonces, con toda la fuerza que encuentra, el golpe decisivo, a lo ciego. El garrote pasa por delante de sus ojos como una ráfaga oscura y borrosa directo a la cara del enemigo. Siente entonces en la mano el golpe duro y seco del garrote al hacer impacto en algo sólido, sonríe pensando que ha acertado en la cabeza del intruso, pero el garrote no retorna; algo lo sostiene, sostiene al garrote y a él también, porque Pedro aún está aferrado al garrote. Pedro todavía no entiende lo sucedido, entonces se apresura a mirar por la abertura para ver qué pasó y ve que lo que sujeta al garrote es una mano. 

   "¡Ay!", exclama consternado, porque la mano en cuestión es una mano que Pedro reconoce al instante, pues la conoce muy bien. Inmediatamente Pedro se desprende del garrote y cae de rodillas; agacha, sumiso, la cabeza; cierra los ojos, cruza los brazos sobre el pecho, compungido, y con voz acongojada balbucea: 

   "Maestro, yo... pensé que fuese algún soldado romano". Jesús lo interrumpe con un gesto enérgico de su mano derecha en alto; observa al obediente discípulo encorvado a sus pies un instante, luego le dice, no con la voz suave que derrama bondad cuando se dirige a los niños y a los ancianos ni con en el tono exacerbado que suele emplear al repudiar los actos del injusto y del blasfemo sino con una voz irónica que Pedro jamás oyera de la boca pura y justa de su señor: 

   "¿Pedro, eres loco o estás poseído por el demonio? ¿Acaso quieres cambiar la historia, contradiciendo lo que está escrito? Filisteo". Pedro deseó, en ese momento, ser tragado por las arenas del desierto o, quizás, morir fulminado por un rayo divino. Pero Pedro también tenía una misión y escrito estaba también. Y Jesús muy bien se lo recordó, cuando lo envió al carajo en forma de sermón, diciéndole: 

   "Si no ayudas a despejar el camino, tampoco seas la piedra que dificulte el buen andar. ¡Y a ver si por lo menos empiezas a garabatear los esbozos de la iglesia que un día has de fundar! Faltaba más, como si ya no tuviera suficiente con los romanos, Poncio Pilatos y el diablo a cuatro patas, ahora éste me quiere matar de un garrotazo".

                                                             Fin. 


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