Irineo y Liliana

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Irineo leía a Platón recostado sobre su cama, pero la algarabía proveniente desde el exterior no lo dejaba concentrarse. Fastidiado, detuvo la lectura para cerrar la ventana, desde la calle algunos muchachos, según él, desperdiciaban la vida jugando al volley sobre el asfalto. Irineo se consideraba inmune a las pasiones humanas; para él el amor no era otra cosa que impulso sexual, los juegos de distracción (como el que en ese momento se entretenían aquellos cabezas huecas en la calle) desperdicio de vida, la religión, ilusión para mentes no esclarecidas y la política y la economía, métodos de manipulación para fabricar riqueza a costa de pobreza. 

   Pero una tarde, justo al doblar en una esquina, la vida le dio un cachetazo y varios conceptos fueron expulsados de su mente y disueltos en el aire con espantosa rapidez. Ella se llamaba Liliana (rubia, ojos celestes y más linda que Michelle Pfeiffer cuando era joven). La muchacha se lo quedó mirando con expresión de asombro (Irineo la miraba como se debe mirar a una diosa, con la boca abierta, babeando y los ojos saltones). Algo en Irineo, que él no supo en el momento darle un nombre, lo empujó a decirle "hola", porque no se le ocurrió decirle otra cosa. Al final,¿qué se le dice a las mujeres cuando se quiere abordarlas? Él, lógicamente no lo sabía, los muchachos que jugaban al volley en medio del asfalto, seguramente sí. 

   Ella, acostumbrada a los galanteos baratos y a las segundas intenciones que en ellos se esconden, con certeza vio en la persona de Irineo lo que toda mujer, o casi todas, espera encontrar al doblar en cualquier esquina: el amor. 

   El flecha de Cupido fue certero, ensartando a ambos de un solo flechazo, y las nupcias los encontró jurándose amor eterno, antes de finalizar el año, hasta que la muerte los separe. 

   Irineo pensaba terminar sus estudios de filosofía para el año próximo y debido a sus buenas calificaciones el director de la facultad contaba con él para juntarse al selecto plantel de profesores. Liliana, en cambio, seguía con sus clases de teatro y junto a un grupo de amigos y amigas ensayaban una pieza de autoría propia que contaba la historia de una chica cumbiera que se enamoraba de un escritor, pero que el abismo sociocultural les hacía imposible la concretización del mismo, con lo que, al final, ella se suicida, arrojándose a las aguas revueltas del Río de la Plata en una mañana de sudestada. 

   Para esa navidad, Liliana encontró un teatro en San Miguel donde poder representar tres veces por semana el espectáculo. 

   Para el estreno Irineo estaba en la primera fila y ya en el primer acto no le gustó la vestimenta, mejor decir la poca y vulgar vestimenta, que llevaba Liliana y el semblante se le endureció, empeorando a medida que escuchaba a su alrededor los comentarios de los hombres y las risitas de la chicas. Las risitas hasta que las podía obviar, pero los celos provocados por las cosas que oía de los tipos jamás. No se creía el hombre más valiente del mundo, pero en ese momento estaba dispuesto a encarnar al ejército de un hombre solo contra todos aquellos libidinosos si no fuera por el amor hacia su esposa que lo impedía de estropear la realización de sus sueños. Liliana se dio cuenta (¿y quién no) que a Irineo algo no le había gustado, pero como no quería pensar en nada que le destruyera el sueño se limitó a decirle que le había gustado la receptividad del público. 

   Aunque había un tipo en la platea que no me gustó en la forma como me miraba, le dijo, como si nada. Irineo no se dio por aludido y se limitó a responder que los espectadores los hay de todo tipo. 

   En la próxima función Irineo se la pasó buscando con la mirada al hombre de mirada extraña que perturbaba a Liliana, pero no le era nada fácil la ingrata tarea; al final, todos les parecían sospechosos. Esa noche cuando Liliana salió del teatro tuvo que esperar media hora en la puerta que Irineo apareciera. La disculpa de él fue que un ladrón le había arrebatado la billetera y tuvo que salir atrás de él. 

   ¿Pero, cómo fuiste tan loco de salir atrás de un ladrón y si te pasaba algo malo?, lo retó Liliana, bastante asustada con todo aquello. 

   Pero no me pasó nada y además recuperé la billetera. El tipo la dejó caer cuando vio que yo le estaba dando alcance, respondió Irineo, tratando de tranquilizarla.

   Liliana que, tras otra función, de nuevo estaba decepcionada con la cara de piedra de Irineo volvió a tocar el tema, pero esta vez, acorralada por las insistentes preguntas de Irineo se decidió a abrir el juego y le contó que la cara del tipo que no le gustaba cuando la miraba actuar era la suya, pues pensaba que él la encontraba mediocre en su papel. Entonces Irineo se sentó en la cama y empezó a llorar como un condenado a muerte. Había matado a un hombre por nada. 

                                                              Fin. 


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