La muerte y la locura - parte 2

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                                                           II 

                                                       ALINA 

Al retornar a sus hogares los hombres se pusieron manos a la obra, limpiando los corrales, arreglando cercas y cortando el pastizal, que ya había crecido a la altura del alféizar de las ventanas y obstruía el paso en las puertas, ya casi entrando en las chozas. Las mujeres, a su vez, empezaron a sacar lo que estaba sucio y amontonarlo en los patios. Los niños correteaban y jugaban como si fuera la primera vez que lo hacían en su corta vida, dado que también habían asimilado el silencio de los adultos. Entretanto en la choza de Velkan, las mujeres se dedicaron a quitarla la mugre a la extraña. Mientras la bañaban otra mujer muy diferente a la que acababa de llegar iba apareciendo poco a poco delante de sus ojos; detrás de la costra endurecida de barro y sangre había un rostro hermoso y sus cabellos, antes tiesos, se transformaron en una hermosa cabellera encaracolada y negra como el azabache. La hermosura delante de sus ojos asombrados dejó a las mujeres boquiabiertas. Su tez levemente aceitunada, sus rasgos finos y los labios carnosos les hizo pensar que sin duda se trataba de una princesa, a pesar que la misma hija del rey, que algunas habían visto una vez, no encajaba en los moldes que ellos imaginaban ser propios de una princesa, puesto que era rechoncha y de claros rasgos porcinos y al caminar lo hacía con la falta de gracia de las ancas de las mujeres acabadas de parir. Velkan, cuando lo dejaron entrar, tan deslumbrado ante la transformación de la desconocida como las mujeres, sintió algo dentro de sí que ya nunca más le permitió volver a ser el mismo de siempre. Gracias a los cuidados dispensado por Ileana y las mujeres, la fiebre delirante pasó y la mujer pudo abrir sus ojos, grandes y oscuros como la noche, y de inmediato su mirada enigmática la transformó en una reina de belleza sin igual. Sobre reinas las aldeanas sí sabían, porque una vez habían visto el rostro de la esposa del rey, aunque por un breve momento cuando de pasó por la aldea, asomara su cabeza de la litera que la conducía para respirar un poco de aire puro y fue como si en aquel día la aldea hubiera sido iluminado por dos soles al mismo tiempo, tamaña la belleza que la reina poseía. Pero esta mujer era la luz de cuatro soles juntos, que alegró el día de mujeres y niños y quemó los corazones de los hombres, haciendo que su imagen no se les fuera nunca más de la mente y se apropiara de todos sus pensamientos. 

   Por medio de señas las mujeres consiguieron que ella le dijera su nombre: Alina. Ahora los hombres tenían un nombre para ponerle a sus sueños libidinosos, porque desde que la vieron como realmente era lo que no fuera ella pasó a parecerles feo y sin gracia. Hasta sus esposas dejaron de atraerles, aunque ellas debieron de darse cuenta de ello porque sus maridos empezaron a amarlas más que nunca, ya que imaginaban ser Alina a quien tenían en sus brazos. Como era de esperarse Alina también provocó que los hombres empezaran a ver con malos ojos a Velkan y a envidiarle la suerte de tenerla bajo su protección, y siempre encontraban una disculpa, casi nunca creíble, para acercarse a su choza. Él, por su parte, se tornó hosco y esquivo y se le dio por mantener puertas y ventanas siempre que podía totalmente cerradas, y cuando salía de su hogar era cosa de unos pocos minutos. A no ser que Alina lo hiciera, en ese caso parecía un perro guardián. Ileana, como es lógico, no dejó de notar en su marido el cambio de comportamiento y empezó a irritarse con él porque se pasaba casi todo el tiempo hablando con Alina, llenándola de halagos y atenciones (aunque sin entenderse mutuamente porque ella, más que decir su nombre, seguía hablando en su idioma y no entendiendo casi nada del idioma de los aldeanos). 

   Una mañana Ileana, al despertarse, pescó a Velkan tocándose las partes íntimas mientras espiaba a Alina, que dormía plácidamente, y empezaron a discutir, despertando con sus gritos a Alina y a su pequeña hija, que rápidamente fue a refugiarse en sus brazos. La discusión fue tomando tintes violentos, hasta que en un dado momento ambas vieron con horror cuando Velkan se abalanzó sobre Ileana y empujó con violencia contra el horno donde los troncos astillosos que sobresalían de la boca se le incrustaron en la espalda, haciendo que muriera casi instantáneamente. El llanto histérico de la chiquilla y los gritos de horror de Alina atrajeron a todos los aldeanos, curiosos por el tremendo alboroto. Para cuando el gentío se asomó a la choza, Velkan tení­a su espada en la mano y los miraba con cara fiera. Uno de los que acudieron, llamado Razvan, adelantándose a las horas venideras cuando Velkan se quedara a solas con Alina y la hiciera suya, sacó su espada y en una acción demente le asestó un golpe mortal a su esposa, parada a su lado, y a los gritos dijo que él también tenía derecho a la posesión sobre Alina. 


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