La repetición de la muerte - parte 1

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                                                           EL MUERTO VIVO

   Augusto de Queirós creyó que estaba despertando de la siesta. Todo estaba oscuro y frío, por lo que presumió que ya sería de noche. Recordó lo que había estado haciendo desde el desayuno hasta el almuerzo, pero no lo sucedido después ni cuando se había ido a acostar, como acostumbraba hacerlo después de almorzar. Se sentía incómodo, apretado, entonces la realidad le presentó su lado más siniestro cuando percibió que no se encontraba en la cama. Cayendo en la cuenta de su situación entró en pánico y en vano intentó serenarse. 

   "¿Puede ser posible que, como supongo, estando muerto pueda razonar tal cual lo estoy haciendo en este momento?", se preguntó. Temió anticipadamente la certeza del final de la vida como siempre la había conocido no bien se animara a tantear alrededor de su cuerpo mientras una sensación de angustia comprimía con fuerza su garganta. De donde estaba, ya no tenía dudas, ignorarlo era totalmente inútil, como también querer sustituir la conmoción que lo embargaba por la serenidad que se tiene cuando se ignoran las cosas terribles. Razonó que era imperioso llamarse a la calma, aunque todo su ser se negaba a obedecer dicha premisa, porque ya estaba consciente que no pertenecía al mundo de los vivos. 

   "No, no", repitió en su mente. No quería pensar en ello, pero no conseguía parar de hacerlo. Experimentó luego lo que creyó ser la lucidez, no estaba seguro, obligándose a recordar quién era. 

   "Augusto de Queirós", dijo mentalmente, pero ¿qué cambiaba eso?, nada. Después trató de encontrar un recuerdo residual siquiera, de algún paseo o algún viaje de negocios fuera de la ciudad sin saber por qué se preguntaba eso. 

   "Bien, bien, si soy quien soy y estoy donde creo que estoy, ¿por qué me siento como si aún estuviera vivo?", pensó esta vez. Recordó las historias que contaban los mayores, y que le hacían tener pesadillas, de gente acometida de catalepsia que despertaba bajo tierra y al día siguiente alguien, el sepulturero, un pariente, descubría sus cadáver con las manos heridas por las astillas del cajón sobresaliendo de la tierra removida. Esta idea lo aterró aún más. ¿Y si lo habían enterrado, en lugar de colocarlo en la bóveda de la familia? Incapaz de evitar ya el pánico, tomó coraje y movió sus manos a fin de palpar alrededor, presintiendo de antemano el incómodo toque de sus dedos sobre la textura gélida del tejido suave con que suelen forrarse por dentro los ataúdes. Su cuerpo, hasta ese momento tieso como una piedra, como si un potente motor hubiese explotado en su interior, entró en total descontrol, agitándose con desesperación. El violento arrebato provocado dentro del ataúd hizo que éste empezara a deslizarse peligrosamente hacia el borde del habitáculo en la pared donde reposaba. Al desplomarse contra el piso embaldosado de la bóveda se partió en varias partes. Augusto emergió de los destrozos con movimientos desarticulados, soltando un grito de desahogo bestial y de inmediato se levantó como un estúpido muñeco al cual recién le hubiesen implantado los movimientos propios de los humanos. Si en ese momento pudiera verse en un espejo hubiera visto reflejado en el cristal un muerto-vivo de semblante pálido cadavérico por efecto del polvo de arroz con el cual le habían polvoreado el rostro y ciertamente habría soltado otro alarido horripilante. Miró con ojos aterrorizados en derredor, en la bóveda siniestra reposaban los restos mortales de sus antepasados y, principalmente, el hueco vacío que le pertenecía. El espectro lunar, entrando a través del vidrio de la puerta enrejada, le mostró no sólo la salida sino también la posibilidad de la vuelta a la vida del otro lado. La constatación de que no estaba muerto ni había sido enterrado no hizo que se serenara, incluso vivo aquel lugar pertenecía al reino de los muertos. Corrió trastabillando sobre los destrozos del ataúd hacia la entrada, quebró el vidrio a codazos y empezó a sacudir con violencia las rejas. Pensó en gritar por ayuda, pero ya era demasiado tarde para eso. Los muertos ya habían despertado y asomaban por encima de las tumbas bien en frente suyo, hasta los perros en la distancia los habían percibido. 

II 

                                            LOS LADRONES DE TUMBAS

Bajo la claridad de la luna llena los dos ladrones trabajaban con maestría profesional y en el más absoluto silencio. Se comunicaban apenas por señas, depositando las placas metálicas de las lápidas con sumo cuidado dentro de bolsas de lona. Los ladridos de los perros de la casa del casero los hacían actuar con rapidez, el casero podría aparecer de una hora para otra. En un cierto momento intercambiaron unos breves susurros, la placa que estaban desprendiendo sería la última. Unas pocas vueltas más y la última tuerca que sujetaba la placa al mármol ya les garantizaba un buen botín por esa noche. Pero un gran estruendo a sus espaldas les congeló la sangre en el acto. Se volvieron inmediatamente y vieron aterrorizados, a través de las rejas de la puerta de una de las bóvedas, la imagen corpórea de un difunto resucitado emergiendo del piso, aullando endemoniadamente. El finado examinó estúpidamente a su alrededor, y como adivinando la presencia de ellos se precipitó, medio destartalado, contra la puerta enrejada, quebrando los vidrios y sacudiendo las rejas violentamente. Lo primero que pensaron, al escuchar el estruendo, fue en el casero, disparándoles, porque del mundo de los muertos nada tenían a temer, hasta ese momento. Pero estaban doblemente equivocados, no era el casero y los muertos podían volver del más allá. De modo tal que, poseídos por un miedo indescifrable que hasta ahí desconocían que fueran capaz de experimentar, salieron de a toda prisa, dando tumbos entre las lápidas, olvidándose de las herramientas y de la bolsa con las placas; porque en esa hora les urgía más salvar la piel que cualquier otra cosa en el mundo.  

                                                                       


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