Alma rebelde - parte 1

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I-  ALMA EN FUGA

Al desprenderse de su cuerpo mortal se sintió igual que un ave, aunque desprovisto de cuerpo, alas y plumas, sin embargo levemente semitransparente. Tuvo pena de los que lo lloraban alrededor del ataúd. Quiso consolarlos diciéndoles que estaba todo bien; que en verdad lo peor mismo no era morir sino vivir; que se sentía confortable pudiendo levitar y volar. Pero no tenía ni sabía cómo hacerlo. Ni tendría oportunidad de descubrir una manera, porque, de pronto, por la puerta principal irrumpió un espectro oscuro y, de alguna manera, X supo de inmediato que venía por él. Amagó salir por la ventana que daba a la calle, pero en ese momento otro espectro, blanco como la nieve, se interpuso en su camino. Intentó agarrarlo, pero X fue más rápido y consiguió esquivarlo, huyendo por otra ventana rumbo al bosque que comenzaba al final de la calle. Los dos espectros volaron tras él, al tiempo que luchaban encarnizadamente entre sí en pleno vuelo. Tanto mejor para X que se aprovechó de la distracción de la disputa para escabullirse debajo de un viejo puente destartalado del cual salió por el otro extremo, no bien vio pasar, a través de las rendijas entre las tablas, a los espectros, escapando raudamente hacia el centro de la ciudad. Los espectros, encarnizados en la lucha, tardí­amente se dieron cuenta de la maniobra y lo siguieron, no descuidando la disputa en ningún momento. X les llevaba una buena ventaja, lo que le dio tiempo de encontrar una puerta abierta en una biblioteca. Los espectros, sin embargo, lo vieron entrar y se encaminaron tras él, acelerando el vuelo. X se detuvo encima de las cabezas de unas pocas personas que leían en silencio. Miró por los amplios ventanales en dirección a la calle, los espectros estaban cerca­. Sin pensar en lo que hacía, se zambulló de cabeza en la página del libro que un joven estaba leyendo, igual como si lo hiciera en un espejo de agua cualquiera. 

II- LA ZAMBULLIDA SUICIDA 

El impacto contra la tierra lo dejó aturdido por varios segundos, en seguida, al tocarse las partes doloridas, se dio cuenta de su estado físico, era materia nuevamente, pero tan desnudo como cuando había llegado al mundo. Paseó la mirada en rededor. Estaba en un bosque, frondoso y húmedo, alumbrado por una luz opacada que se escurría por entre las copas de los árboles. Se apresuró a esconderse detrás de uno y allí se quedó agazapado, espiando hacia el lugar en donde había caído. Tenía la intuición que los espectros lo seguirían hasta allí. Y dicho y hecho, unos segundos después los espectros, apareciendo de la nada, casi simultáneamente, cayeron con tanta fuerza contra el piso como lo hiciera él y, como él, también se parecían a cualquier ser humano y estaban desnudos. Titubearon unos segundos, como si pensaran en seguir la disputa, pero, al fin, desaparecieron en el bosque en direcciones opuestas. Por el momento la suerte estaba de su lado. Aprovechó la ventaja de no ser visto y se alejó con cautela. Hubiera querido hacerlo a la carrera, pues sentía frío, pero el instinto de supervivencia se lo impidió; el suelo estaba cubierto de hojas secas y no debía llamar la atención. Por suerte estaba lo suficientemente claro como para poder encontrar una guarida donde abrigarse cuando cayera la noche. Por el momento los espectros no le preocupaban demasiado ya que ellos también se encontraban en su misma situación. Más adelante el bosque se tornó neblinoso y el aire olía a pólvora, como si hubiera ocurrido una batalla. De repente el suelo bajo sus pies desapareció y X se vio caído en un zanjón que corría recto hacia los lados hasta difuminarse en la nada del aire gris. Trepó hacia la superficie y continuó avanzando hasta que unos metros más adelante encontró unos cadáveres de soldados desparramados por todas partes, soldados americanos. Estaba en medio de un conflicto bélico, pero ¿cuál? No le fue fácil encontrar uno que no tuviera el uniforme muy agujereado, pero cuando se topó con uno con media cabeza volada lo despojó de las prendas y comprobando su documentación se dio cuenta que había caído dentro de una novela de la segunda guerra mundial y se encontraba en algún punto del conflicto. 

   "En menudo lío me he metido", pensó. No comprendía cómo podía ser posible tal cosa, pero lo que sí comprendía es que tenía otro problema por delante, además de los dos espectros que lo querían arrastrar cada uno para su bando: vestía ropas que en caso de toparse con una patrulla de alemanes estaría perdido. Por un lado se sentía como cuando estaba vivo, padecía frío, sufría dolor, etcétera, y por otro, estaba dentro de una historia inventada escrita en un libro, donde todo era tan real como la vida real, sin embargo, sabía que si se descuidaba ahí mismo acababa la aventura. Lo más sensato era tomar el máximo cuidado, no salir del bosque y evitar andar por los caminos, por lo menos hasta encontrar la forma de cambiar de ropas. El paso siguiente, dentro de lo posible, era descubrir en qué paí­s estaba. Aunque en tiempos de guerra para los inocentes ningún lugar es lo que puede ser llamado de lugar seguro, pero si descubría que no estaba en la propia Alemania ya era un gran alivio. Después de vestirse tomó una ametralladora, una pistola, municiones, algunas granadas, una cantimplora y se esfumó de allí. Vagó erráticamente durante horas hasta que empezó a oscurecer, el frío se hizo más fuerte y la barriga le roncaba como un volcán. De pronto creyó avistar una luz entre la espesura, caminó un poco más hasta poder divisar otra vez la luz: se trataba de una cabaña. 


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