Alma rebelde - parte 2

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III- EN EL BOSQUE

"¿Qué hacer?", se preguntó. Por el momento no tenía otra opción que esperar a que oscureciera por completo, ya que la cabaña se encontraba en un claro del bosque y llegar hasta ella equivalía a mostrarse, y éso era justamente lo que debía evitar a cualquier costo. A unos cincuenta metros había otra construcción, X dedujo tratarse de un cobertizo, en ese caso abrigo contra el frío no le iba a faltar por esa noche, pero el hambre... Sin otra cosa que mantenerse en silencio y estar atento, lo mejor era aprovechar la parada para descansar. Al sentarse contra un árbol, algo en un bolsillo de la chaqueta le llamó la atención, metió la mano y sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Nunca había fumado, pero había oído hablar que fumar quitaba el hambre. 

   "Qué mejor momento para comprobarlo que ahora", pensó y encendió un cigarrillo. 

   Dentro de la cabaña no se veía gran movimiento, pero vez por otra un hombre y una mujer se dejaban ver. En cierto momento X creyó que ya podía acercarse hasta una de las ventanas para husmear más de cerca. 

   "Ojalá no aparezca ningún perro", se dijo. Eran ambos de mediana edad y parecían estar solos, cenaban en silencio en una pequeña sala y sus ropas indicaban que podían ser de cualquier paí­s. A un lado de la chimenea un perro los miraba con ojos cansados. Recorrió hasta donde le fue posible las paredes y no encontró ningún indicio que acusara cualquier nacionalidad, pero no vio ningún retrato de Hitler, hecho que lo dejó un poco más tranquilo, ya que presumía que no hubiera hogar en toda Alemania nazi que, por fanatismo o por temor a represalias, no tuviera uno. 

IV- LA VENTANA

Lo de los cigarrillos que quitan el hambre era cierto, hasta cierto punto, porque X no comía desde el día anterior a su muerte; además el pollo asado que degustaba la pareja parecía estar más delicioso de lo que él fuera capaz de aguantar de ver sin probarlo. Con lo que no creía que ni fumando un paquete entero de cigarrillos se le quitaría el hambre. Con ello creyó que no tenía tiempo que perder viendo la degustación sin intervenir de hecho en el festín. Pero había un problema, no podía llamar a la puerta (¿entenderían español?) y esperar que sus dueños abrieran sin preguntar quién era, y si así lo hicieran, ¿qué contestarles? Si no sabía en qué idioma lo harían y posiblemente tampoco entenderían nada del suyo. Además estaba la posibilidad de que lo recibieran a punta de escopeta, al final, más allá de vivir en un bosque estaban en medio de una guerra. Sopesado esos cuestionamientos X creyó que lo mejor sería, en lugar de estar especulando debajo del frío mientras el pollo se esfumaba, era echar mano de la sorpresa. Pensó en arrojar todo el peso de su cuerpo contra la puerta, pero corría el riesgo de que estuviera atravesada por un tirante y lo único que ganaría sería alertar a los dueños y un tremendo dolor en el hombro. Entonces pensó en un plan "B". 

V- COMIDA

El estallido de los vidrio de la ventana hizo que la mujer diera un grito, se llevara las manos a la boca y por último que cayera en un llanto histérico, sin salir del lugar. El hombre, en cambio, se puso de pie de inmediato, largando el tenedor que tenía en una mano y la pata de gallina asada en la otra sobre la mesa, y antes que pudiera hacer cualquier otro movimiento X lo apuntó con la ametralladora sin decir una palabra. Mientras tanto, el perro soltó un gemido y se escondió temblando entre las piernas del hombre, sus ojos no se apartaban de la ametralladora. X se había subido sobre un barril vacío apoyado debajo de la ventana, por lo que no le fue difícil pasar al interior sin dejar de apuntarles. Les hizo un gesto con la ametralladora, obligándolos a que se hicieran a un lado, y sin dejar de apuntarles arremetió como un salvaje contra lo que quedaba del pollo, tanto en la fuente como lo que había en ambos platos. El hombre y la mujer, parados como estatuas, se miraban de reojo con extrañeza, cinco minutos después lo único que indicaba que en la mesa una vez hubo carne de pollo fueron los huesos pelados. Con nuevos gestos X los obligó a sentarse en un sofá frente a la chimenea, con lo que no pudieron ver cuando X limpió el resto de ensalada, de papas asadas y lo que quedaba de un pan, y por último se bebió toda el agua de una jarra. Satisfecho el vacío estomacal X se acordó de mirar en la pared que no podía ver desde la ventana, suspiró aliviado cuando vio que ningún retrato de Hitler vigilaba los pensamientos de esa gente. X pensó y pensó, pero no tuvo otra forma de preguntar dónde se encontraba que en su mismo idioma. El hombre que tampoco sabía hablar otro idioma respondió en el suyo alguna cosa que X no entendió, pero supo en seguida que era francés. Poco después X abandonó la cabaña vestido a la paisana y con los documentos del hombre, aunque no se parecieran en nada. En un morral de cuero llevaba la pistola, las municiones y las granadas y en otro, pan, bizcochos y tres salames; también contaba con la cantimplora llena de agua y una frazada para envolverse cuando encontrara un lugar adecuado en el bosque donde pasar la noche. El uniforme y la ametralladora los tiró al agua cuando pasó por un arroyo. 


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