Tristán, el vegetariano

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Esta es la historia del primer vegetariano de Santa Carmen. La primera vez que Tristán vio sangre fue la propia, cuando le sacaron sangre en el hospital para un examen cualquiera, pero, al contrario de lo que suele suceder, no lloró ni se desmayó; tampoco pataleó ni siquiera hizo una mueca de asco; nada de eso, al chico se le ocurrió cantar. Cantó "La Felicidad", de Palito Ortega, que había escuchado una sola vez en la radio, sin desentonar ni olvidarse la letra desde el principio al fin. Tenía tres años y medio, y todos los que estaban presentes en la sala, las enfermeras, el pediatra y la madre, creyeron que estaban siendo testigos del nacimiento de una estrella. Pero, contrariando a la madre y sus pronósticos más áureos, cuando llegó a la casa al niño no le salió nada, se quedó mudo delante de su padre y hermanos mayores. No que no lo intentara, sino que ni el "Arroz con leche"le salió. 

   Tantas ilusiones que yo me había hecho, se lamentó la madre. 

   Y como si le fuera adivinado el carácter al momento de elegirle el nombre, el niño siempre vivía triste; nada le hacía gracia y ni el chiste más ocurrente conseguía sacarle aunque sea una sonrisa fingida. Un día, al padre se le ocurrió hacerle cosquillas en las costillas y en las plantas de los pies para ver si podía hacerlo reír, aunque sea a la fuerza, pero nada, el niño ni se inmutó. Pero unos meses más tarde volvió a cantar. El padre y los dos hermanos mayores carneaban un lechón para su cumpleaños número cuatro en el fondo de la casa cuando apareció, movido por la curiosidad al oír los gritos desgarrantes del marrano, y en ese preciso instante se le dio por cantar. La madre en la cocina, cuando lo oyó, fue corriendo al fondo. 

   No te dije yo, que cantaba bonito, le dijo al marido. 

   Tristán cantaba "Rosa, Rosa", de Sandro y al hilo enmendó "Manda rosas a Sandra", de Sabú, "Va cayendo una lágrima", de Los Iracundos, "La chica de la boutique", de Heleno y cuando iba por la mitad de "Zapatos rotos", de Los Náufragos el lechón dejó de gotear y Tristán bajó medio tono, y cuando el padre, para espantar las moscas, le echó tierra al charco de sangre Tristán enmudeció y se quedó con la vista vacía, después dio media vuelta y se fue a tirarle piedritas al agua de la zanja, delante de la casa. 

   Ya le agarré la vuelta, dijo el padre. 

   ¿Qué vuelta?, preguntó la madre. 

   La vuelta al Tristán, el mocoso canta cuando ve sangre, dijo el padre, todo eufórico. 

   ¡Por favor, Pepi, no digas pavadas! ¿Cómo va a cantar cuando ve sangre? La madre pensó que su marido deliraba. 

   Pero no fuiste tú la que dijo que justo después que le sacaron sangre en el hospital empezó fue que empezó a cantar. 

   Si, pero no creo, debe ser pura casualidad. 

   Bueno, vamos a sacarnos las dudas. Ricardo, ve al gallinero y trae un pollo, el blanco que te mostré ayer, le dijo el padre al hijo mayor. 

   Y tú, trae al niño, le dijo a su esposa. La madre lo trajo y cuando su hermano apareció con el pollo el padre le dijo al niño: 

  Mira, tristán, y cuando el niño miró el padre le cortó la cabeza al pollo y un chorro de sangre salió expulsado a los aires, entonces Tristán entonó "Mira para arriba, mira para abajo", de katunga y "Una noche excepcional", de Raúl Padovani y no cantó más porque al galló se le acabó la sangre y la que había goteado en la tierra se la lamieron los perros. 

   Has visto, has visto, gritaba de contento el padre, ganamos la lotería. Mañana mismo voy a hablar con el padre Gregorio y anotarlo para que cante en la kermesse que hace la iglesia todos los años en la plaza. 

   A la madre no le pareció una buena idea. 

   ¿Y tú te crees que va a cantar solo porque uno se lo diga?, objetó, y además, ¿con qué orquesta va a cantar? 

   Por ahora a capella, y para que vaya perdiendo el miedo escénico y se vaya acostumbrando a cantar en público creo que la kermesse le viene como anillo al dedo, dijo el padre, frotándose las manos de contento. 

   ¿Y como harás para que cante, acaso piensas llevar todo el gallinero y empezar a degollar gallinas tras gallina adelante de todos los niños?, le preguntó la esposa. 

   Tienes razón, no había pensado en esa parte, pero no importa, todavía tenemos dos meses para pensar el alguna solución, dijo, finalmente el marido. 

    El padre se pasó un mes y medio intentando con todo lo que fuera de color rojo; la camiseta de Independiente, que le prestó su hermano para que hiciera la prueba, con un chorizo colorado y hasta, un día, llamó al colorado Pérez para que le mostrara al niño la melena pelirroja, pero nada funcionó. 

   No está muerto quien pelea, dijo el padre, todavía tengo quince días para encontrar algo. Pero por más que intentó con cientos de cosas rojas (hasta un tapper con Gelatina de cereza llegó a ponerle delante) nada dio resultado; lo único que activaba el lirismo del niño era la sangre verdadera. 

   No lo puedo creer, pensé que el arte de Tristán nos iba a sacar las patas del barro, dijo con tristeza Pepi. 

Pero cuando llegó la fiesta de la iglesia, toda la familia fue a la kermesse, y todo corrió a las mil maravillas hasta que el padre invitó a todo el mundo a ingresar a la iglesia para la misa que daría por concluida la fiesta. Tristán nunca había entrado a una iglesia, por eso sus ojos recorrían la majestuosa arquitectura y los vitrales coloridos con deleite, y estaba aún distraído en su contemplación cuando escuchó que el padre, en un momento de la misa, dijo "la sangre de Cristo". En ese instante los ojos del niño buscaron al Cristo y cuando lo encontraron agudizó la vista y vio la sangre pintada en su cuerpo, entonces todo el mundo se asombró cuando Tristán empezó a cantar la cumbia "Amor carnal", del Grupo Karo´s, pero ya en la tercera estrofa, cuando llegó a la parte de las sábanas blancas y los dos cuerpos que eran como un volcán, la gente lo empezó a mirar raro y las madres se apuraron a cubrirles las orejas a los hijos e hijas pequeños. Y Tristán siguió cantando, pero a la sexta estrofa, cuando todos escucharon que "nadie como ella pudo hacerle el amor", Pepi manoteó al hijo y abandonaron la iglesia como pudieron, entre trompadas, tirones de cabello y arañazos, y se perdieron en las calles del pueblo. Pero la multitud enfurecida, no conforme con lo de la iglesia, los persiguieron por varias cuadras, gritando "hay que matar al pequeño blasfemo" y otras frases por el estilo. Y así fue que Tristán, por insistencia de la madre, que de ninguna manera estaba dispuesta a pasar otra vez por una vergüenza semejante, se volvió vegetariano. 

                                                              Fin. 


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