Aníbal, el inmortal - parte 2

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4- EL VELORIO MULTITUDINARIO 

Cuando ya su temor era harto conocido por todos los habitantes de Santa Carmen y adyacencias y Aníbal contaba con veintidós años le sobrevino la muerte, de repente. El velorio de Aníbal fue comparado al de una eminencia; todo el pueblo compareció en masa a la funeraria porque todos querían ver y tocar al amigo tan querido por última vez. Con tamaña multitud atascando el tránsito en la avenida principal al intendente se le ocurrió interrumpir el velorio y trasladar al muerto al gimnacio del club Recreativo, para eso se cerraron la calles que daban acceso a la plaza principal. Y allá fueron todos, detrás del amigo tan querido. Los amigos más íntimos del finado no se separaban del cajón (esta posible eventualidad también constaba en el documento), por las dudas, no vaya a ser que alguien bajase la tapa con demasiada fuerza haciendo posible que por algún capricho inexplicable no la pudiera abrir más ni con la ayuda de la barreta, en caso de que su muerte se tratara de una jugarreta de la catalepsia. 

5- POR LAS DUDAS 

En medio del velorio, allá por las once de la noche, una vieja de repente soltó un alarido tal que hasta las chapas del tinglado y los tableros de basquet temblaron: Aníbal se había enderezado y se desperezaba arqueando el cuerpo, que lo tenía medio acalambrado, después tensó los brazos con los dedos de las manos entrelazados como hacen los pianistas antes de un concierto. Algunas viejas, incluida la del alarido, se desmayaron, a otras se le subió la presión y a algunos viejos se les bajó, y el beataje empezó con los aleluyas y los agradecimientos a Dios. Hubo algún que otro reclamo, principalmente por parte de la gente de campo que se levanta temprano, pero en general todos se alegraron, al final, Aníbal era amigo de todos.

5- EL HOMBRE QUE RESUCITÓ DE LA MUERTE 

Aníbal también agradeció a Dios y a la gente reunida en su honor, pero más tarde le confesó a sus amigos más íntimos (los mismos que vigilaban el ataúd) que todo había sido una prueba, un ensayo para ver si su velorio corría tal cual él lo había previsto, por las dudas, no vaya a ser que lo sorprendiera la catalepsia y acababa muriendo de verdad. Otro amigo de Aníbal, Estevanéz, el cual tenía facilidad con las palabras y siempre andaba atrás de historias, aprovechó el inusual suceso y escribió un cuento que intituló: "El hombre que resucitó de la muerte". Alguien le dijo que el título le parecía un tanto redundante ya que resucitar solo se puede hacer desde la muerte, pero Estevanéz alegó que había pensado en poner "volver", pero que al dramaturgo Narciso Ibáñez Menta ya se le había ocurrido antes. 

   ¿Entonces por qué no usó otro verbo como, por ejemplo, regresar?, propuso la persona. 

   Lo pensé después, pero ya era demasiado tarde porque ya lo había mandado a imprimir, respondió Estevanéz. 

   Aníbal, siempre por las dudas, creyó mejor modificar el documento, ahora en lugar de la barreta, que no lo terminaba de convencer, deberían ponerle dos criques hidráulicos botella a cada lado del cuerpo con las palancas ya puestas y sujetas a sus manos, no vaya a ser que el miedo le quitara las fuerzas allá abajo, en caso, siempre, que le diera catalepsia. 

6- EL HOMBRE QUE RESUCITÓ DOS VECES

Cuando la falsa muerte de Aníbal iba a camino de convertirse en el principal evento del folklore local ocurrió que, antes de finalizar el mes, la muerte, la muerte verdadera, le sobrevino. Los amigos íntimos acudieron a la morgue del hospital munidos de plumas para hacerle cosquillas en las costillas y en la planta de los pies para estar seguros que el muerto estaba bien muerto, por las dudas, no vaya a ser que se hacía el muerto para certificarse bien en un segundo ensayo. El intendente ordenó que lo velaran directamente en el gimnasio, y, como se esperaba, no solo todo el pueblo concurrió al velorio sino gente de los pueblos vecinos también; nadie quería perderse el velorio del hombre que había muerto dos veces en un mismo mes. A pedido del intendente varias mesitas fueron distribuidas estratégicamente en diferentes puntos del gimnasio con alcohol y analgésicos, por las dudas, no vaya a ser que al finado se le diera por volver a resucitar y a alguna vieja le diera un síncope cardíaco. Pero Aníbal esta vez no resucitó.

   No resucitó ese día, porque a la mañana siguiente el casero del cementerio lo trajo al pueblo en su camioneta porque al pobre resucitado le resultaban demasiado pesados los dos criques botella. Estevanés, ni lerdo ni perezoso, se apuró a escribir otro cuento: "El hombre que resucitó dos veces", ya que la falsa muerte quedó solo entre lo íntimos, con lo que para todos los efectos Aníbal había muerto y resucitado dos veces. El nuevo cuento fue un verdadero éxito local, y además tuvo que hacer nuevas copias del cuento anterior porque hubo gente que no lo había comprado y ahora quería tener los dos. 

6- EL HOMBRE QUE NO PÁRA DE RESUCITAR 

Y como una desgracia repetida del destino aconteció que al otro mes Aníbal volvió a morir. Esta vez vino un equipo médico de la capital para constatar si ahora Aníbal había muerto de verdad de una vez por todas. Los amigos íntimos no se despegaron en ningún momento del finado, acompañándolo a la morgue donde dijeron: "nada de algodones en la boca ni en la nariz". Después fueron en la ambulancia acompañando el cadáver hasta la funeraria con los criques botella y las palancas. 

   Y nuevamente la multitud llenó el gimnasio. 

   Al otro día cuando la tapa del ataúd empezó a levantar la tierra que la cubría los amigos, que habían tenido una corazonada, ya lo estaban esperando. Hasta Estevanéz, munido de un grabador de bolsillo para narrar lo sucedido y que le serviría de argumento para el nuevo cuento que vino a llamarse, unos días después: "El hombre que no pára de resucitar". El dueño de la funeraria aceptó de buena gana guardar el féretro para el mes siguiente y los socios del gimnasio no quisieron agendar ninguna actividad deportiva para la misma fecha, por las dudas, no vaya a ser que a Aníbal se le diera por morir otra vez. 


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