La sospecha

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Apenas Jasper dobló en la esquina, una señora que venía en sentido contrario, al verlo, se sobresaltó y se detuvo al instante, echándole una mirada sospechosa. Jasper, sin entender bien qué pasó, la vio ponerse pálida y llevarse las manos al pecho palpitante. Jasper volvió tras sus pasos, pero no había avanzado ni cuatro metros cuando un hombre que salía de una tienda dejó escapar una exclamación de sorpresa y se apresuró a alcanzar su auto, estacionado delante de la tienda. El auto arrancó y salió disparado, dejando tras de sí una estela de humo suspendida sobre el asfalto. Por el espejo retrovisor Jasper alcanzó a ver en los ojos del hombre una mirada de sospecha. En seguida, un portazo desvió su atención y, al girarse, vio que el dueño de la tienda lo miraba, detrás del vidrio, como si él fuera sospechoso quién sabe de qué. Jasper se preguntó, intrigado, qué veía la gente en él para mirarlo de aquella manera sospechosa, pero sin encontrar respuesta, cambió de planes de inmediato y tomó el rumbo de su casa. 

   A dos cuadras tres chicas que pasaban por la vereda de enfrente, apenas lo vieron algo habrán sospechado, porque salieron corriendo en sentido contrario en el acto, tropezando las unas con las otras. Jasper, ya asustado con la reacción de la gente, empezó a correr también. Cuando cruzó la plaza dos monjas que estaban sentadas, dejaron caer los rosarios que tenían en las manos y le clavaron los ojos de mirar sospechoso, al pasar por ellas Jasper oyó que una rezaba y la otra le pedía a Dios que las librara de todo mal mientras lo seguían con miradas inquisidoras. 

   Detrás de sí, todo el mundo por el que pasaba lo miraba con sospecha, cerrando puertas y ventanas a su paso. Los perros callejeros no hicieron por menos, apenas lo veían salían corriendo con la cola entre las patas, algunos aullando lastimosamente, otros ladrando aterrorizados, pero todos, sin excepción, con sospecha en sus miradas. Ni las imágenes de los carteles y los afiches en las paredes y muros dejaban de observarlo, sus miradas de sospecha se le metían en los pensamientos como pesadillas más allá del despertar.

   Cuando, por fin, llegó a su casa temblaba y sudaba como un fugitivo; tan nervioso estaba que al intentar abrir la puerta la llave le se cayó varias veces de las manos. Después de muchos intentos fallidos consiguió abrirla; ni bien pasó el umbral, la cerró rápidamente tras de sí y apoyó su espalda en ella. Su pecho palpitaba como el de la señora cuando empezó toda esa pesadilla. ¿Qué habían visto en él? ¿Acaso no era el mismo de siempre? ¿A qué venía toda esa sospecha? Pasó tranca a la puerta y fue directamente a su habitación, dispuesto a examinarse el rostro en el espejo. Y cuando lo hizo dejó escapar un grito involuntario de horror que le heló la sangre, en seguida corrió a esconderse debajo de la cama: porque sus ojos también lo miraban sospechosamente. 

                                                         Fin. 


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