El linchamiento

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Una mujer anónima, que ha dejado de fumar, traba a diario una lucha interna contra su vicio. Todos los días, generalmente por la mañana, va hasta el kiosko que está casi paralelo a su casa, en la vereda de enfrente, para comprar siempre lo mismo: un cigarrillo suelto. Cigarrillo que al dí­a siguiente, invariablemente, desechará sin habérselo llevado a la boca; por si acaso, ya que es bien sabido que las recaídas siempre acechan en horas inapropiadas a todo aquel que decide abstenerse de un vicio dominador. Ella no cree en las victorias de la voluntad y desconfía que la temida recaída ocurra en horas en que el kiosko se encuentre cerrado y no cree ser capaz de soportar la tortura de no tener uno que pitar. Y en caso de máxima urgencia, como podrí­a ser el suyo, quiere estar preparada. 

   Hoy, como siempre, se dispone a cruzar la calle para sustituir el cigarrillo de ayer por uno nuevo. Pero esta mañana, su penosa y conti­nua lucha interior llega al fin del modo más trágico cuando al no mirar hacia los lados no ve el automóvil que se aproxima a alta velocidad. El conductor, desatento por alguna distracción desconocida, tampoco mira hacia donde deberí­a y la tragedia acontece. La mujer es fatalmente lanzada a algunos metros del vehículo, muriendo casi instantáneamente mientras el conductor se da a la fuga. Un grupo creciente de curiosos se apretuja afanosamente alrededor del cuerpo de la desdichada; son vecinos, comerciantes y pasantes anónimos que, sin nada que se pueda hacer ya, apenas miran y murmullan. Más personas se acercan; indagan todas, inequívocamente, al primero que ven con la única pregunta que, inconsciente y anticipadamente, y de manera automática, les sale: "¿Qué pasó, un accidente?"; y los que ya se encuentran en el lugar también responden con igual similitud y la respuesta, debido a la impresión que les produce presenciar el cadáver caído en el asfalto, ocupando ese espacio geográfico no pensado ni jamás imaginado para ese tipo de cosas, no va más allá de un lacónico y monosilábico "sí". Un hombre que acaba de llagar oye después de su pregunta obvia, más alto que el parloteo circundante, un "sí"­ inadecuado y un tanto jovial. Detectada la procedencia de la voz, se da vuelta, justo cuando la afirmación ya se extingue en la boca de labios finos de un joven de rostro fanfarrón. 

   El curioso recién llegado nota en el "sí" del joven algo de comediante interpretando al espectador de accidentes de muerte. El susodicho es uno de esos desubicados de siempre que, sin ningún compromiso social e insensible al dolor ajeno y al destino ingrato del prójimo, se entrevera entre las muchedumbres para abrir la boca y dejar salir palabras impropias en el momento menos adecuado. El joven está parado a tres personas de distancia del hombre, y éste, doblemente perturbado por la desgracia acaecida y por la falta de conmiseración del joven, se vuelve hacia la desgraciada mujer, que yace caída sobre el charco de la sangre que aún corre lentamente de su boca, y solo atina a hacer otra pregunta obvia, dirigida a nadie en particular y a todos en general, "¿fue atropellada por un auto?" El joven se apropia de la interrogación en el aire y se apresura a responder con otro "sí", pero más prolongado esta vez; y, como si aquella muerte fuera una comedia negra, acota con una mueca socarrona y con aire de quien con certeza está orgulloso de su perspicacia, de una forma cruel y sin conmiseración, o más bien macabra: "pero lo que la mató no fue el automóvil..." Deja la respuesta en suspenso un instante a propósito, lo suficiente para ver la reacción de asombro y perplejidad en el rostro del curioso preguntón, para, finalmente, arrematar la frase con un desconcertante: "fue el cigarrillo". En ese instante todos se vuelven hacia él... y el linchamiento se desata. 

                                                            Fin. 


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