Comida - parte 1

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Pinchazos en las piernas despertaron a Darrington. 

   Víbora, gritó, al tiempo que se levantaba en el aire. Fue entonces que se dio cuenta que los pinchazos se debían a las lanzas puntiagudas de unos diez, o poco más, indígenas que lo rodeaban. En seguida, uno de ellos le arrojó encima una malla y los otros se abalanzaron sobre él, atándolo en seguida como si fuera un fiambre. Después lo tumbaron al piso y lo ataron a un travesaño, para luego alzarlo e internarse en la selva. 

   Cada vez que intentaba abrir la boca los indígenas le daban palazos, obligándolo a callarse; no tuvo otra opción que esperar a ver cómo terminaba todo. 

   Por dos veces se detuvieron y lo dejaron tirado en el piso húmedo. La primera lo apoyaron suavemente en el piso y se mimetizaron en la vegetación en silencio; al rato volvieron con un mono, la cabeza y los miembros colgando flácidos en la mano del indio que lo cargaba. Después el indio lo metió en una especie de canasta tubular de mimbre que luego llevó a la espalda. Y la segunda, lo dejaron caer sin ningún cuidado y se zambulleron en la mata dando gritos salvajes; algunos minutos después regresaron con un jabalí ensangrentado, al cual habían acribillado con lanzas y flechas. Casi una hora después la selva desapareció, por fin habían llegado a la aldea. Lo dejaron tirado en el patio polvoriento, bajo el sol ardiente, y en seguida fue rodeado por una muchedumbre de niños y mujeres, que, entre risas y palabras ininteligibles, inmediatamente empezaron a pellizcarlo y a tironearle los pelos. A través del inquieto movimiento de sus piernas Darrington alcanzó a ver lo que creyó ser el final de su viaje en esta vida, y de la peor manera posible: una olla de cerámica, grande como un tanque de agua, que parecía estar esperándolo, sombría, en el medio del patio. Darrington empezó a gritar y esto provocó más gracia entre los niños y las mujeres, porque se rieron con más ganas y se empeñaron en pellizcarlo más fuerte y en arrancarle el pelo directamente. De repente todo quedó en silencio y la turba enloquecida dejó de martirizarlo. Todos se hicieron a un lado para dejar pasar a un indio tan viejo como la edad del mundo. Mientras pasaba, secundado por un séquito de indios jóvenes, los niños y las mujeres le dedicaban respetuosas reverencias.

   A los ojos de Darrington el indio viejo estaba entre cacique y pajé, pero no tenía certeza. Su presencia lo animó, al fin podría explicar que era un científico y que les traería más beneficio vivo que comido, si era eso lo que pretendían. 

   Me llamo Darrington y soy hombre de ciencia, hombre bueno para ayudar indio también bueno, dijo con voz pastosa. El indio se agachó a su lado, miró hacia el cielo y dijo en el idioma de Darrington: 

   Creador enviar hombre blanco para alimentar indio. Y dicho esto pasó un dedo de piel cobriza por la cara polvorienta de Darrington y se lo llevó a la boca, haciendo un gesto de aprobación. Ante la aclaración de su sospecha, borbotones de lágrimas transformaron el polvo que cubría su cara en una capa fina de barro. 

   Por favor, indio amigo, no me maten, soy hombre bueno, suplicó entre sollozos, pero las súplicas se perdieron en la indiferencia del indio, que terminó de sentenciarlo al decirle: 

   Único hombre blanco bueno ser hombre blanco para comer. En seguida se puso de pie y se marchó, sin dar más oídos al clamor de Darrington. Los indios que habían venido con él lo cargaron y lo llevaron a una choza donde lo desataron y lo dejaron solo. Darrington los vio trancar la entrada con palos y luego dispersarse en diferentes direcciones. Detrás de ellos la gran olla solitaria, tumba muda y siniestra, continuaba esperando pacientemente por él. Demoró en ponerse de pie, estaba tullido y algo acalambrado y le dolían hasta las uñas. "¿Cómo saldré de esta pesadilla?", se preguntó. Aunque consiguiera escapar de la choza, ¿huir hacia dónde? o ¿hasta dónde?, porque si no lo conseguían en seguida los indígenas era seguro que sería devorado por los animales salvajes de esa selva maldita, como sus desafortunados compañeros de expedición. 


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