Comida - parte 2

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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 "Un milagro, solo un milagro puede salvarme", se dijo, sabiendo que tal hipótesis era soñar en vano. Espió entre la paja de la choza, nadie vigilaba; la vida en la aldea continuaba como en cualquier aldea de las tantas que había visitado anteriormente. Al rato, unos indios destrabaron la entrada y tres indias le trajeron frutas, un generoso pedazo de carne asada, pescado seco y mandioca hervida, todo envuelto en hojas de plátano, y agua, dentro de un cuenco hecho con cáscara de coco. Antes de salir, las mujeres lo palparon en la barriga, los glúteos, los brazos y los muslos, después se dijeron alguna cosa mientras intercambiaban miradas cómplices. Detrás de ellas los indios volvieron a trancar la entrada. 

   Darrington no tenía hambre, y si tuviera tampoco comería, incluso cuando le viniera. ¿Qué le daban ahí, sin dudas la carne de aquel mono o la del jabalí? Por la manera cómo fue palpado estaba claro que lo cebarían, engordándolo hasta que estuviera a punto, y luego ¡a la olla! En ese momento vislumbró el milagro, o lo más parecido a uno, producto de su astucia: comería las frutas y bebería el agua solamente, el resto lo enterraría cavando en la tierra, como por lo visto tendría que hacer cuando le vinieran ganas de hacer sus necesidades. 

   Horas más tarde aparecieron las indias con más comida, examinaron los restos de la anterior (para despistar a los indios había tomado el cuidado de dejar los huesos pelados y las espinas sobre las hojas). Las indias volvieron a intercambiar miradas cómplices, luego se marcharon con las sobras. Darrington se mantuvo actuando así durante varios días, inflexible a las apelaciones de su estómago e insensible al olor de la carne asada que cundía el aire. Hasta que empezó a sentirse débil y cansado. 

   Una tarde apareció el indio viejo acompañado de varios indios jóvenes, como la vez anterior. El indio no pronunció ninguna palabra y Darrington tampoco quiso preguntarle nada, pero se dio cuenta que lo observaba detenidamente. Un poco después aparecieron las mujeres con una nueva remesa de comida. El viejo y el séquito y las mujeres se lo quedaron observando, Darrington captó la intención y no tuvo más remedio que comer todo lo que le trajeron. El viejo pareció quedar satisfecho, porque habló animadamente algo con sus acompañantes, después se marcharon todos. Apenas se vio solo cavó un pozo en un rincón, se metió los dedos en la garganta y vomitó toda la comida, después la cubrió y apisonó con la planta de los pies. 

Finalmente una mañana, algunos días más tarde, no consiguió ponerse de pie. Palpó su cuerpo y notó los huesos bajo una delgada capa de carne. "¡Solo piel y hueso para los hambrientos caníbales!", exclamó en pensamientos, porque ya ni fuerzas para hablar tenía. Pero aun así prefería morir de hambre que ser cocinado en la olla maldita, que, impasible, lo seguía esperando en el medio del patio. 

   Cuando las indias le trajeron la primera comida del día, al verlo en aquel estado, salieron corriendo y al rato apareció el indio viejo, esta vez acompañado por un indio joven solamente. Intercambiaron algunas palabras entre ellos y el joven agarró un puñal, que traía amarrado por una cinta de cuero en uno de los muslos. Darrington al adivinar su intención intentó levantarse, pero las fuerzas ya lo habían abandonado completamente; solo llegó a erguir un poco el torso, pero, vencido, se dejó caer y empezó a delirar. En su delirio vio a los dos indios corriendo hacia afuera y detenerse en la entrada de la choza, mirando hacia el cielo; de pronto un viento violento se levantó y los cubrió de polvo. Pero el ruido del motor del helicóptero interrumpió su delirio. Darrington intentó reír, pero solamente fue capaz de una débil sonrisa de triunfo. 

                                                                    Fin. 


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