La pintura - parte 1

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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De pronto sonó el timbre. Alfonso dejó lo que estaba haciendo y fue a atender. Por la mirilla reconoció al cartero, López, que abrazaba algo plano envuelto en papel madera. 

   Buen día, señor Alfonso, dijo el cartero, no bien lo vio asomar la cara en la puerta, y agregó, estirando los brazos con el bulto, llegó su encomienda. Alfonso estiró el labio inferior y arrugó el entrecejo. "¿Qué encomienda dirigida a él era esa?", se preguntaba, mientras se acercaba al portón con pasos vacilantes. 

   Yo no espero ninguna encomienda, López, le dijo, mirando alrededor como sospechando algo que ignoraba qué fuera. El cartero, viendo la sorpresa en la cara de Alfonso, también empezó a mirar alrededor; vio un perro enroscado bajo el sol en la vereda de enfrente, un auto silencioso estacionado delante de una casa, los árboles pelados y grises, como esqueletos retorcidos, las plantas tapadas con plásticos y trapos para que no las matara la helada en el jardín del vecino y una avioneta plateada, hacia el lado del balneario, surcando el cielo azul y profundo. "¿Qué será que está viendo el viejo loco?", pensó López.

   Sin embargo, el nombre y la dirección están correctos, dijo el cartero. Tras la voz de López, Alfonso dejó su sospecha infundada de lado y volvió la mirada hacia el cartero. 

   Yo no espero ninguna encomienda, López, volvió a reiterar. López miró de nuevo hacia el paquete. 

   Pero acá está escrito todo correctamente, don Alfonso, mire, dijo el cartero, dando vuelta el paquete para que Alfonso pudiera ver que no había ninguna equivocación. 

    ¿Y quién me la envía?, preguntó Alfonso. El cartero dio de hombros e hizo una mueca. 

   El remitente es anónimo, dijo, empujándole el paquete contra el pecho, con lo que Alfonso se vio obligado a tomarlo entre sus manos. Lo sopesó, y por la forma rectangular parecía ser un cuadro o un espejo. Amagó a devolvérselo al cartero, pero éste se le adelantó y le acercó un cuaderno y una lapicera a la cara. 

   Tiene que firmar acá, don Alfonso, dijo, apurándolo con la acción. 

   No puedo, López, sin remitente puede ser cualquier cosa..., Alfonso se detuvo un momento para pensar en alguna otra excusa más convincente para rechazar la encomienda, 

   ¿Y si es una bomba, como se ve en la televisión?, dijo, al fin. El cartero soltó una risita. 

   ¿Acá?, ¿en Carmen de Areco?, por favor, don Alfonso. Firme de una vez que todavía tengo un montón de cartas para entregar. Después que firme haga lo que quiera con la encomienda, y si cree que es una bomba vaya al medio del campo y trate de abrirla a distancia, no vaya a explotar junto con la bomba, dijo el cartero, burlonamente. Alfonso se sintió ridículo, no por haber pensado en una bomba sino por haberlo dicho. "Mañana el pueblo entero tendrá una anécdota más para reírse por mucho tiempo", pensó. 

   Alfonso cerró el portón, dejó la encomienda en el porch y entró en la casa. Toda la mañana estuvo pensando en ella , pero, desconfiado sin saber de qué, luchó contra la curiosidad lo más que pudo. Hasta que a la media tarde abrió la puerta y la llevó adentro. Fue derecho al patio de atrás y la dejó sobre la mesa de cemento del jardín y volvió a entrar en la casa. Tomó varios mates en la cocina, de pie, mientras observaba el bulto plano a través de la ventana. Finalmente, tomó coraje y fue a ver de qué se trataba. 

   


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