La pintura - parte 2

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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Con sumo cuidado cortó el papel con la navajita filosa con la que se cortaba las uñas de pies y manos. Sus ojos se agrandaron de la sorpresa cuando vio que se trataba de una pintura que retrataba una ciudad en medio de la inmensidad verde, vista desde las alturas. Y bien de lo alto, porque los detalles se perdían en la pequeñez de los trazos. Nadie firmaba la obra, ni por delante ni por detrás. "Anónimo el remitente y anónimo el autor, ¿qué extraño?", pensó. La ciudad estaba enclavada entre dos líneas oscuras que formaban una cruz retorcida, justo en el ángulo inferior derecho. "Sin duda se trata de dos rutas", pensó. Alfonso entró en la casa, buscó una lupa y se puso a observar con detenimiento. La ciudad tenía dos entradas, una en cada ruta. "Pero ¿será posible?", se dijo, cuando reconoció que se trataba de su ciudad y las rutas eran la 7 y la 51. Acercó la lupa a la entrada que daba a la ruta 7 y siguió en dirección del centro de la ciudad. El pintor no había olvidado ningún detalle; techos, jardines, árboles, las veredas y los basureros, gente y vehículos; todo estaba detallado con asombrosas exactitud y nitidez. "¿Pero quién habrá sido el loco que se tomó todo ese trabajo? ¿Y por qué me la ha enviado a mí?", se preguntó otra vez. Buscó en su memoria algún conocido que pintara o dibujara, y fuera tan bueno como para pintar así, pero no pudo recordar a nadie con esa característica. Siguió recorriendo la avenida de acceso. Después de pasar las vías del tren siguió adelante por dos cuadras y dobló a la derecha y siguió hasta su casa. Alfonso acercó más la lupa y vio su vereda, el patio de adelante, el jazminero, el limonero y cada maceta; el techo de chapas de zinc y el patio de atrás con la mesa de cemento en la cual se encontraba ahora. Acercó más la lupa y vio que junto a la mesa había un hombre parado. Alfonso acercó la lupa otro poco y vio que vestía la misma camisa celeste que usaba en ese momento, se trataba de él. 

   "¡Pero si soy yo!", exclamó, asombrado. Acercó otro tanto la lupa y vio que estaba debruzado sobre la mesa de cemento observando algo que había sobre ella. Volvió a acercar más la lupa, que ya casi rozaba la pintura, y pudo ver que observaba una pintura. 

   "No puede ser", dijo en voz alta, como si estuviera hablando con el vecino a través del tapial. Finalmente, apoyó la lupa encima de la pintura y comprobó que se trataba de la misma pintura que estaba mirando en ese exacto momento. Entonces Alfonso acercó su cabeza a la lupa y vio que en la mano derecha sostenía una lupa y, acercándose un poco más, vio que debajo de la lupa (la lupa retratada en la pintura) estaba él, otra vez, encorvado sobre la mesa de cemento observando la pintura con la lupa en la mano; y, rozando su nariz al cristal ya, consiguió ver la misma escena a través de esa otra lupa y tuvo la sospecha que si tuviera a mano un microscopio vería la misma escena repetida hasta el infinito. Alfonso se enderezó de golpe, asustado. ¿Con qué?, no lo sabia, pero sin dudas se trataba de la pintura. En ese momento sonó el timbre, Alfonso largó la lupa sobre la pintura y fue a ver quién sería. Miró por la mirilla de la puerta y vio que era, otra vez, el cartero, y en sus brazos cargaba algo plano y envuelto en papel madera. El corazón de Alfonso rompió a palpitar aceleradamente y su rostro empalideció, como si hubiera visto un fantasma. Entonces empezó a retroceder con las piernas bamboleantes, y Agarrándose en muebles y paredes se dirigió hacia el patio; cuando llegó a la puerta del fondo tuvo que agarrarse fuertemente al marco para no caer, porque sobre la mesa de cemento solo estaba la lupa, la pintura había desaparecido. 

                                                                   Fin. 


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