El Dorado

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Los ojos del conquistador brillaban de codicia delante de los montones de oro que los indígenas despejaban delante de sus pies mientras anotaba en un pergamino solo la parte correspondiente a la corona; la otra parte, que no carecía de anotaciones, sería repartida según el rango entre los tripulantes de la nao en Las Canarias, antes de seguir hacia el continente. Ésto ultimo, más que nada, poblaba sus pensamientos. Hacía cuentas ventajosas a su favor al tiempo que especulaba sobre cuántos tripulantes serían suficientes para llegar a tierra firme, marcando con una X al lado del nombre del desgraciado que terminaría su viaje en la aguas del océano, cosa que sobrara más oro para la repartija. 

   Entre los indígenas subyugados había un indio al que llamaban Gonzalo, porque admiraba a los extranjeros y quería ser llamado como ellos, y al cual el conquistador había prometido llevarlo a España junto con él, pero para que eso fuera posible necesitaba más oro. Pero cuanto más Gonzalo conseguía más el conquistador, insaciable, pedía. 

   Ese día Gonzalo, que había ido a visitar a su abuelo enfermo que vivía en las montañas, traía una buena noticia para el conquistador. 

   "Tengo buenas noticias, mi señor", dijo Gonzalo. 

   "¿Ah sí, y cuáles son?", preguntó el conquistador, sin desprender la vista de los montones dorados a sus pies. 

   "Mi abuelo anoche pasó muy mal y empezó a delirar. Entonces yo me acerqué al lecho y le pregunté sobre El Dorado y el viejo, en su delirio, me contó dónde queda", le dijo Gonzalo, con ojos brillantes y sonrisa de dientes blancos. Al escuchar aquello el conquistador dejó de mirar el oro a sus pies y posó sus ojos codiciosos sobre el indio. Por fin el secreto tan guardado por aquellos indios ladinos veía la luz; el gran secreto que ni las torturas más terribles les había arrancado ahora, así, tan fácil como patear una piedrita en el camino, de la mano de un indio viejo y enfermo, le era revelado. 

   "¿Y tú sabes dónde queda, sabes cómo llegar?", preguntó, ávido, el conquistador. 

   "Sí mi señor, el viejo me lo dijo. Queda solo a tres días de marcha de aquí", contestó Gonzalo, con la vista al suelo. 

   "¿Y qué más te ha dicho tu abuelo, Gonzalo". El corazón del conquistador retumbaba como un tambor contra la coraza que le cubría el pecho.

   "Me ha dicho que las montañas son tan altas como ésas, el indio señaló las cumbres nevadas de Los Andes que se veían desde una ventana, formadas de oro y piedras preciosas que pertenecieron a los antiguos dioses; y también dijo que la riqueza es tanta que se puede comprar todo lo que existe en la tierra y que cuando alumbra Inti es tan intenso el brillo que los ojos enceguecen". Gonzalo siguió hablando pero la mente del conquistador no lo oía más, porque vagaba por su tierra natal. Los reyes católicos se pudrían en las mazmorras y el reino de España le rendía pleitesía a él, el nuevo rey; y los reinos de toda Europa caían bajo su yugo y las flotas reales inundaban los mares y arrasaban los reinos más distantes de donde retornaban a España con las naos cargadas de tesoros, y reinas y princesas esclavizadas para que su majestad, él, calmara la insaciable lujuria con ellas. 

   "Mañana partimos", le dijo a Gonzalo. El indio respondió que sí y se ausentó dejándolo solo con sus sueños delirantes. 

Al amanecer todo el ejército conquistador y un millar de indios partieron rumbo a El Dorado; adelante, montado en un caballo como un conquistador más, Gonzalo marchaba junto a su señor. Durante tres días subieron sierras y montañas, cruzaron valles y ríos y cuando ya moría el atardecer del tercer día llegaron a la cima de una montaña donde pudieron ver a pocos kilómetros, majestuosas, las montañas de oro refulgiendo bajo los últimos rayos del sol. El corazón del conquistador dio un salto: y el de sus soldados, que también empezaron a soñar muy alto. A tal grado que todo lo que hasta ese momento habían soñado les pareció poco menos que nada. Ciegos de codicia imaginaron, tal lo hiciera su jefe, caer a los reyes católicos y a sí propios tomar su lugar; y vieron a sus ejércitos arrasar los reinos de toda Europa; y la flota real zarpar y surcar todos los mares; y después las vieron retornar abarrotadas de tesoros, y reinas y esclavas que calmarían su lujuria durante todas las horas de su vida. 

   "Mañana será el gran día", anunció el conquistador a la tropa, que a toda costa lo instaban a continuar la marcha, sin pensar en el peligro que correrían transitando por los estrechos caminos en medio de la noche.

   "Mi señor, mi señor, Inti ya está llegando", llamó Gonzalo al conquistador, zamarreándolo. Media hora después reemprendieron la marcha. Bajaban por un camino estrecho excavado en la ladera de la montaña cuando de pronto el sol emergió vertiginosamente detrás de las cumbres nevadas; los rayos, al dar de lleno en las montañas doradas, tornaron el aire de un amarillo fluorescente. Las mentes de los conquistadores quedaron hipnotizadas mientras sus ojos, ávidos de tanta codicia, devoraban aquellas montañas refulgentes delante de ellos. Poseídos, se abalanzaron a todo galope hacia el tesoro que realizaría todos sus sueños, dejando a los indios para atrás, pero éstos, cautos, no miraban las montañas, sino al piso; y así se quedaron mientras a sus oídos llegaban los alaridos desesperados de los conquistadores y los relinchos enloquecidos de los caballos que caían al precipicio: el reflejo de las montañas doradas les había quemado los ojos. Gonzalo suspiró profundamente y ordenó: 

   "Volvamos, que mañana vendrán más"  

                                                              Fin. 


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