El dueño original

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Primero la tierra habló con un sonoro trueno de advertencia, y luego tembló, con tal potencia que nada quedó en su lugar. Todos los habitantes de Férom se estremecieron. Los reyes y los soldados, la plebe y los pobres y también la gente escondida, pero mucho antes que los hombres, todos los animales. Solo que los hombres, ocupados en sus asuntos, no les prestaron atención. Tras la conmoción los reyes y los soldados, como si sus mentes obedecieran a un mismo patrón de pensamiento, o bien siguiendo sus propios intereses, pensaron simultáneamente tratarse de una invasión enemiga, venida del espacio, que, al fin, los había descubierto. En cambio la plebe pensó en un ataque asociado entre los pobres y la gente escondida, que venían por sus riquezas, o quizás una estampida enloquecida de miles de bestias salvajes arremetiendo contra el reino, o tal vez una rebelión del ejército contra la realeza, tres hipótesis apenas entre cientos de ellas. Ya a los pobres los dividía un doble razonamiento, que correspondí­a a sus dos mayores temores: la gente escondida y la esclavización por parte de alguna civilización enemiga. 

   La gente escondida vivía en los bosques y en las montañas. Loa había alienados, fugitivos, vagabundos, embusteros, brujas, asesinos, prostitutas y ladrones. Se rumoreaba en Férom que si toda la gente escondida decidiera formar un ejército con certeza sería cinco veces mayor que el de los reyes, porque los escondidos eran tantos que, de suceder esa improbable alianza, Férom se vería en serios problemas, aunque en franca desventaja en equipos de guerra y armamentos sofisticados, y esto los dejaba tranquilos. Pero a pesar de ser personas indomesticables, sin ley, capaces de crueldades inimaginables; ser amigos del engaño y el embuste; artífices de hechizos, maleficios y plagas y siempre estar dispuestas al apropiación ilícita de lo ajeno implícito en sus mentes, esos desgraciados tampoco estaban exentos de temores hacia lo desconocido y adjudicaron el fenómeno a la tierra que, enojada por su desajustado comportamiento, se preparaba para una venganza. Entre tanto unos y otros, cada quien a su manera, buscaban una razón para el enojo de la tierra, y en eso estaban cuando empezó a soplar un viento caliente y nauseabundo. Todo el mundo en Férom, presa del temor, salió corriendo en la dirección contraria al viento, penetrando en los bosques ya sin importarse con la gente escondida, que al ver pasar la muchedumbre huyendo despavorida por sus dominios, se unieron a ella. Pero hubo uno que no salió de su lugar: el hechicero, como se le conocía al solitario hombre de magias poderosas que vivía en un lugar prohibido del bosque. Cuando empezó el extraño comportamiento de los animales del bosque no se inmutó, porque lo que estaba sucediendo desde ya lo sabía de antemano; incluso desde mucho antes de que llegaran a sus dominios las primeras naves interestelares con la realeza y edificaran Férom, atrayendo a gente de otras regiones que se establecieran definitivamente en ella. El hechicero permaneció en su cueva esperando los días negros, que venían a devolverle su antigua heredad, allí era su lugar y de allí no se movería. Allende las altas montañas un gran monstruo venía cubriendo con su oscuro, denso y venenoso vapor toda la tierra que circundaba su reino usurpado.

   Poco antes que la larga noche se abatiera sobre Férom, la realeza y el ejército se refugiaron en el templo donde guardaban las naves. Poco tiempo después las paredes del templo empezaron a deslizarse hacia los costados y el piso se abrió en cuatro partes, dejando un gran hueco donde minutos antes se erguían la alta fortaleza. De pronto resplandores multicolores se proyectaron a las alturas, seguidos por zumbidos ensordecedores. Luego, una tras otra, siete naves del color del acero se elevaron al cielo y desaparecieron velozmente en lo oscuro del infinito. El hechicero desde su cueva vio la partida de la realeza en un espejo mágico que le transmitía lo que un águila observaba desde una torre, y también la nube venenosa, oscura y gigante, acercándose siniestramente sobre el horizonte. El hechicero le ordenó al águila que volviera al refugio, luego se encaminó a una cámara subterránea por un largo y sinuoso pasadizo entre las rocas a fin de protegerse del aliento mortal de la tempestad, que no demoraría en llegar. Por fin, la nube asesina llegó, trayendo en sus entrañas los despojos de los bosques y de todos los seres vivos que encontró a su paso antes de llegar a Férom; en pocos minutos la ciudad fue barrida del mapa por la vorágine maldita. Muchos días después el viento pasó, dejando tras de sí una nube inconmensurable suspendida sobre el mundo; entonces la tierra en tinieblas se volvió fría y sombría y el reino de Férom volvió al hechicero, su dueño original.

                                                                     Fin. 


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