Los cuatro problemas del rey rimador

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
57 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
Libros de narrativa y ficción - Consulta las novelas y libros de narrativa (novelas) más populares de Amazon

Había un reino, lejano en el tiempo, cuyo rey era famoso por su manía por las rimas. Para ese rey todo debía rimar con todo, tanto con las palabras como con las cosas; así su castillo estaba pintado de amarillo; su perro se llamaba Hierro y al despertar decía siempre decía "buen día lindo día". Pero el rey tenía un serio problema con su nombre: se llamaba Kraemberjt. Como es de suponerse, con aquel nombre terminado en tres consonantes sin vocales intermediarias de difícil pronunciación, era totalmente difícil que rimara con uno femenino; con lo que el rey tenía tres serios problemas: en primer lugar no podía tener su reina, como corresponde a todo monarca que se precie de tal; en segundo, sin reina dejaría sin heredero al reino y en tercer lugar, su dinastía, que provenía de la noche del tiempo, con su muerte llagaría a su fin. 

   Por mucho que se barrió todo el reino y aledaños ninguna mujer cuyo nombre rimara con el suyo fue encontrada, ni reina viuda ni princesa más fea; ni simple doncella ni cortesana oportunista; ni fregadora de pisos ni campesina analfabeta. Por lo tanto, esto significaba que el pobre rey tenía un cuarto problema, la imposibilidad del amor. Pero un día, un consejero le recomendó hacerle una visita al mago más poderoso del reino. El rey entonces fue hasta los confines de su reino donde el poderoso mago llevaba una vida solitaria en la cima de una colina, pero ni su infalible arte mágico pudo hacer algo por el rey. 

   Quizás pueda, mágicamente, hacer que una bella dama responda a un nombre que rime con el mío, le dijo el rey al mago, casi suplicando. 

   El problema, Su Majestad, es que yo hago magia no milagros. Si los padres le han puesto un nombre que no corresponda a su expectativa (la verdad el mago quiso decir capricho, pero por miedo a perder su cabeza cambió de sustantivo) ninguna magia podrá cambiarlo, disculpóse el mago. 

   En otra oportunidad apareció por el castillo un caballero que le contó al rey que en lo profundo del bosque de las sombras vivía una gran bruja. El rey entonces se embreñó en el bosque de las sombras donde después de muchos días buscando la tal gran bruja consiguió dar con su guarida. Pero tampoco ella, ni consultando en su bola de cristal ni con todos los conjuros que conocía, pudo hacer algo por el rey. 

   Quizás pueda ver escondida en algún lugar una bella mujer que aún no tenga nombre, argumentó el rey. 

   Sí, Su Majestad, eso es posible, pero debe usted esperar a que nazca primero, de lo contrario nadita de nada, ni Marías ni Marianas, le dijo la bruja. 

   Devuelta en el castillo el rey ya pensaba enviar emisarios alrededor de todo el mundo conocido hasta entonces, cuando un caminante apareció por el castillo pidiendo comida y refugio por una noche. Mientras comía en la cocina, escuchó a las cocineras que hablaban sobre los problemas del rey. El caminante entonces les contó que en una cueva de la montaña más alta de un reino del otro lado del mar vivía un sabio que quizás, con su vasta sabiduría, podría ayudar al rey. 

   Entonces, el rey cruzó el mar y escaló hasta la cima de dicha montaña donde encontró al sabio sentado delante de la entrada de su cueva, después de sentarse a su lado porque las piernas ya no le daban para mantenerse en pie y le faltaba el aire, interpeló al sabio sobre el porqué de su visita. El sabio oyó en silencio, luego meditó un buen rato sobre el asunto y, finalmente encontrando una solución para el afligido rey, le dijo:

   Ya he encontrado la solución para sus problemas, Su Majestad. 

   ¿Y cuál es, hombre sabio, cuál es el nombre de la bella mujer que ha de ser mi reina y me dará amor y herederos, haciendo que mi estirpe se extienda eternamente?, preguntó ansioso el rey.

   Bien, sobre quién sea esa mujer no tengo la más remota idea y mucho menos como se llame. Lo único que sé es que su nombre, Su Majestad, es lo que usted imagina que yo pienso que sea, por eso, para no ofenderlo y arriesgar mi cabeza al decirlo no se lo digo; en cambio, sé cuál es la solución que terminará con sus problemas, que en verdad no son tres ni cuatro sino uno solo, y sin el cual tendrá bellas mujeres para elegir entre muchas o, si lo prefiere y el cuero le da para eso, para cada uno de sus días. Por eso tome mis palabras como un consejo de un viejo que sabe menos de lo que le gustaría: cámbiese el nombre y listo, qué joder.

                                                                 Fin.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed