El lado negro del sueño americano

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Entraron en el callejón a toda velocidad, tropezando en tachos de basura y cajones de verdura que estaban amontonados desordenadamente por todas partes. Más rápido que sus piernas sus ojos se transformaron, en fracción de segundos, en cuatro radares escaneando el lugar en busca de un escondite seguro. No tenían mucho tiempo para perder, los skinheads estaban en sus talones y aparecerían de un momento a otro. 

   "Los contenedores", dijo uno, con la voz trémula y entrecortada, y simultáneamente se zambulleron en el contenedor más cercano sin importarse con su contenido; al final lo mismo daba que hubiera carne podrida que jeringas usadas por viciados con Sida, la prioridad era despistar a la veintena de xenófobos que los venían cazando desde varias cuadras. El contenedor estaba a medio llenar con cáscaras de verduras, bolsas de nylon, sobras de comida, un puñado de ratones y cientos de cucarachas. Pero era lo que había, era eso o la furia racista de los skinheads. Hundieron los pies en la inmundicia y se enterraron hasta la cabeza. Pronto oyeron los gritos y el tropel de los bárbaros que llegaron derrumbando tachos y puteando a Dios y a María santísima. En seguida escucharon el abrir y cerrar violento de las tapas de los contenedores. Si empezaban a derrumbarlos serían hombres muertos, apenas un par de indeseables que no le quitarí­an el sueño a ningún burócrata si morían esa noche tan lejos de casa. Los skinheads estaban borrachos y solo querí­an divertirse a su manera, es decir, moliendo a palos a dos infelices latinos soñadores. Cuando sintieron que abrían la tapa del contenedor donde estaban el corazón se les congeló. Manos los rosaron y palos les hincaron por los hombros y por las costillas, pero ningún pío, ningún "ay" salió de sus bocas. Cuando la inspección acabó uno estaba meado y el otro, meado y medio cagado. El peligro de vida aún acechaba del lado de afuera, la horda skinhead desconforme no se alejaba y el tiempo de los latinos parecía parado. 

   Calculaban que llevaban­ adentro casi una hora. Estaban hambrientos y el olor a comida que aún no se había descompuesto traspasaba las bolsas, pero tendrí­an que aguantarse. La última ingestión de uno había sido cerca de la una de la tarde, medio hot dog olvidado en un banco del Central Park y la del otro, un pan seco por la mañana. ¡Y los malditos skinheads que no se iban!; habí­an cesado con el alboroto pero aún se los podía oír susurrando cualquier porquería. "¿Qué carajo esperan para irse?", pensó uno. "¿Qué esperan para irse a la mierda?", pensó el otro. Luego escucharon ruidos de puertas mezclados a voces y a risas y el arrastrar de algo. Poco después alguien abrió la tapa y despejó bolsas de basura sobre ellos, dejando el contenedor semiabierto. Tras algunos portazos las voces desparecieron y solo quedó el ruido de los roedores y las cucarachas sobre las bolsas, el sonido lejano del tránsito al comienzo del callejón y unos maullidos gatunos desde algún lugar impreciso. Al parecer los skinheads se habían marchado. Con el máximo cuidado posible emergieron sus torsos entre los desperdicios. El callejón estaba desierto, por fin respiraron aliviados. Ya fuera del contenedor uno dijo, susurrando mientras saltaba del contenedor arrastrando una bolsa:

   "No doy más de hambre" , 

   "Y parece que son restos de algún restaurante", dijo el otro mientras rasgaba con cuidado la bolsa que tenía delante. 

   "¿Cómo te llamas, hermano?", preguntó el primero. 

   "Manuel, de Jalisco, Mexico ¿y tú?" 

   "Fernando, de Buenos Aires", respondió el otro. 

   "Mira, ¿qué te parece esto?" Una apetitosa hamburguesa a medio comer en la mano de Manuel le sugirió a Fernando que escarbando con cuidado también encontraría más.

   "Estamos con suerte, a pesar de todo", dijo Fernando, ya masticando la mitad de otra hamburguesa .

   "¿Qué tal un Big Mac?", sugirió Manuel. 

   "Para mí­ con papas fritas y mucha mayonesa" dijo Fernando. Los primeros bocados les habían devuelto el buen humor y hecho olvidar el susto por el que acababan de pasar.

   "Con suerte, entre todas las bolsas completamos dos Big Mac's para llevar", bromeó Fernando.

   "Con aderezos y papas fritas, please", dijo Manuel, imitando a un turista. Quisieron reír, pero el frí­o solo les permití­a bromas sin algarabía. Entonces se dedicaron a escarbar en silencio hasta que, rejuntando un poco de aquí y otro tanto de allí, consiguieron completar sus dos Big Mac's con aderezos y papas fritas. Poco después Fernando preguntó:

   "¿Y a ti, qué te ha traído a este país, hermano?" 

   "El sueño americano, brother. ¿Y tú, qué me cuentas?", preguntó Manuel. 

   "A mi también", dijo el argentino. Al rato ambos hermanos en desgracia salieron del callejón, se despidieron con un abrazo y cada uno tomó su rumbo, sin dudas con la certeza de que el sueño americano antes puede ser una pesadilla.

                                                                       Fin. 


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