El juramento

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La anciana corrió hacia la parada, con una mezcla lastimosa de arrastrar de pies y tropezones deplorables, muy triste de presenciar. Obviamente, aquella carrera ingrata se debí­a a que ya se acercaba el colectivo que quería tomar. El colectivero vio de reojo la patética escena y pensó: "Vieja boluda, ¿no ve el semáforo en amarillo? Ni loco me agarra la luz roja. Hasta que el vejestorio termine de subir llego atrasado para el partido". La anciana vio pasar el colectivo a toda velocidad y también la cara del colectivero haciendo que no la vio. "y tan vacío que iba", se lamentó con pesar. Sus ojos tristes siguieron el impiedoso colectivo mientras culpaba a la chica de la panadería por haberse demorado. "Culpa de esa chismosa de una mala madre otra vez llegaré atrasada". Cuando, por fin, llegó a su destino Lali, la nieta, estaba en la puerta de casa, y como siempre, con cara de culo. "Feliz cumple, nieta querida. Te juro que no fue culpa mí­a, fue del chofer que no quiso parar. Toma tu regalo". Lali hizo una mueca de desagrado innecesaria, recibió el regalo con la cualidad del hielo y sin agradecer dio media vuelta y dejó a su abuela hablando sola sin invitarla a pasar. Lejos de abatirse por la actitud malcriada de su nieta, quizás por costumbre, se la agarró con el chofer. Lo imaginó calcinado como un carbón profiriendo desgarradores alaridos encontrados en lo más profundo del insondable y misterioso reino del máximo dolor; su ennegrecida y grotesca imagen deleitó los sentidos de la vieja vengativa, que no conforme con lo ya imaginado hizo al infeliz enterrarse los dedos en la carne humeante y rasgársela con furia demencial, dejando escapar por entre los dedos chorros de sangre hirviendo; y mientras el infeliz agonizaba y los segundos le parecían si­glos, la vieja se meaba de risa delante de su cara. Unos gritos desde dentro de la casa, para que entrara de una vez, la hizo volver a la realidad. 

II

El chofer, como casi siempre, estaba atrasado y se detení­a solo donde bajaban pasajeros. "Que tomen el de atrás", pensaba cada vez que pasaba por una parada, indolente a las urgencias de la gente. "Justo hoy, el día del clásico me pasa esto", se quejó en un momento. Finalmente, terminado su recorrido, siguió hacia su casa a toda prisa. Al llegar saludó ligeramente a su esposa y cambió de canal sin pedir permiso y se aplastó en el sofá frente al televisor, sin darle oídos a las protestas de su esposa: el partido estaba por empezar. Pero traicionado por el cansancio del trajín diario se durmió a los pocos minutos, cuando el partido aún se mantenía cero a cero. Soñó que pasaba por la plaza, a la altura de la parada cerca del semáforo, cuando un tirón en el cuello lo obligó a desviar la cabeza; con sorpresa vio la cara de la vieja vagarosa que lo miraba fijamente a los ojos, y en la frialdad de su mirada, había un juramento. Y, como se sabe, los juramentos nunca son buenos. El colectivero despertó con un "ay" desesperado: su esposa lo zamarreaba para ir a la cama. El partido ya había terminado y, como un mal augurio atribuido a la vieja, su equipo había perdido por goleada: 6 a 0. "¡Y justo contra River! Vieja maldita", gritó con odio. 

   Por dos días consecutivos, soportó todo lo peor en silencio y bajo el más desgarrante dolor. Conocidos y gente a la que no había visto nunca parecían estar todos de acuerdo para hacerle la vida imposible. Pasajeros se codeaban, susurraban burlas y se reían amparados en sus manos sobre la boca, mientras sus miradas lo seguían desde una perspectiva oblicua y esqui­va. Conductores de otros vehículos bocinaban estrepitosamente y lo señalaban con dedos impiedosos de jueces incorruptibles, pero igualmente desalmados. Otros, sin embargo, se reían abiertamente de su desgracia en la misma cara. Las personas de a pie, apiñadas al borde de las veredas, aullaban improperios, y otras, desde las casas y los balcones, agitaban los infames banderines del rival. Por un momento se sintió el chofer de la carroza de carnaval más ridí­cula del mundo. Nadie hacía otra cosa que burlarse de él, todos vestidos de rojo y blanco. Era la histeria colectiva confabulada contra un solo hombre. Pero al mediodía del tercer día en el infierno, como liberado ya de un hechizo generalizado, todo el mundo paró de reír y no tocó más en el asunto, los desconocidos volvieron a desconocerlo y los conocidos a actuar normalmente. Sin embargo, por algunos dí­as, cada vez que pasaba por la plaza, los ojos de la vieja volvían a inquietarlo.

III

Pasaron algunas semanas y el colectivero, al fin, ya se habí­a olvidado el episodio con la anciana cuando una mañana, justo al pasar por la plaza, un pasajero tocó el timbre para bajar, y el semáforo en rojo lo obligó a permanecer detenido en la parada. Alerta al cambio de luces, mantenía los ojos puestos en el semáforo; de repente sintió que tocaban el vidrio de la puerta de acceso y al mirar en su dirección, ¡oh sorpresa!: vio que era la anciana. Entonces su semblante se tornó lúgubre. 

   "Quiere hacerme el favor de abrirme la puerta, chofer", le dijo ella, que ya había olvidado su cara y no sabía que era el mismo que la había dejado a ver navíos el día del cumpleaños de su nieta . El colectivero se percató de ello, pero incluso así le dijo: 

   "No", con cara de satisfacción. 

   "Pero si va vacío", reclamó la anciana, señalando el interior del colectivo. A lo que él respondió, y esta vez con cara de odio: 

   "Eso es por lo que me hiciste pasar contra River, vieja agorera", y en seguida arrancó a toda velocidad. Algunos pasajeros lo interpelaron por su actitud tan poco solidaria, ni que decir irrespetuosa, con una pobre anciana que podía ser su madre, pero el colectivero, impávido ante las protestas y sin dejar de mirar con aire satisfactorio en su semblante por el espejo retrovisor a la anciana, que agitaba los brazos como una desesperada, se dirigió a su fin contra un camión cisterna de Y.P.F., cargado de combustible, que cruzaba a destiempo la avenida. 

                                                              Fin. 


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