La prueba

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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    Prefiero la habitación del fondo, dijo Artemio, después de examinar la distancia que separaba el cuartucho en el fondo de la casa principal, donde estaba el grueso de las habitaciones de la pensión. 

   Pero allí hay mucha humedad, objetó la dueña de la pensión. "Y más barato el alquiler", pensó Artemio. 

   No hay problema, señora, me viene bien así, contestó Artemio. 

   La habitación de paredes verdosas por la humedad no le resultó ni buena ni mala, le daba lo mismo; sus únicas ventajas eran estar separada del resto de la pensión y tener un pequeño baño para el solo. 

   A la tarde, a eso de las cuatro, la dueña, sentada en una mecedora en la galería, y un par de inquilinos (una mujer joven, que barría una pequeña alfombra polvorienta en la puerta de su habitación, y un viejo raquítico, sentado bajo la sombra de un roble) lo vieron pasar con un libro en una mano hacia el fondo. Artemio saludó a la dueña con un "buenas tardes", que ella devolvió con voz ausente mientras su mirada inquisidora apuntaba el libro, y al viejo con un cabeceo, que devolvió con cabeceo mientras lo seguía con la mirada. A la mujer que barría no se molestó ni siquiera en mirarla, pasó de largo como si no estuviera allí. 

   Ya moría la tarde y Artemio leía "Cuentos de imaginación y misterio", de Poe, recostado en la cama cuando consultó el reloj. Luego se levantó, dejando el libro abierto al final del primer cuento, "William Wilson", sobre la mesa; se alisó el pantalón amarrotado con las manos y vistió el saco que colgaba sobre el respaldo de la única silla que disponía. Antes de salir prendió la luz. Todavía se encontraba  en la puerta de la calle encendiendo un cigarrillo cuando oyó a sus espaldas la voz de la dueña de la pensión. 

   Señor, ya sabe, después de las diez no se abre más la puerta a nadie, le recordó. 

   Sí, sí, lo sé, contestó Artemio y se apartó caminando despacio por la acera, que ya empezaba a desaparecer bajo la oscuridad. 

   La dueña, pese a lo atenta que estuvo, no vio cuando Artemio regresó, pero se dio cuenta de su llegada cuando fue a cerrar la puerta de la calle y vio el fino resplandor por debajo de la puerta de su habitación (la verdad Artemio no volvió esa noche sino que pernoctó en la casa de una fulana). Pero sí lo vio pasar hacia el fondo cerca de las nueve de la mañana, y salir veinte minutos más tarde cargando una bolsa de arpillera. De cuello estirado en la puerta de su habitación lo vio dejarla en el cesto de la basura, frente a la entrada, y seguir rumbo al centro; en seguida se precipitó a la vereda y se lo quedó vigilando. Cuando lo vio doblar la esquina agarró la bolsa y volvió a meterse en la casa donde se puso a hurgar el contenido con un palo que usaba para ahuyentar a los perros siempre que salía. La cara se le arrugó cuando sacó una máscara de seda negra y una capa de terciopelo azul. Pensó un momento, luego dobló la bolsa, la máscara y la capa y las dejó en la cesta de ropa sucia. "La bolsa servirá para trapo de piso y con la capa puedo hacer un hermoso almohadón y con la máscara... bueno, ya se me ocurrirá algo", pensó. Luego salió a la galería donde se sentó en la mecedora.

   Esa noche Artemio durmió en la habitación.  

   Por la mañana, fuertes golpes en la puerta lo despertaron; cuando abrió dos policías le pidieron que se vistiera rápido que el inspector quería hablar con él. 

   ¿Inspector, qué inspector?, preguntó Artemio, aún medio dormido. 

   El inspector de policía, parece que alguien asesinó a la dueña de la pensión, respondió el agente. 

   ¿Cómo dice...?, volvió a preguntar Artemio, ahora frotándose con fuerza los ojos lagañosos. 

   Parece que anoche un maniático entró a la habitación de la mujer y la mató enterrándole un palo en el corazón, pero no podrá ocultarse por mucho tiempo, el infeliz dejó olvidado una máscara de seda negra y una capa de terciopelo azul, dijo el agente con una leve sonrisa. 

   Está bien, me cambio en seguida y los acompaño, dijo Artemio, cerrando la puerta. 

   Mientras los policías esperaban, Artemio agarró el libro de Poe, fue hasta el baño donde le arrancó todas las hojas, las cortó en pedazos y con varias descargas en el inodoro hizo desaparecer la prueba que lo incriminaría, porque William Wilson, había vuelto a hacer una de las suyas.

                                                               Fin. 


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