La niebla

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Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
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Primero la vi aparecer por la tv, en una transmisión en vivo, parecía una falla de transmisión. Un periodista entrevistaba, a la salida de un evento artístico, a unas personas cuando apareció la niebla sin saberse de dónde. Todo quedó borroso, como si un velo semitransparente hubiera sido colocado, repentina y deliberadamente, sobre la lente de la cámara. Después se oyó el audio de varias voces preguntando sobre qué o quién provocara ese fenómeno; en seguida fueron silenciadas por un griterío indescifrable, el mismo que en momentos oiría a mi alrededor. Rápidamente me paré y fui corriendo hasta la ventana, pensando que tal vez se tratase de una tormenta eléctrica, aunque no había visto en el noticiero de ese dí­a anunciar mal tiempo. Entonces la vi por segunda; se desplazaba velozmente cubriendo toda la ciudad. Vení­a de todas las direcciones y de sus entrañas volví a oír los mismos gritos indescifrables que oyera, a escasos minutos, por la televisión. En un instante la tenía del otro lado del vidrio de la ventana, en seguida empezó a colarse por debajo de la puerta y a invadir la sala. Corrí a esconderme en mi habitación, abrí las puertas del maletero, saqué lo poco que había y de un salto me zambullí adentro. Por la hendija de las puertas vi la habitación ser invadida por la niebla y dentro de ella las sombras indefinibles, que en seguida empezaron a romperlo todo. Arrastraban muebles, quebraban vidrios y todo ese barullo infernal se mezclaba con sus voces ininteligibles. En ese instante de mínima proximidad tuve la certeza de que el maletero no fuera el mejor lugar para esconderme, aunque la verdad no había otro lugar dónde hacerlo si ser descubierto, y de que mi anonimato estaba con los segundos contados. El revoltijo en la parte inferior del ropero aceleró aún más los latidos del corazón  y cuando ya había agotado todas las hipótesis que fui capaz de imaginar que impidiesen ser descubierto, las puertas del maletero, finalmente, se abrieron. Manos o garras invisibles me desalojaron de cubículo y me arrojaron al piso, sobre el revoltijo hecho con todas las cosas rotas. El griterío entonces paró, pero ellos seguían ahí­, rodeándome, sin tocarme, pero respirando a centímetros de mi cara. Afuera de la habitación y en la calle la furia demoní­aca continuaba con la misma intensidad del principio. De pronto las respiraciones cesaron y todo quedó en silencio, y la niebla comenzó a escurrirse fuera de la habitación lentamente. Cuando, después de varios minutos en que permanecí sobre los destrozos, me animé a salir ni mi casa, ni la calle, ni la ciudad y ni el mundo fue el mismo, todo quedó tal cual está ahora. Desde aquella noche salgo todos los días a recorrer las calles fantasmales, pero hasta hoy no he encontrado a nadie más que a ti. 

   El perro, tras las caricias de su amo, movió alegremente la cola y le dio una lamida en las manos. 

                                                             Fin. 


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