El canario brasilero

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
46 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
EntrenaEn.casa - Videos para hacer ejercicio en casa. Entrenamiento funcional, fitness, yoga, pilates... ejercicios para hacer con niños y adultos mayores.

Mario, un solterón empedernido, vivía con su madre viuda en Villa Bosch; pero su empedernida soltería no se debía a que no le gustaran las mujeres, lo que no le gustaba era el casamiento. En cambio, había algo que amaba por sobre todas las cosas, incluso más que a su madre: los canarios. Por ellos recorría todo el territorio nacional y con frecuencia viajaba a Paraguay, Uruguay y Brasil, donde participaba en campeonatos o para la adquisición de algún ejemplar. A la terraza de su casa la había convertido en una jaula gigante y dentro de la casa había condicionado una habitación a prueba de ruidos externos, una especie de estudio de grabación, donde a fuerza de cassettes con cantos prodigiosos sometía a los canarios a exhaustivas horas de grabación. Trofeos y medallas los había por toda la casa porque no se perdía ningún torneo. Fue en su último viaje a Brasil que Mario trajo un ejemplar de Porto Alegre, un campeón de campeones descendiente de un gran campeón portugués. Pero, apenas llegó en casa, Mario se encontró con un serio problema, el canario se empacó y no quiso cantar más. 

    Pero qué cosa rara, le comentó a su madre, si lo hubieras escuchado, mami, ¡qué trinos! 

    Y, como era de esperar, el pájaro fue a parar a la habitación estudio. Mario, que había pagado una fortuna por él, no iba a desistir. Pero pasaba el tiempo y el canario no emitía nota alguna, y para peor de males era rebelde y cada vez que Mario le limpiaba la jaula el pájaro le picoteaba los dedos. 

   No entiendo, le dijo a un amigo que vino a ver su nueva adquisición, allá en Brasil cantaba una barbaridad y era manso como un cordero. 

   Vas a ver que no le sienta el clima, le dijo el amigo. 

   Pero si acá el clima no difiere en nada, tenemos las mismas cuatro estaciones, contestó Mario. 

   No me refiero al tiempo, sino al clima que se siente en Buenos Aires, la gente, los ruidos, los olores. Como sabes ya fui varias veces a Brasil de vacaciones y te digo que si yo fuera un pájaro de allá ni loco me adapto con esto aquí, le confesó el amigo.. 

   ¿Te parece?, dijo Mario. 

   ¡Claro, hermano!, mira el samba, lo escuchas y te das cuenta que en el mundo todavía hay lugar para la alegría; el ritmo es vivaz y te hace bailar aunque estés en una silla de ruedas; uno cierra los ojos y ve colores llamativos en plena oscuridad. Sin embargo con el tango, al primer chan chan te viene una tristeza de cementerio que se te instala en el alma que no te la saca nadie ni a garrotazos y te dan ganas de matarte, porque el ritmo está más para marcha fúnebre que para música de carnaval, y, además, cierres los ojos o no, todo es gris y por más que haga un solazo de rajar la tierra parece un día lluvioso. Ahora, imaginate que sos el canario, canario y brasilero, ¿ok?, y para vos cualquier cosa "tá tudo bem" y de repente te sacan del sambódromo y te tiran en la morgue, ¿cómo te sentirías?, ¿te vendrían ganar que cantar o llorar? Decime la verdad, ¿no te darían ganas morir?, le discursó el amigo. 

   ¡Eh, pará que no es para tanto!, ¿y qué me decís de la cumbia?, objetó Mario. 

   No es para tanto porque tu cabeza piensa como argentino, pero yo te dije: sos el canario y brasilero. Entonces debes pensar como él. Mira, te pido que cuentes cuántos chi chi chi, chi chi chi escuchas en una sola cumbia y los multipliques por las treinta o cuarenta cumbias que ponen tus vecinos, que ponen no, que te obligan a escuchar, a vos y a toda la cuadra. Si uno ya se quiere partir la cabeza contra la pared a la cuarta o a la quinta, imagina el pobre canario, que no tiene casi nada para distraerse a no ser pensar en su tierra amada; al pobrecito no le queda otra que la tortura psicológica, hermano. Con razón te repicotea la mano, yo en su lugar te picaba en los ojos, aseveró el amigo. 

   ¿Será posible?, dijo Mario. 

   Hay que hacer la prueba, compra un CD de samba para ver que pasa, le dijo el amigo. 

   Esa misma tarde Mario compró un CD de samba y trajo el canario a la habitación estudio, Ya en los primeros compases al canario se le erizaron las plumas y empezó a cantar como loco. Mario no lo podía creer y corrió a contarle la novedad a la madre. Con el apuro se olvidó de cerrar la puerta y el sonido llegó a la terraza. Para qué, nunca el barrio había oído a los pájaros cantar con tanta algarabía. Cuando Mario se percató del trinar inaudito que venía de la terraza volvió corriendo tras sus pasos y cerró la puerta de un golpe y se olvidó de su madre, porque pensó que a los demás canarios se les podría contagiar la brasileidad del otro y no volvieran a cantar sin samba. Mario se quedó un largo momento mirando al canario, que seguía cantando a todo pulmón, como si estuviera en pleno sambódromo, el samba-enredo de su escola de samba preferida mientras la veía desfilar en plena avenida. El pajarito saltaba en los palitos con una alegría que él nunca había visto en ninguno de sus canarios en toda su vida. Mario se acercó a la jaula y se le dio por meter la mano, y esta vez el canario no lo picoteó como siempre, sino que se le arrimó y se fregó en sus dedos. Mario lo agarró y al acercarlo a su rostro notó que sus ojitos estaban húmedos. Al otro día a las seis de la tarde Mario estaba en la terminal de Retiro, el ómnibus que los llevaría a él y al canario a Porto Alegre, salía a las siete. 

                                                            Fin. 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed