El juego del diablo - parte 2

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Por la cantidad de bicicletas estacionadas en la vereda y unos cuantos caballos atados en el palenque, desde la esquina Remigio González supo que el boliche estaba lleno. Ató su caballo a un árbol y entró. Saludó a la gauchada presente, pero apenas escuchó algunas voces de bienvenida. La reciprocidad fue mínima porque Remigio no era hombre muy bien visto en el pueblo, su fama de buscarroña y pendenciero era harta conocida. Se acercó al mostrador y pidió una ginebra, que embuchó de un solo trago, y en seguida pidió otra, mientras apretaba un firme; después se quedó viendo el ambiente sin decir nada, como maquinando algo. En las mesas los parroquianos jugaban al truco mientras conversaban y reían. De una de las mesas se levantaron dos gauchos y salieron a la calle. Remigio ladeó la cabeza y le preguntó a Pedro Campos, que estaba a su lado, si se animaba a un truquito contra los dos que habí­an quedado en la mesa. Pedro no tení­a ganas de jugar esa noche, solamente tomar unas copas y conversar un poco; además, Remigio González no era el tipo de gente con la que se juntaba, pero esta consideración se la guardó para sí. 

   No gracias, amigo. Vine a tomar unas copas nomás y dentro de poco ya me estoy yendo. A Remigio González no le gustaba que le llevaran la contra, por eso insistió:

   Dale che, no sea cagón, que aquellos dos no son de nada y los pelamos en seguida. A Pedro Campos no le gustaban las confianzas ni los confianzudos, y mucho menos que lo llamaran de cagón. 

   Escuche, amigo. Ya le dije que he venido a tomar unas copas nomás o por acaso usté e´ sordo, contestó Pedro, ya bastante molesto.

   Güeno, ¿qué te pasa paisano, no dormiste la siesta o la mujer te sacó rajando del rancho pa´ que no le estorbes?", dijo Remigio, como sobrándolo. Los presentes pensaron que Remigio González, o había enloquecido o la ginebra, habiéndole hecho efecto ya, ahora le hacía perder el sentido del peligro. A un hombre como Pedro Campos nadie en su sano juicio le hablaba de esa manera, había que ser muy macho para atreverse a tanto. Pedro Campos lo miró con fiereza.

   Si dormí o no dormí es asunto mí­o y lo que pasa o deja de pasar dentro de las casas también, ¡carajo! Remigio González, pareciendo no darse cuenta del barrial en donde había metido las alpargatas, siguió embarrándose hasta las rodillas.

   Güeno, Güeno, parece que acá tenemos a un renegau, respondió, desafiante. 

   Mire paisano, que el que abre la jeta pa´ decir lo que no debe, escucha lo que no quiere, retrucó Pedro, que ya estaba perdiendo los estribos.

   Y a mi me parece que..., empezó a decir Remigio, pero Pedro no lo dejó terminar la frase.

   A usté no le parece nada, ¡carajo! Y es mejor que se vaya pa´ otro rincón a molestar a otro, que hoy no estoy pa´ escuchar pendejadas. Todos ya olían a cuero sobado con antelación.

   ¿Me estás llamando de pendejo o escuché mal?, retrucó Remigio, plantándose delante de Pedro en clara actitud belicosa.

   Escuchó muy bien, lo que da pa´ ver que por lo menos las orejas las tiene limpias, contestó Pedro y la ocurrente contestación despertó la risotada general. Remigio miró con fiereza a la platea, pero nadie se calló, entonces se volvió y siguió buscando camorra. 

   ¡Y ahora me llamas de sucio también!, contestó. Si Remigio tuviera un poco más de sesos todavía estaba a tiempo de zafar, pero el sujeto era más porfiado que gallina con lombriz.

   Sucio y además desubicau, le aclaró Pedro. 

   Güeno, yo creo entonces que..., Pedro lo volvió a atajar 

   Usté cre en perinolas, y si sigue molestando lo saco a la calle y le muelo los huesos pa´ que deje de ser malcriau. Remigio González, no conteniéndose más, sacó la cuchilla y se enrolló el poncho en la otra mano.

  Pero pa´ que ir tan lejos si lo podemos arreglar acá nomás, desafió. La gauchada paró con las risas y se quedó atenta al desenlace."Güeno, parece que la cosa va a ser por acá mesmo", pensó Pedro, al tiempo que sacaba su facón y le tiraba el poncho en la cara a Remigio, que ahora, enredado en el poncho, empezó a dar chuzazos ciegos contra fantasmas y patadas en el aire a dos por cuatro. Los paisanos que habían parado con sus juegos y bochinche poniéndose más serios que perro arriba de un bote, al ver que la cosa iba en serio, volvieron a espatarrarse de risa con las piruetas titiriteras de Remigio González. 

VI 

Pedro Campos esperaba que Remigio González se deshiciera del poncho para dar el próximo paso, porque no era hombre de ganar por desventaja ajena. Le había tirado el poncho en la cara por puro reflejo, pero Remigio se deshizo del poncho y, abriéndose paso a cuchilladas a la marchanta, salió hecho un loco corriendo hacia la calle entre maldiciones dirigidas a Pedro Campos, a la virgen María y al mismísimo Dios, siguiéndola con las puteadas mientras montaba su caballo; maldecía y juraba que se vengaría y que ya todos iban a ver quién era él, pero ya nadie le prestaba atención. Pedro Campos se lo tomó como cosa de borracho con el orgullo herido y pensó que por la mañana, ya con la cabeza fría, se le pasaría. Aunque algún recelo se le quedó en la mente porque el hombre era más sucio que palo de gallinero y tal vez no iba a querer dejar las cosas así­ como así, quizás tramara alguna traición. Remigio siguió jurando y perjurando, cuadra tras cuadras, que se vengaría de Pedro Campos, mientras atropellaba la noche de improperios como si ella fuera el enemigo y ésta lo desintegró en sus entrañas tras las últimas luces del pueblo. 

 


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