El juego del diablo - parte final

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VII

Todos en el boliche volvieron a sus cosas, pero ahora el tema central de todas las conversaciones era el altercado entre Pedro y Remigio. De pronto, un hombre que nadie había visto en su vida entró al boliche. Vestía de negro, ropa, botones, zapatos, ojos y hasta el pelo y el bigote eran negros. Se acercó al mostrador, al lado de Pedro, y pidió vino blanco, y ya en el primer vaso entabló conversación con el dueño del boliche y con Pedro. Dijo que estaba de paso en el pueblo por asuntos agrarios y, como el primer colectivo a la capital pasaba a las seis de la mañana, decidió tomar algo y conversar un poco para matar el tiempo. Tanto el desconocido como Pedro tenían en común el mismo interés por las cosas del campo, lo que en seguida creó cierta afinidad entre ambos y la conversación pasó del mostrador a una mesa y se extendió hasta las tres y media de la mañana, cuando el dueño del boliche anunció que estaba cerrando por hoy. Ese día Pedro iría a trabajar sin dormir pero había valido la pena, pensó; no todos los dí­as aparecía por el pueblo alguien interesante con quien conversar sobre asuntos camperos. Después de despedirse, el desconocido se perdió en una esquina y Pedro Campos, sin saberlo aún, en la vida. 

VIII

Remigio, apenas entró al rancho, se tiró en la cama y los párpados, incapaces de oponer resistencia, velaron el mundo real cual telón tras el último acto y entró puertas adentro en la inconsciencia. Al rato, una voz en la cabecera de la cama, una voz que se le metió de prepo en el subconsciente, le contó cosas. La voz, mansa y amigablemente, le susurró ideas que él nunca hubiera sido capaz de tener por cuenta propia y, poco a poco, lo internó en la regiones imprevisibles de sus instintos más bajos. 

   Debes vengarte, le decía la voz, de la manera que más duele, que es la que hiere el alma; la que quita la esperanza, la que mata las ganas de seguir soñando, porque un hombre sin sueños es hombre muerto; debes matarlo por dentro. Remigio intentó abrir los ojos, pero no encontró fuerzas para hacerlo. 

   ¿Y sabes qué es lo que le duele al hombre más que todo en este mundo?, le preguntó la voz. 

   No sé, murmuró Remigio desde la inconsciencia. Entonces la voz le susurró la respuesta. 

   Cuando Remigio despertó se sintió diferente; no recordaba la voz que vino a meterle cizaña en sueños, pero sentía que algo le había sucedido durante la noche, algo más allá del sueño y de toda comprensión. 

IX  

Si bien era cierto que Remigio González vivía en una brutal miseria moral, cuerdo o borracho, jamás tendría el coraje de hacer lo que hizo con la esposa de Pedro Campos, mientras él se demoraba en el bar con el desconocido. Pero no fue su yo consciente el cobarde ejecutor de la atrocidad sufrida por la pobre mujer. La semilla del mal había sido magistralmente introducida por el visitante nocturno, que supo sembrarla con eficacia en la pobre mente de Remigio, valiéndose de su cuerpo para ejecutarla por él. 

   A pesar de los sucesos que antecedieron a la muerte de la esposa de Pedro Campos, entre él y Remigio González, la policía no encontró ninguna evidencia que apuntara a Remigio González como el autor del crimen; sin testigos ni huellas todos los caminos condujeron a un callejón sin salida.    

   Pedro Campos sintió en carne propia todos los dolores del mundo convergiendo en un solo punto indefinido de su ser, que era su misma alma. Supo que nada de lo que hicieran los hombres, Dios y la ley juntos le devolvería las vidas de su esposa y la propia, porque ya se sentía muerto por dentro, y aunque sabía que hiciera lo que hiciese nada la traería de vuelta ni apagaría el dolor que lo seguiría, con seguridad, hasta más allá de la muerte, sabía que debía hacer algo, algo atroz y sin perdón de Dios. 

   Remigio González, por la parte que le tocaba, tampoco andaba pasándola bien. Aunque sabía que no era el asesino de la esposa de Pedro Campos, de cualquier manera todas las sospechas recayeron sobre él; estaba consciente que sí pensó y dijo que se vengaría de Pedro Campos, pero estaba más que seguro que no había sacado un pie del rancho para practicar aquel acto abominable contra la pobre mujer. Sin embargo, la gente ahora lo miraba de mala manera, todo el pueblo lo culpaba, y ni necesitaba sospechar que Pedro Campos, tarde o temprano, vendría por él, porque sabía que así lo haría.

X  

Pedro Campos llegó por el callejón en los fondos de la propiedad de Remigio; se apeó del caballo y ató las riendas en una cina cina, que crecía junto al alambrado. Pasó por entre los alambres de púas y se encaminó hacia los eucaliptos, sorteando cardos, abrojos y hormigueros. Bajo sus pies crujía el pasto reseco y era lo único que se oía en la tarde candente. No tenía ningún plan ni lo necesitaba: llegaría, lo encontraría y después vería qué pasaba. A esa altura ya le daba lo mismo quién mataba a quién. Cerca de los árboles, desenvainó el facón y se enrolló el poncho en la otra mano. Tenía la vista puesta en el rancho cuando se deparó con aquello que buscaba, justo a unos pocos metros suyo, tirado bajo la sombra de la arboleda. Remigio no lo escuchó llegar, sus sonoros ronquidos quizás no se lo permitieron. Pedro Campos se arrodilló a su lado, apretó el mango del facón, como se aprieta el cogote de una gallina antes de degollarla, y enterró la hoja hasta la guarda en el pecho grasiento del enemigo. Remigio abrió sus ojos como para ver el mundo entero, pero no pudo decir ni "ay". Pedro había apoyado el antebrazo enrollado con el poncho sobre su mentón, y cruzado una pierna sobre los muslos del infeliz, que pataleaba como un animal rabioso. Remigio aferró instintivamente sus manos en el brazo que le inmovilizaba la cabeza y en la mano que sujetaba el cabo del facón, pero toda resistencia ya era inútil, las fuerzas se le iban de a poco. Por fin, la muerte se lo llevó. 

   Pedro Campos había pensado en todo lo que le diría mientras miraba cómo la vida de su enemigo se le apagaba en los ojos, pero no le salió ni una palabra siquiera. ¿Qué decir, si al final los dos, cada uno a su manera, ya estaban muertos desde aquella fatídica noche en el boliche? Ni decirle que se fuera al infierno tenía algún sentido, si ambos ya transitaban sus tenebrosos caminos desde hacía mucho. Pedro Campos limpió el facón en el pasto, volvió donde su caballo, montó y salió al trote rumbo a ningún lugar, como gaucho errante sin querencia ni pedazo de tierra donde caer muerto. Desde una esquina una silueta vestida toda de negro sonreía maliciosamente.

                                                               Fin. 


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